Franz Joseph Haydn escribió en 1797, hace 220 años, los seis cuartetos para cuerdas englobados en su Op. 76. El cronista parte del segundo movimiento del cuarto cuarteto, conocido como “Amanecer”, para escribir sobre la siniestra vida secreta que late al fondo de la música del legendario compositor austríaco.

Con respecto a Franz Joseph Haydn (1732-1809), Benito Pérez Galdós (1843-1930) se equivoca: “es éste un señor muy bueno, tranquilo, discreto cual ninguno, que jamás se propasa, que dice las cosas claras, limpias, ingeniosas y sin malicia”. Permite que lo confundan las imágenes: “se está viendo, al oírlo, la peluca con rizos que no se descompone nunca”. Escucha sólo la superficie: “su estilo es cortesano, natural, gracioso y lleno de urbanidades. Parece que está saludando siempre”. Y el error de Benito Pérez Galdós es ecuménico. Un error típico de oídos enfermos de esa nociva precipitación romántica que consiste en únicamente percibir drama en excesivos mundos sonoros hechos de contrastes sensuales.

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Hombre de la Ilustración, Haydn creía en la libertad por medio de las ideas. La razón, para él, iba antes que las emociones. Sentía desde el pensamiento. Y su pensamiento le decía que la Iglesia era corrupta y la monarquía obsoleta. Que estallarían revoluciones. Sin embargo, trabajó para los Esterházy —familia noble de origen húngaro— durante tres décadas (1761-1791).

Haydn debía callar su pensamiento revolucionario. Mantenerlo secreto. Pensarlo bajo su peluca. Oculto y en silencio. A veces se sentía hipócrita. Pero la música para él siempre fue lo más importante y los Esterházy le ofrecían lo que en ningún otro lugar tendría: orquestas sinfónica y de cámara; coros de mujeres, hombres y niños; cantantes solistas y una compañía de ópera. Su trabajo consistía en escribir para cada conjunto nueva música cada semana. Tenía la obligación de siempre componer y siempre ser original.

Si por motivos ideológicos renunciaba a su condición de regio sirviente, perdía sus orquestas. Quedaba descobijado en un incierto mundo musical –durante la segunda mitad del siglo XVIII los conciertos públicos eran cada vez más recurrentes–, sin recursos, sin dinero, sin músicos. Así que Haydn soportó 30 años encerrado en un palacio bajo las órdenes de príncipes. 30 años sometido a las normas de un contrato en el cual se le ordenaba cómo debía vestirse (“el antedicho Haydn tendrá cuidado en aparecer siempre con medias blancas y atuendo de lino blanco debidamente empolvado “) y cómo debía actuar (“ha de tener un comportamiento temperado; se portará de manera ejemplar, evitando una familiaridad indebida, la vulgaridad al comer o beber, o en sus conversaciones”).  Lo soportó porque, a pesar de su condición física de prisionero, podía ser libre a través de su música.

Y ahí —en la música—, Haydn es un revolucionario. Su revolución es la serenidad en tiempos de artificio. La música instrumental barroca se había vuelto densa y enmarañada. Sonaba a laberintos de saturación y velocidad. Música hecha para retar las posibilidades técnicas de los virtuosos. Por eso —por su necesidad casi circense de lucimiento— se escuchaba falsa. A mentira.  Haydn despreció este enredo. Su revolución es la contemplación en tiempos de estruendo.

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Que Haydn no grite no quiere decir que no sienta. Que no llore no quiere decir que no sufra. El suyo es un drama sin concesiones. Desprecia la exhibición y el escándalo.   No hay espacio para el teatro y las contradicciones exhibicionistas. En su música no existen almas ávidas de público y escenario. Es territorio de absolutos, en donde cualquier sobresalto sensual tiene carácter definitivo. Cuando Haydn toma una decisión —melódica, dinámica, rítmica, cromática, armónica, expresiva…— sobre su material sonoro, ya no hay regreso. Una vida ha cambiado para siempre. Por eso, a pesar de lo que Benito Pérez Galdós haya dicho, es música trágica, angustiante, malévola, tormentosa y rebelde. Parece que está ocultando algo siempre y ese misterio, esa agitación, esos ecos sombríos, hay que buscarlos en las profundidades, bajo las melodías, al fondo del ritmo, palpitando sobre las extrañas armonías en las que el oído atento descubrirá asimetría, tensión y una densa, implacable y fría tristeza.

Escuchemos, por ejemplo, el segundo movimiento de su “Amanecer” —el cuarto cuarteto de cuerdas de los seis que conforman su Op. 76 (escrito en 1797). Para escucharlo, adoptemos la postura de Goethe sobre lo que debe ser un cuarteto de cuerdas: “una conversación estimulante entre cuatro personas inteligentes (dos violines, viola y chelo)”.

En este caso, se ha hablado con brillo, fascinación y vigor —durante el primer movimiento— sobre la salida del sol. Ahora, la conversación es lenta. Una lentitud sombría. Adagio inestable, que a veces parece animarse (adagietto) para arrepentirse e ir aún más lento, hasta casi inmovilizarse (adagio assai).

El tema inicial es de cinco notas. Cada una larga y suave. Un violín extiende y acelera a su libre albedrío ciertos sonidos y el otro, lejano, propone un revoloteo. Pero a pesar de los esporádicos cantos entusiastas de los timbres agudos, es lóbrego el ambiente. Las voces se han llenado de sombras. Su fluido fraseo suena melancólico y débil. Son voces que ya no conversan y en torno a una misma tristeza lanzan lúgubres palabras sueltas.

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Haydn anuncia la salida del sol y de pronto se pone a ensayar en torno al ocaso y lo que el ocaso representa: muerte, caída y oscuridad. Son voces que han perdido la esperanza y que Haydn no advierta eso —que en una obra titulada “Amanecer” va a explorar la soledad del corazón humano— es de una belleza siniestra.

Su música, siempre, esconde una vida secreta.