¿Por qué es tan extenso el jazz? Esta cuestión se debe, sobre todo, a su vastedad de intérpretes; nos rebasa esa amplitud. Pero también por las posibilidades musicales que brinda. Nietzsche, en El crepúsculo de los ídolos, afirma que la vida sin música sería un error y que además “es un prejuicio corriente en los filósofos creer que toda música viene de las sirenas”. Con esto quiere hacernos saber que la música proviene del cuerpo y de las sensaciones humanas, no le da ninguna otra significación metafísica sino corporal, vital. Es una acto de catarsis.

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Otros pensadores coincidirían con él. Sin embargo, en asuntos de jazz no todo es bien aceptado. Dentro de los críticos más acérrimos a este género está el caso de otro filósofo, también alemán, Theodor Adorno, quien decía que la música “culta” o “seria” (sinfónica o equívocamente  llamada clásica) permitía el tránsito del estado del sentido del artista individual a su expresión directa y personal. No así el jazz. Para él, este tipo de música tenía la simple función de “entretener”, la consideraba hecha sólo “para divertimento” y no para “pensar”. Afirmaba que esta era música popular al servicio de la industria cultural, dirigida a las masas para simple consumo.

Otro problema es la enorme cantidad de músicos que ejercen este estilo. Cada instrumentista puede hacer jazz. Hay guitarristas, trompetistas, saxofonistas, bateristas, etcétera (que podríamos agruparlos en instrumentos de cuerda, viento y percusión, sobre todo). Además de que cada uno de ellos puede hacer fusiones a partir de estilos como el bebop, el hard bop, el funk, el soul, el smooth, el acid, el post, el latin, el african o el swing, entre muchos otros. Consideremos también que ninguno de estos estilos suena igual, aunque la base rítmica de cada uno sí sea distinguible.

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Contrario a Adorno, en esta forma de expresión musical se percibe un sentido explícito de rebeldía. Ya el historiador inglés Eric Hobsbawm afirmaba que en sus inicios el jazz lo hacían esclavos con anhelos de recuperar su libertad. Y es que, al ejecutar aquellos ritmos, los músicos pensaban, exclamaban y exigían su emancipación. Entonces también aquí hay un tránsito de sentidos —como dice Adorno—, además de que el motivo no era la retribución económica sino la liberación, entendida en su más amplio significado. De ahí que su expansión sea notoria y su delimitación compleja.

De esta manera, vemos cómo el tema del jazz, como instrumento de análisis, no sólo es profuso en filosofía o entre historiadores, también está presente en la literatura. Hay una buena cantidad de anécdotas al respecto. Por recuperar una, Gabriel García Márquez contaba que Julio Cortázar era un experto en este género y que en una ocasión, ya cuando se proponían irse a dormir, a Carlos Fuentes se le ocurrió preguntarle a Cortázar cómo y en qué momento y por iniciativa de quién se había introducido el piano en la orquesta de jazz.

Y bueno, la pregunta al escritor argentino fue más bien como una provocación a su aguda memoria. Fuentes, quizá para descubrirlo en su ignorancia respecto a esta aguda cuestión o tal vez de verdad queriendo saber un dato preciso, obtuvo por respuesta una larga y hermosa ilación de anécdotas que duró hasta el amanecer. “Nos hizo una recomposición histórica y estética”, diría García Márquez, por lo cual “ni Carlos Fuentes ni yo olvidaríamos jamás el asombro de aquella noche irrepetible”.

“Irrepetible”. Rescato esta palabra porque los conciertos en vivo de jazz tienen fuertes componentes de esta índole. A partir de este vocablo, podemos asegurar que el jazz, para contradecir a Adorno, es una continua y minuciosa reflexión que realiza el músico con base a una invisible línea rítmica, melódica y armónica, pero con una variante: el sonido de los instrumentos principales debe ser rizomático. No debe percibirse una linealidad sonora, sino irrepetibles bifurcaciones que nos transportan a otras dimensiones acústicas y emocionales. Esta es la poderosa capacidad irrepetible de la improvisación que sólo la proporciona el instante en que se toca. Y aquí podríamos parafrasear a Heidegger, al decir que este acto mismo de improvisación es la captación del ser de la música en su particular ejecución. Ahí y sólo ahí y no en otro momento.

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Entre otros muchos ejemplos, baste ilustrar este asunto con tres discos: Cool Struttin’ (1958) de Sonny Clark, Lookin’ Good! (1961) de Joe Gordon y Volume 3 (1961) de Curtis Fuller. Sus fraseos nos permiten al mismo tiempo “pensar”. Se percibe en esos beats lo que Adorno le negaba al jazz: el tránsito del estado del sentido por el artista individual a su expresión directa. Esto es perceptible pese a la distancia temporal que nos separa de los años en que aparecieron estos materiales y este 2017. Es por esto que la extensión irónica y rebelde del jazz se niega a ser captada en su totalidad.

 

 

Un comentario en “Lo inabarcable y controvertido del jazz

  1. La musica siempre ha acompañado al hombre, desde los sonidos más rústicos hasta melodías mas complejas, pero siempre acompañando el devenir del hombre. En su amanecer, en su comunicación con otros semejantes, para calmar a las bestias, externas, pero también internas, en sus guerras, en sus conquistas bélicas, o mejor aún en sus conquistas de amor al pie de un balcón.
    Gracias por los datos del reportaje.
    Angel Rivera.