Una tarde de domingo del verano de 1955, mientras un joven Coetzee paseaba por el jardín trasero de su casa en un barrio residencial de Ciudad del Cabo, oyó una música proveniente de la casa vecina que le hablaba como nada lo había hecho antes ni volvería a hacerlo. Una música que semejaba recovecos y escaleras. Sin atreverse a respirar, notó cómo los sonidos trazaban caminos verticales y horizontales que daban forma a una catedral. Bach, supo después, había entrado en su vida.

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Con esta revelación, Coetzee creyó escuchar al espíritu de Bach hablarle a través de las épocas y revelarle un secreto que se materializaba en algo vivo. Para cada uno de nosotros, escuchar a Bach implica una respuesta emocional exclusiva y privada, cuyo denominador común es el asombro al no poder responder qué hay entre su mundo y el nuestro, qué clase de complejidad subliminal se expande en su música ni en qué tipo de territorios invisibles se ordena. Con Bach nos sentimos siempre al borde del entendimiento, sin que lleguemos a conocer la realidad profunda de la mística de sus estructuras.

Tras más de tres siglos de su muerte, la obra del compositor alemán ejerce aún una fascinación tan compleja como enigmática. Al intentar producir un orden más elevado, Bach parece haber descifrado un misterio cuya medida sólo conoce Dios. Un misterio que tradujo para nosotros por medio de lo que Leibniz llamó «números sonoros» y Schöngberg —su heredero más enigmático— el «gobierno de los números»: combinaciones de sonidos estructurados lúcidamente que eran el resultado del ejercicio de una mente precisa que manifestaba la belleza a partir de su capacidad para tratar con abstracciones y satisfacer todas las proporciones. Con sus composiciones, Bach materializó lo que Valery llamó el «desplazamiento del equilibrio».

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Las infinitas combinaciones del sonido y el silencio se materializan en la música a través de la melodía, la armonía y el ritmo. Bach acopló estas unidades para expresar un orden superior. Añadió capas a cada línea compuesta, definió sus perfiles, las imbuyó de lógica y belleza y las relacionó hasta el infinito en una estructura polifónica, como una constelación racional.

Bach compuso una obra en la que operó la satisfacción matemática de todas las proporciones. Como si cada nota se organizara a la manera de un alfabeto, encontró para la música el volumen que los bibliotecarios de Babel del cuento de Borges buscaron sin éxito: la cifra y el compendio perfecto de todas las unidades de sonido, con las que expresó todo lo que es dable expresar.

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Y esa expresión era la voz de Dios que en Bach se manifestó con y por medio de números, en cuya fórmula encontraron armonía la religión y la razón, sin que una desplazara a la otra.

Bach es el lugar de lo profano y lo sagrado; el misterio y su respuesta. En una entrevista para un diario italiano recogida en No, no soy en absoluto un excéntrico, Glenn Gould sentenció: «Bach irrumpió en mi mundo y ya no lo ha abandonado». Bach, el último artesano, ha sido a lo largo de más de trescientos años el enigma más universal; la ecuación que se resuelve a sí misma.