Hay hechos del rock que no debemos olvidar. Son los grandes momentos de la tribu libertaria, nuestra memoria. Lo que nos identifican como rebeldes a los búfalos de la pradera, los osos traviesos y atravesados, los coyotes y cigarras que le cantan a la luna y las águilas y cóndores de la montaña sagrada.

Uno de esos hechos, seguramente uno de los más trascendentales, le ocurrió a Bob Dylan en junio de 1966. Fue en Manchester, Inglaterra, donde ese día Dylan dio un concierto en el Free Trade Hall. Todo lo filmó el gran brujo del cine rockero: D. A. Pennebacker.

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Era una hora conflictiva para Bob Dylan y el rock. Fue cuando la cultura de masas chocó en serio con la realidad mercantil que la produjo como espectáculo “normalizador”, un rito de pasaje para el acceso dócil al mercado de trabajo y la plusvalía. Un rito con disfraces de rebelión.

Hacía un año que el bardo de Duluth había electrificado y vuelto súper rockera su música. Alejándose de forma marcada del folk acústico y la etiqueta de la “protesta”, dejó la protección del subterráneo callejero y de las minorías de oposición oficial y entró de lleno en todo lo de la música popular y la industria de la cultura. Mientras el rock, cierto rock, se volvía psicodélico y más y más del blues pesado.

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El año anterior, en el Festival de Folk de Newport, Bob Dylan había dado un concierto con su banda de rock, acompañado por Mike Bloomfield en la guitarra y Al Kooper en el órgano eléctrico. El público allí presente se dividió de inmediato. Sus antiguos seguidores y admiradores lo abuchearon; escandalizó a los puristas, pero al mismo tiempo atrajo al público más joven y ya interesado en el blues eléctrico de Chicago. Sólo interpretó tres piezas y abandonó el escenario. De allí en adelante sus conciertos tuvieron una primera parte calmada, de él solo con la guitarra y la armónica, con una segunda parte turbulenta en la que tocaba la guitarra eléctrica, el piano y la armónica, acompañado por su banda.

Así llegó a Manchester esa noche y provocó el escándalo. En la segunda parte del concierto, bajo una lluvia de gritos y abucheos, antes de empezar a tocar “Like a Rolling Stone” se escuchó la voz de un sujeto que le gritó: “¡Judas!”. Risas. Dylan, ya acostumbrado, fingió no sentir nada, luego se vio más enojado y dijo en el micrófono: “Yo no te creo. Eres un mentiroso”. Miró a sus músicos y les dijo: “Toquen jodidamente duro”. Sí, “duro” es “hard” en inglés. Así brotó para las masas el hard rock, sí, duro como piedra, con todo y su Café de Morrison y las hamburguesas que bien sabemos.

Complicada situación la de esa ocasión en que le gritaron “¡Judas!” al hoy laureado con el Nobel de literatura.

Imposible explicarlo de forma definitiva, por eso hay que recordarlo muchas veces. Es un hecho que cambió la historia. La del rock y la de muchas cosas más. Fue todo un editorial cosmopolítico: el Rock es Negocio. La contracultura también se vende y deja de ser lo auténtico. Cierto. La realidad es eso. Y seguramente por eso Bob Dylan es Premio Nobel.

Pero también era un hecho de discriminación contra el poeta. Bob Dylan es judío; pero no es Judas, porque ese no es su nombre. Luego viene lo interesante de la irónica respuesta del poeta, porque “Yo no te creo” es el título de una de sus canciones. En la letra de esa canción habla de una persona que no lo reconoce a la mañana siguiente de la noche que hicieron el amor.

Treinta años después apareció el anónimo gritón de Manchester. Lo ubicó el periodista Andy Kershaw, lo contactó en persona y así se supo que era John Cordwell, un maestro de historia que murió en 2001. Éste le dijo a Kershaw que esa noche había gritado “¡Judas!” porque le enojó mucho la baja calidad de sonido del equipo eléctrico de Dylan y su banda; sintió que el estrella del rock era un tacaño poquitero que los estaba estafando.

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Lo contundente y cierto es que en ese momento la interpretación en vivo de “Like a Rolling Stone” se convirtió en un parteaguas para el rock. La banda integrada por Robbie Robertson en la guitarra eléctrica, Rick Danko en el bajo, Richard Manuel al piano, Garth Hudson al órgano y Mickey Jones a la batería llevó a cabo una interpretación sucia y chirriante de la súper rola de Dylan.

Así se supo que hay un rock impecable, altamente alambicado, el del gran mercado de masas, como la grabación en estudio de esa misma canción. Y hay un rock ruidoso y espontáneo, de baja calidad, de garage y punketero: el rock de la gente con voluntad de liberarse y pensar por cuenta propia, como la versión en vivo de que aquí se hace mención.