El caso de Fleet Foxes, grupo que no es más que el caparazón empleado por Robin Pecknold para entregar sus canciones, es sintomático de las tendencias actuales del mercado de la música. Despuntan con un par de discos, se vuelven virales y una vez pasado el auge son incapaces de sostenerse, como si la imaginación apenas les diera para un puñado de canciones.

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Luego de Helplessness Blues (2011), el compositor, aunque hizo algunas canciones y apariciones esporádicas, se hundió en el silencio. Un detalle que la crítica norteamericana también ha encontrado significativo fue su inscripción en la Universidad de Columbia (¿cuántos estudiantes de la UNAM, UAM y otras universidades tienen sus propias bandas y no se hace alharaca?).

Ignoro si trae un título universitario bajo el brazo, pero el guitarrista-cantante ha regresado con Crack-Up, un disco que su sello (Nonesuch), define como su “álbum más épico y sofisticado”.

Probablemente así sea, pero a quien esto escribe le ha generado sensaciones encontradas. En “I Am All That I Need/Arroyo Seco/ Thumbprint Scar”, el corte inaugural, hay un inicio lento, muy tenue en sus primeros segundos y luego, intempestivamente, se abre a la luz… pero ésta es difusa.

En sus primeros escarceos discográficos, Fleet Foxes irradiaba luminosidad, era una iluminación natural, cual si de pronto abriéramos una puerta o la ventana y el espacio se inundara de ella. Sin embargo, esas ganas de vivir y esa alegría que encontrábamos en canciones como “Mykonos” o “White Winter Hymnal” ahora  se escucha artificiosa. Culpen de ello si quieren a una producción muy pulida —a cargo del propio Pecknold y de Skyler Skjelset—  y ambiciosa que ha despojado de la “ingenuidad” a la banda, para hacerla más profesional y asequible a un mercado del cual se alejaron unos años y ahora buscan recuperar.

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“Cassius” es un tema en el que se muestra esa tensión entre espacios que son tan caros a la música de Pecknold, en los que prepara para después irrumpir en exuberantes manifestaciones a la amplitud geográfica, al gigantismo de la naturaleza (señalado desde la portada del álbum) y que en esta ocasión se perla con nuevos colores —aquí un violín, ora, un piano— y tiene una interesante resolución en el encadenamiento (las últimas notas de “Grown Ocean” de Helplessness Blues se enlazan con las primeras de “I Am All…”) de los diferentes tracks, con lo cual, cierto, genera  hermosos contrastes (“–Naiads, Cassadies”).

Crack-Up es el trabajo más íntimo de Pecknold y compañía (Skyler Skjelset, Casey Wescott, Christian Wargo, Morgan Henderson completan la banda), como si él prefiriera ser más contenido y explayarse con el uso de una amplia paleta sonora como es el caso de “Kept Woman” o “Third of May/Oidagahara”. Especialmente, la ultima deja las planicies folk para acercarse a una tónica más rockera y hasta bombástica.

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Fleet Foxes es ahora un grupo menos pedestre, más fino y educado. Como en todo proceso, algo se gana y se pierde en el trayecto. La decisión final le queda al escucha y en ese sentido, aunque el disco gana en cada nueva pasada por el reproductor y cada vez se detectan más y más detalles, prefiero esos instantes cuando me acercaba a una de sus canciones y era como si de pronto se corriera el telón y lo que descubría me dejaba absolutamente encandilado.