Cuando estudiaba en la Nacional de Música, a menudo nos hacíamos esta pregunta: ¿cuál es la obra más fácil de tocar? “La primera lección de Enseñando a tocar a los deditos de Hanon”, se dirá. Quien no sepa música podría incluso espetar este lugar común: “Los changuitos ” (que es fácil porque se toca con el puño y no con los dedos). Reformulemos la pregunta: ¿cuál es la obra musical más fácil que además goza de valor artístico? La respuesta está en el segundo movimiento de la sonata en Do K.545 de Mozart. La melodía construida sobre un sencillo bajo de Alberti (en el que juega el contrapunto) es tan hermosa que Mitsuko Uchida suele interpretarla como encore.

En la tradición de la música clásica el encore es muy importante. Un público que conoce la tradición de esta clase de música no aplaude rabiosamente. El conocedor requiere un encore sólo si el intérprete se ha lucido. No se trata como podría pensarse de un regalo del artista hacia el público. Al contrario: es porque el público reconoce al artista que éste vuelve y entrega a la gente su declaración de principios, esto es, lo que considera que lo identifica en tanto intérprete. La obra que encapsula en su belleza o su dificultad lo que entiende cuando escucha la palabra música.

facil-1

En la década de 1980, Ivo Pogorelich puso de moda entre los jóvenes pianistas dos cosas: desobedecer las anotaciones del compositor para ofrecer una interpretación radicalmente personal y lucirse con un encore fácil pero profundo. Otros artistas aprovechan el aplauso del público para lucirse aún más, pero Pogorelich, el único pianista famoso por no haber ganado el Concurso Chopin no necesita demostrar virtuosismo. Martha Argerich lo gritó a voz en cuello en la última mitad del siglo pasado y fue escuchada por todos menos por él. Hoy Lisitsa sigue esta tradición y aunque no ha enloquecido como Pogorelich, también interpreta esta obra. Uno escucha el suspiro asombrado del público cuando ella vuelve al piano y decide tocar esto… Lisitsa como Pogorelich está diciendo que la música no necesariamente es algo difícil. A veces resulta sencillo gozar.

Pero a veces duele. En 1986 Horowitz hizo una gira por Moscú. El público, por supuesto lo premió. Y vinieron el encore y el llanto. Horowitz había decidido tocar el Traumerei de Schumann cuando en los rusos estaba presente todavía el recuerdo de la Segunda Guerra Mundial. El día que la radio de San Petersburgo anunció que Alemania había capitulado, los programadores decidieron que el mejor homenaje que podían realizar a sus soldados era repetir una y otra vez esta canción alemana. Después de todo con Schumann se habían educado sus grandes pianistas y, además, él adivinó que en el ideal de pureza del romanticismo alemán se estaba gestando el nazismo.

La pregunta sigue abierta: ¿cuál es la obra más fácil del repertorio para piano? Si uno trasciende las obras para niños (en cierto sentido todas las anteriores antes lo son), llega uno hasta los grandes conciertos para piano. Hay en ellos algunos memorables (y fáciles) conciertos de Mozart y ciertos pasajes de Beethoven. El más notable tal vez es el segundo movimiento del Quinto concierto para piano que en todo lo demás es muy complicado. Sin embargo, el concierto de Grieg es famoso por ser el más fácil… de los más difíciles, se entiende. Además Julia Fischer es la única pianista que cuando se le antoja toca también un concierto para violín.

 

 

Un comentario en “Fruta de neón
La música más fácil del mundo

  1. Sencillo, fácil, menos fácil, que excelentes y emotivos ejemplos de belleza.