Tener más cuerpo para tatuarse esas canciones, más corporación y menos kilometraje, más tiempo para pasarlo con ellas, mujeres jóvenes dueñas de una fiesta interminable. Sólo pido más tiempo, el tiempo que es el mejor autor para el final perfecto. Tiempo para reposarlo en sus muslos, en su entrepierna, en la Estrella de la Mañana, un bar que no puede cerrar nunca. Porque ellas se beben la noche sin vomitarla del todo, reposa en sus estómagos durante el día, la penumbra es su resaca, la luna su pastilla. Salen todos los días, van de fiesta en desenfreno en un eterno fin del mundo que culmina en sus caderas. Pasan del whisky a la cerveza y de la ginebra al mezcal en un establecimiento tosco, con música de rockolas añejas que les agiganta el pecho y les agiganta el tiempo, el tiempo que no estoy con ellas, el que paso en casa escuchando el mismo disco, el mismo acetato de siempre, Grace/Wastelands, y quisiera tener más corazón para tatuármelo en él y menos kilometraje recorrido para escucharlo aún más, porque me siento frágil y anticuado, porque la resaca me ha comido la hiel, porque ya no puedo beber con ellas.

He recurrido a las partículas de noche controlada, gotas aplicadas en los ojos, oftalmología del pudor y la resignación; no se puede beber toda la noche en un solo trago, no puedes gotear todo el vodka de una botella en tu par de ojos cansados. A cierta edad, tienes que ser modesto con tus vicios, escoger una carta de entre todo el mazo de drogas y guardarla bajo la manga, cuidarla celosamente, protegerla, porque es tuya, tu propio vicio, al menos, hasta que lleguen ellas de nueva cuenta a derramar las garrafas de vino tinto sobre tus sábanas blancas.

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Ellas se embriagan toda la semana, los lunes han ideado un “club de drogas” y juegan al Scrabble inventando palabras de alcohol. Yo llevo una resaca de años, aún no he sobrevivido a ella. En mí reside el Fantasma de las Borracheras Pasadas, emerge cuando menos lo espero, ambos somos rancios y solitarios, hemos aprendido el uno del otro, aunque no deja de hacer estragos, me recuerda que todo el alcohol se está diluyendo de mi cuerpo, y que soy un espíritu quieto. Mi resaca y yo hemos aprendido a quedarnos en casa mientras ellas esnifan la nevada en un país atestado por el sol, compran revistas con portadas multicolor en la esquina, frontales en las que aparecen ellas mismas, esnifando el Sol. Ellas modelan hacia el final de la calle, al final de la noche, todo recto hasta el amanecer. Mi resaca y yo hemos puesto la aguja en el vinil, ahora somos tres fantasmas en una sola habitación de blancas paredes movedizas, paredes albas de Benzoilecgonina; somos, los tres, un compuesto orgánico, un alcaloide tropano cristalino que ellas llevarán, prestas, a sus narices, porque saben que no volveremos más a humedecer sus piernas, nos convertiremos en la raya que divide todo, mi resaca, la voz de Peter Doherty, yo, cantando a la ausencia de sus pezones rosados, morenos o níveos. Mi fantasma, Doherty y yo, la aguja en el tocadiscos, las bocinas en la alfombra, el pene arrugado, la consunción y los años perdidos, cantando, hablando de estrellas de cine muertas, en rimas bonitas y crímenes perfectos, coreando como aves enjauladas, saltando sobre el recuerdo de nuestras mujeres muertas, derramadas en la noche, asesinadas.

Otra día, el mismo desazón, el mismo disco que la resaca ha puesto con manos dolorosas de arrepentimiento. Mi resaca aún no tiene nombre, el disco se llama Grace/Wastelands y es de Peter Doherty. Un disco estropeado de tanto auscultarse, la aguja lo ha demacrado, una basura, un objeto feo, una más de mis cosas favoritas para cuando el perro muerde o la abeja pica, un tosco fetiche, el juguete de mi hijo, un lagrimario, un frasco de Nazin, un dosificador de noche para untarse en los ojos.

Alizé pintó aquella portada en el disco, Doherty le aportó la sangre, gotas de sangre emanadas de diversos cortes longitudinales. Alizé Meurisse también escribió aquél vademécum, un libro llamado Pâle Sange Bleu, novela escrita con violencia sorda y en la que ella nos dice que es romántico escribir con sangre, pero escribir con rojo es de mala suerte. Alizé Maurisse es hermosa como el Demonio mismo, Alizé Maurisse es una de esas chicas a las que aún no les llega su resaca, que no llevan fantasmas a cuestas, sólo una zambra espesa, innegable, Juan 3:16 todos los días y la convergencia del agua en vino como medida preventiva o circunstancia atenuante. Alizé es una más de nuestras mujeres ahogadas en el pozo oscuro de nuestra senectud, muerta pero en pie y bebiendo de la botella, una Guinness en el bar añejo de nuestro corazón.

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Las piezas del Grace/Wastelands son espejos cortantes, estampillas, un All dandy and all of the night, una colilla de cigarro que alguna vez fumó Amy Winehouse, un slow down world, un sombrero fedora negro, una mujer sin importancia y una narración extraordinaria. Grabación del 2009, el año internacional de la reconciliación y de Nikolai Gógol, el año de la juventud rusa, de cuando agonizaba J.G. Ballard y sus niños asesinos del Running Wild. Un Doherty que respira aún el polvo que dejó la estela de The Libertines, con guitarras que sabían a Blur por Graham Coxon y a Morrissey por Stephen Street, más cercano al Gainsbourg hormonal que al punk irracional de Barât. Alejado del sensacionalismo alarma de las portadas de revistas multicolor y la iluminación artificial del coño de Kate Moss por el flash fotográfico. En Grace/Wastelands Pete Doherty le devuelve la R de las juventudes rusas a su nombre inglés y con una resaca inmensa de fama y estrellato me canta a mí y le canta a los fantasmas de mis mujeres enterradas bajo azules botellas de cerveza en el cementerio del ostracismo.

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Grace/Wastelands es un grito silencioso, la especialidad de la casa, cuando todas las luces de todos los bares se han apagado ya para nosotros y sólo queda la aguja sobre el disco, en donde una Salomé pide la cabeza del borracho en turno. La mujeres aún vivas en nuestra memoria nos esperarán sonriendo en las portadas de las revistas multicolor, bebiendo la noche; cuando haya sanado del todo la resaca remota y queden aún despobladas cantinas por recorrer, entonces, volverá a sonar ese disco.