Anacrónico y vigente. El tango es un fenómeno paradójico. Tiene una apariencia anticuada y decadente, de señor con bisoñé y bigote de rayita sobre el labio; pero también tiene características de vanguardia no estridente, de jazz subalterno. El tango es un género musical y de baile que ha perdurado por más de un siglo en el gusto popular y para eso produce constantemente nuevas figuras.

Quien mejor lo representa ante el mundo es quien lo hizo parte de la moda global: el cantante y actor de cine Carlos Gardel. Una voz de tenor y barítono ligero con gran calidad interpretativa, una de las primeras grandes figuras de la industria disquera y la radio.

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El tango es un género “anticuado”, “reaccionario”. No está de moda. Pero está vivo y vigente. No deja de reinventarse como tradición urbana de la música popular. Muestra a la vez un rostro decadente y uno de auge y apogeo. Lo marca la contradicción.

Ordinario y exquisito. Popular y de élite. Cursi y poético. Paradoja, honda ambigüedad, contrasentido. Tal es la verdad metafísica del tango; su mensaje y su vivencia más íntimos y profundos, su explicación histórica. Mostrar con espíritu rioplatense de cadencia canyengue y milonguera la clave dialéctica de la existencia.

Si todo lo real para el ser humano es primero que nada contradicción simple, lucha y unión de los contrarios, entonces el tango, creo que diría Heidegger, es contradicción de contradicciones en contradicción, un punto extremo, la superación de la insolencia del absurdo de tener que ser en la belleza del disparate de sólo querer ser. Algo donde bien se unen vida y muerte, odio y amor, ridículo y grandeza, ficción y documento.

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Como un paradigma de este estado aporético trascendental del tango podemos ver la letra de “Cambalache”, compuesto por Enrique Santos Discépolo:

“Que el mundo fue y será una porquería, ya lo sé, en el quinientos seis y en el dos mil también; que siempre ha habido chorros, maquiavelos y estafaos, contentos y amargaos, valores y dublé. Pero que el siglo veinte es un despliegue de maldad insolente ya no hay quien lo niegue, vivimos revolcaos en un merengue y en un mismo lodo todos manoseaos. Hoy resulta que es lo mismo ser derecho que traidor, ignorante, sabio, chorro, generoso, estafador. ¡Todo es igual, nada es mejor, lo mismo un burro que un gran profesor! No hay aplazaos ni escalafón, los inmorales nos han igualao… Si uno vive en la impostura y otro roba en su ambición, da lo mismo que sea cura, colchonero, rey de bastos, caradura o polizón. ¡Pero que falta de respeto, qué atropello a la razón! ¡Cualquiera es un señor, cualquiera es un ladrón! Mezclaos con Stavisky van don Bosco y la Mignon, don Chicho y Napoleón, Carnera y San Martín. Igual que en la vidriera irrespetuosa de los cambalaches se ha mezclao la vida, y herida por un sable sin remache ves llorar la Biblia contra un calefón. Siglo veinte, cambalache, problemático y febril, el que no llora no mama y el que no afana es un gil. ¡Dale nomás, dale que va, que allá en el horno nos vamos a encontrar! ¡No pienses más, sentate a un lao, que a nadie importa si naciste honrao! Es lo mismo el que labura noche y día como un buey que el que vive de los otros, que el que mata o el que cura o está fuera de la ley”.

Para que se comprenda mejor el texto. En lunfardo, el idiolecto del tango, “chorro” quiere decir ladrón, “dublé" es falsificado, “gil” significa tonto y “labura” equivale a trabaja. Stavisky fue un gran estafador financiero, Primo Carnera era un boxeador que fue campeón mundial de peso completo y ese San Martín es el general de la independencia argentina.

El punto decisivo para la esencia contradictoria del tango en sí lo da la música, ese tonito de sarcasmo escéptico en el que el pesimismo parece carcajada histérica que da la catarsis iluminante. Con ello, la gran moraleja de esta canción es reconocer la necesidad del mal y lo malo, es decir, la aceptación de la parte maldita del ser humano como elemento ontológicamente propio de la vida social. Que el bien y el mal deben ir juntos, para que el bien sea lo más importante, lo que da sentido sobre el contrasentido del mal y el absurdo de la nada.