Waiting on a Song (Nonesuch, 2017), el flamante segundo álbum como solista del líder de The Black Keys, es una obra muy gratamente rock popera, en la que el otrora duro guitarrista de los riffs desgarrados y el sonido seco y austero nos sorprende con un conjunto de canciones amables y melodiosas que remite lo mismo a Buddy Holly que a los Traveling Wilburys y lo mismo a Jeff Lynne que a Neil Young, JJ Cale o Al Green.

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En 2010, Auerbach se mudó de su natal Akron, Ohio, a Nashville, donde instaló un estudio de grabación y empezó a diversificar sus actividades y su sonido, algo que se notó en los cambios musicales de los Black Keys.

Gran guitarrista, excelente compositor, aceptable cantante, buen productor (ha producido lo mismo a Dr. John que a Lana del Rey), en 2009 había grabado su primer disco solista (Keep It Hid), muy apegado aún a sus raíces blueseras y rocanroleras, pero ocho años más tarde llega con su nuevo trabajo, en el que incursiona en una especie de soul–country–pop setentero con muchas reminiscencias también al country rock de finales de los cincuenta y al soul del Memphis de los sesenta.

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Con músicos invitados de primerísimo nivel e incluso legendarios como Duane Eddy, Mark Knopfler y John Prine, Waiting on a Song es un álbum variado y disfrutable, excelentemente producido, de gran finura, con canciones tan buenas como “Shine on Me”, “King of a One Horse Town”, “Never in My Wildest Dreams”, “Stand by My Girl”, “Cherrybomb” (“ella era más dulce que un pay de manzana, pero se fue tan pronto como me quedé sin dinero”) o la homónima abridora (“las canciones no crecen en los árboles, tienes que irlas recogiendo en la brisa”).

Un disco más que recomendable.