Los ingleses lo han vuelto a hacer y en grande, como siempre. Con una especie de tirabuzón histórico, los británicos han retomado una y otra vez las músicas desechadas u olvidadas que los estadounidenses suelen relegar en los áticos o sótanos de su música popular. Revisitan dichas músicas y les dan la vuelta de tuerca justa para canalizar y desarrollar nuevas corrientes, movimientos y hasta géneros. La primera de estas manifestaciones se dio en los años sesenta del siglo pasado con el rock and roll, el surf y los girly groups. En la Gran Bretaña, los jóvenes los retomaron y crearon el Merseysound y el Londonbeat, para generar a la llamada Ola Inglesa.

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En los setenta, grupos como MC5, New York Dolls y Ramones sufrían la penuria y el desprecio en la tierra del Tío Sam, lo que los hacía desaparecer, los ridiculizaba y los remitía a los agujeros más recónditos. Sin embargo, cuando los oriundos de Albión los escucharon, reconocieron su valía y los convirtieron en legado definitivo para su propia interpretación del punk (Sex Pistols, The Clash, etcétera), misma que lo convertiría en un género histórico de influencia incalculable. Lo mismo sucedió con el house y el hip hop primarios, los cuales serían transformados en acid jazz y trip-hop en las islas británicas durante la década de los noventa.

En el nuevo siglo ha sucedido algo semejante, pero con un género antiguo y tradicional, el soul, vertiente de la música afroamericana que tuvo entre sus iniciadores a Ray Charles, James Brown y Sam Cooke, así como, entre ellas, a Aretha Franklin, Mable John y Carla Thomas, por mencionar algunos nombres. Este gran cauce artístico se fue diluyendo con la imposición de la música disco y el posterior contubernio de la industria con la radio y los productores (quienes inventaron los términos “neo soul”, “urban” y “R&B contemporáneo” para satisfacer sus necesidades de dinero, rating y popularidad) que convirtió al verdadero soul en débil acequia.

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Mientras en la Unión Americana Solomon Burke, Sam Moore, James Hunter, Betty LaVette o Sharon Jones sobrevivían apenas en tugurios y clubes ínfimos, en Inglaterra sus intérpretes nuevamente retomaron al género, le sacaron brillo, dinamitaron los diques y la enorme corriente volvió a fluir para sonrojo de los escuchas estadounidenses, quienes descubrieron en sus estrellas (Whitney Houston, Janet Jackson, Mariah Carey et al) la falta de nervio, de pasión, de riesgo, de pulsión sexual, de vida y conocieron entonces los nombres de quienes sí les daban a probar todo ello.

Con la reciente invasión británica llegaron cargadas de soul mujeres jóvenes, de raza distinta a la negra, impetuosas y con un rico bagaje de influencias, pero sobre todo con la verosimilitud que requiere la interpretación de semejante género: Joss Stone, Amy Winehouse, Duffy, Adele y Alice Russell. La primera con una voz fresca, sensual, gruesa y con amplitud de la gama estilística. Duffy es el soul clásico, pero sin nostalgia. Adele, por su parte, destacó con la desnudez de sus arreglos y las baladas melancólicas (claro, antes de convertirse en cantante pop). La Winehouse era un fenómeno que vibraba al son de sus particulares infiernos y desgracias.

Alice Russell, a su vez, es una excepcional compositora y cantante que en cada interpretación hace alarde de una garganta privilegiada y un arrollador poderío. Es tan excéntrica (prefiere a los públicos minoritarios, tiene una formación musical en coros y orquestas y gusta de la independencia, por lo que creó su propio sello discográfico: Little Poppet) como hiperactiva (ha sido parte de grupos como Bah Samba, Quantic Soul Orchestra, Kushti, Dublex Inc., The Bamboos y Natural Self, entre otros) y tras más de una década de foguearse en el circuito de clubes británico y europeo, decidió lanzarse como solista en el año 2004.

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Musicalmente, se le puede comparar con Aretha Franklin por el timbre de voz; sin embargo, ella se siente más afín con Jill Scott y sus registros le permiten moverse con soltura lo mismo en el soul que en el jazz, el blues o el gospel. En ella se reúnen Motown, Stax, el dance, el acid jazz, la electrónica, el downtempo, el funk, el r&b y el carisma que distingue a las souleras de cepa. Russell recoge toda la herencia, sin nostalgia y la hace suya con unas letras que rebosan cotidianidad, estampas de abandono o melancolía, guiños al sexo y a la vida mundana sin tapujos y a pesar de todo ello, es la menos conocida de todas.

Alice Russell tiene en su haber varios EP, con recopilaciones de tracks en los que ha colaborado con otros artistas y cinco álbumes: Under the Munka Moon (2004), My Favourite Letters (2005), Pot of Gold (2008), Look Around the Corner (2012) y To Dust (2013), con los cuales muestra el abanico trepidante de sus capacidades con viveza y frescura. Eso sí, sus versiones de “Seven Nations Army” (de los White Stripes) y “Crazy” (de Gnarls Barkley) definitivamente han hecho cambiar su status minoritario. Posee la energía para fluctuar entre la tradición y la modernidad sin menoscabo alguno. Es el soul eterno, cantado por un corazón lleno de alma, con carta de identidad contemporánea y legítimo certificado de autenticidad.

Con el siglo, pues, nació un estilo musical que recogió al soul clásico y lo puso una vez más en la palestra con nuevos tonos y significados. Hoy por hoy, es en Inglaterra donde surgen las mejores exponentes de dicho sonido.