Noche de tributos, reconocimientos, afirmaciones. El paso de Steve Vai por el Pabellón Cuervo y su celebración del 25 aniversario del álbum Passion and Warfare —en realidad son 27 años, dirá él en algún momento— está marcada por la virtualidad y un reencuentro imposible, un dueto con quien fuera su mentor: Frank Zappa.

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Fotos: Cortesía César Vicuña/OCESA

El guitarrista se ha ganado con creces el estatus de leyenda y lo explota incluso hasta la saciedad. Está enamorado de su propia imagen y lo hace ver a cada instante, desde las escenas de la película Crossroads con las cuales comienza la noche, hasta la aparición de Brian May en la pantalla que hace la introducción del space age guitar y da inicio a “Liberty”, el corte inaugural del álbum de marras y pretexto para la reunión.

El inicio es juguetón, pronto el guitarrista interactúa con el público aunque sin utilizar las palabras. Toca unas de sus lúdicas notas, esas que parecen emanadas de los circuitos de C3PO y el público intenta emularlas en un llamado—respuesta que no por primitivo deja de ser efectivo. Sin embargo, las manos de Vai, escudado en un trío que lo apoya con solvencia, producen infinidad de sonidos, desde aquellos estrictamente musicales, melodiosos y agradables al oído, hasta aquellos nacidos de una librería de efectos especiales: explosiones, eructos, maullidos.

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Es mi primera noche frente al neoyorkino y a cada graznido de su instrumento hay una serie de imágenes que convoca mi mente: su paso con Frank Zappa, David Lee Roth, Whitesnake, su trayectoria en solitario. “Gracias, nunca hice una gira de Passion and Warfare, estaba muy asustado y tal vez esperaba el momento adecuado, la ciudad adecuada…, como ahora y aquí”, dice y aunque seguro ha repetido esto en muchas ciudades, despierta el alarido de los presentes.

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No falta ninguno de los cortes, pero tampoco es una interpretación fidedigna. Él juega mucho con su instrumento, dialoga continuamente con sus músicos, especialmente con guitarra y batería, mientras el bajo sostiene todo con notas gruesas. “Ballerina” se escucha impecable, sorprende por su artificio; “For The Love of God” es visualmente otra muestra del narcisismo del guitarrista, pero tal vez todo ello es admisible cuando se escucha en directo esa melodía.

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No falta el vértigo de “The Audience Is Listening” o “Blue Powder”; Vai y compañía no escatiman un ápice en la entrega; son energéticos y él reproduce uno a uno los gestos que lo han vuelto famoso, pero finalmente eso es lo que queríamos ver (sin embargo, eso de ver es un decir, porque el lugar no permite a los de estatura promedio apreciar lo que sucede en el escenario, ya que la perspectiva es mala y un metro de altura más a la tarima ayudaría a captar los detalles. Afortunadamente el audio es inmaculado y permite advertir cada una de las sutilezas del sonido).

Ayudado por la tecnología, hace “duetos” con Joe Satriani —quien cubrirá su cabeza con diferentes pelucas y sus ojos con lentes estrambóticos— y John Petrucci (Dream Theatre), pero el momento más emotivo, el reencuentro imposible es ese que se da entre el fallecido Frank Zappa y, al menos en la pantalla, un joven Vai. La imagen es contundente y la música majestuosa.

El final es por lo alto. Una vez desparramada la totalidad de Passion and Warfare, entregará una par de temas más para coronar la noche. Su voz que pregunta “Do you feel good?” se escucha por encima del audio que, a manera de despedida, deja escapar “Hallelujah” de Leonard Cohen, tal vez la mejor manera de relajar la noche después de tanta adrenalina.

Sin embargo, ese Frank Zappa, con su enorme bigote y que responde apenas con un gesto y sin aspavientos a las acometidas de su pupilo, se queda impreso en la memoria.