Quitaron la muerte del nombre. Quisieron que su sonido renaciera. El rock en tu idioma es un pasado que condena a pesada música hostil y yerma. Y “La muerte de Eurídice” —en los ochenta— fue una efímera banda gótica de esa escena. Ahora, 25 años después, ha regresado libre de cadenas: “Eurídice” a secas. Al desprenderla de su muerte, la imagen de la ninfa es anterior a la serpiente y, por lo tanto, su canto nace desde la vida. La tragedia está ahí —late al fondo de cada uno de sus pensamientos—, pero aún no ha sido consumada: en su voz, el futuro aún es posible.

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Las nuevas búsquedas de Eurídice (Patricio Iglesias, batería; Paul Zamora, guitarra; Javier Areán, voz y bajo; Hari Sama, teclados, clarinete y voz) recorren todo lo que a partir del punk del 77 ha sido desarrollado: suciedad bailable y anarquismo de sintetizador, new-wave y metal, incursiones electrónicas y rabiosas atmósferas mecánicas, Pere Ubu y Devo, frenéticas aventuras arrítmicas y panoramas suicidas, Depeche Mode y Swans, estridentismo melódico y desprecio conceptual, los albores de R.E.M y The E Street Band en Ashbury Park, desarticulación y ambigüedad armónica, grunge y trash, The Horrors y Savages, sádico eclecticismo y estilizada vulgaridad.

Durante su álbum debut, Entre el humo y las llamas (2015) —un coche rojo se incendia en la portada—, la tristeza cubre los acontecimientos. Una lenta tristeza abstracta poblada por fantasmas condenados a nunca más tocar a su amada, solitarios que se desvanecen en diseños de inocencia y viejos delirantes de recuerdos bélicos. Personajes y paisajes han sido desencajados del tiempo y hacia ahí se dirige el sonido: hacia lo etéreo (sintetizador), hacia lo onírico (clarinete) y hacia el drama (banda de rock n’ roll). 

En Roto (2017), su segundo álbum — una mujer fuma cabizbaja en la portada—, los ambientes cambian: son concretos y trepidantes; los acontecimientos pierden su ambiguo ciclo de evocaciones y sueños para entregarse a la acción del momento: vidas que se desgajan o subliman en tiempo real.

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Algunos personajes revelan en violentos monólogos sus deseos más salvajes, como el insolente e impune “Miserable” (canción que abre): tras ordenar que se arrastre y abra la boca, humilla a su amante: “¡no serás dueña de tu cuerpo nunca más!”. Otros personajes interactúan y su historia se vuelve compleja y delicada. Es el caso de “Inmortales”, en donde ella pregunta “¿Por qué el destino es tan incierto? (…) ¿acaso no tiene fin este destierro?”. Es una mujer prisionera de su propio deseo. Bajo el cobijo de la noche, ama hasta las últimas fronteras de su resistencia. De día, debe ser otra; maquillar la sonrisa, esconder las cartas, limpiarse los besos y alejarse del teléfono. Y él, hombre de corazón indomable, le promete a gritos el infinito: “¡Nosotros somos inmortales!”, pero rápidamente, con voz más baja, casi susurrante, le aclara que se trata de un infinito limitado, únicamente posible “mientras lo permita la noche…”. Y que la inmortalidad sea tan frágil, hace que la mujer se sienta culpable. Y la culpa la derriba. La culpa la hace sentir vacía. La culpa la hace sentir cobarde.

Algunos personajes nos llegan a través de otros ojos, como “La mujer del puerto”, cuya distancia narrativa es de inspiración histórica: la película homónima de Arcady Boytler filmada en 1933. Y resulta una mirada misteriosa y antigua, una canción en blanco y negro. 

Rosario fuma entre la niebla recargada en una barda muy cerca del agua. Vende placer a los hombres que vienen del mar. Y de pronto —tras tanto tiempo de sentir nada, de llorar a su padre muerto, de odiar al novio que la engañó— se enamora del marino con el que pasa la noche. Entonces la banda se calla y, sobre un sintetizador que viene y va a manera de oleaje, irrumpen las voces originales de la película —de Andrea Palma como Rosario y Domingo Soler como Alberto— en una de las escenas más dramáticas del cine mexicano:

—¿Pero de verás conoces a Alberto?

—¿Por qué tanta insistencia?

—Júrame que guardarás el secreto… ¡Soy su hermana!

—¿Pero cómo iba yo a saber? ¡Rosario, hermana!

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Los sonidos de Roto son atmosféricos. Rock intrincado que construye espacios. Las letras visitan la intimidad y los trazos del teclado, monocromáticos y cortos, se cierran en torno a inconfesables secretos. La articulación armónica es hermética. Las melodías —predominan los tonos menores— melancólicas y siniestras. Con frecuencia es el ritmo la única salida: una batería de imaginación jazzística. Aunque nunca llega demasiado lejos: el bajo, pegajoso e implacable, amarra los acontecimientos sonoros como la tela de una araña. Pongamos el ejemplo de “Casa” (canción que cierra el álbum): “Abre la puerta de cristal”, dice la primera frase. Pero la invitación no es ir hacia afuera, sino hacia dentro: “entra conmigo de la mano / la casa nos está esperando”. Ir juntos hacia el sacrificio del amor. La casa es la muerte.