Me encuentro con una foto de Imelda May publicada en el Mirror y me fascina. Sencillamente se ve hermosa. Los pies desnudos muestran unos dedos largos, cuidados y, por una extraña asociación, pienso en Flaubert y la pasión con la que describía las extremidades inferiores de Madame Bovary. Dicen las líneas que acompaña a la fotografía que la irlandesa “ha despejado su imagen para una representación más honesta”.

imelda-1

May está de regreso a la música con una nueva placa titulada Life Love Flesh Blood, un disco producido por T. Bone Burnett en el que se hace acompañar por músicos como Zachary Dawes, Jay Bellerose y Dennis Crouch. Muy bien, lector, tal vez en este momento sus cejas comienzan a enarcarse porque estos nombres no le dicen nada, pero como invitados aparecen Jeff Beck (“Black Tears”), Jools Holland (“When It’s my Time”) y Bono lleva el crédito de ser mentor y guía, lo que ello signifique.

La transformación de May no es únicamente de apariencia, musicalmente también se ha llevado a cabo una reinvención. El rockabilly ha desaparecido y junto con él los vestidos entallados, el tupé, el maquillaje y los ritmos rápidos y sinuosos. Cierto, en los álbumes que grabara anteriormente, ella también dejó muy claro que al momento de las baladas, éstas le calzaban tan bien como esos pegados atuendos (no estaría de más escuchar ahora “Walking in the Sand”, editada en Jeff Beck Rock’n’Roll Party. Honoring Les Paul).

El “desnudamiento” de la May está asociado al rompimiento de su relación con el guitarrista Darrel Higham, con quien estuvo casada hasta julio de 2015. De la separación, el duelo, la resignación, el volverse a enamorar y ver roto nuevamente su corazón nacieron 11 canciones grabadas en Los Angeles, California, y a las que T. Bone Burnett, además de producirlas, les escribió la música.

Burnett ha trabajado con Elton John, Roy Orbison, John Mellencamp, Los Lobos, Leon Rusell, Elvis Costello y el dueto entre Alison Krauss y Robert Plant. A todos ellos ha encontrado la manera de sacarles el lado suave, lánguido y triste; también les ha añadido un sutil toque country.

imelda-2

Sin embargo, en la transformación, May ha dejado de ser ella para convertirse en una  cantante cuya identidad está por descubrirse. Si bien en su trayectoria anterior la sombra de Wanda Jackson estaba allí, aunque nunca de manera opresiva, encontró la manera de hacerse de una voz; ahora ha perdido la distintividad. En el proceso de desnudar su alma, May dejó un nicho en donde era casi una diosa para acercarse a otro en donde se ha vuelto genérica. Sus temas ahora son suaves en su desarrollo, pero la impronta de Burnett es muy profunda. Aquí se manifiesta como un productor de “mano pesada” que ha colaborado en la reinvención de la May… hasta desaparecerla. 

imelda-3

Afortunadamente la extinción no ha sido total y May brilla en canciones como “Sixth Sense”, “How Bad Can a Good Girl Be” y “Bad Habit” en la que la guitarra de Marc Ribot no sólo teje hermosas melodías, también se encarga de imprimir atmósferas nocturnas, medio arrabaleras, y darle una vida extra a estos temas. Hay intensidad en “Black Tears”, con una guitarra a cargo de Jeff Beck a la cual le falta poco para hablar, y en “When It’s my Time”, con el piano de Holland como compañero de una cantante que aquí sencillamente se sublima.

Una nueva May se ha revelado y Life Love Flesh Blood es el primer paso.

 

 

Un comentario en “Reinvenciones, transformaciones: Imelda May