No existen extremidades que hayan pisado la Tierra con tanta actitud como las de Sid Vicious con sus botas rotas de motociclista, mismas con las que fue incinerado y después arrojado sobre la tumba de la drogadicta en el cementerio Rey David de Pensilvania, lugar ahora de crápulas, orgías, dipsomanías y lozana sobredosis; el mejor –o peor– homenaje para el punk más consciente y fidedigno que haya coexistido, si es que acaso el punk puede ser consciente y fidedigno.

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No existe persona que me cause tanta ternura como Sid, ni siquiera mi hijo alcanza esos estándares de simpatía. Esa máquina de beber, fornicar, drogarse y destruir artefactos, pero también, ese artilugio de proferir afecto, concordia y amistad. No existirá jamás, para nadie, otro amigo como Sid Vicious. Después de su muerte, la amistad se esfumó de la Tierra y de la eufonía y quizá sea eso lo que más me entristezca de él. No es siquiera su paso etílico, dadá y fugaz por los Sex Pistols –que apenas duró un año–, sino esa capacidad de inspirar empatía, un juego de atracción que sólo pocos pudieron entender en aquél Reino Unido de fútbol, rugby y macilentos pubs.

No hay otra efigie que decore mi estudio, no hay imagen que me impulse a arrojarme estúpidamente sobre la hoja en blanco o el monitor deteriorado, no es el trasero de una chica tonta, la sonrisa fingida de la publicidad ni el rostro epicúreo de Nastassja Kinski o lo mustio en Tiffani Amber Thiessen, sino una fotografía desteñida y sangrante de Sid Vicious.

Cada día de su cumpleaños —como fue ayer, 10 de mayo, en que hubiera cumplido 60 años de no haber muerto en 1979, a los 21 (Nota de la Redacción)—, en lugar de honrar a la madre advenediza, me hundo en la espesura de una cantina estrecha para escuchar aquél The Idols with Sid Vicious (1993), un disco perfecto y redondo, grabado en concierto en 1978, con el que Dios baila al pogo con sus embriagados y monigotes apóstoles, albúm que curiosamente se encuentra programado en la jukebox del asqueroso Bar Tampico de San Luis Potosí; lo reproduzco tres veces y salgo inmediatamente del lugar, antes de que los norteñillos postizos me arrojen cervezas Indio en la cara.

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Puedes escribir sobre la falta de sueño en las hormigas o que el Sol libera más energía en un segundo que toda la energía consumida por la humanidad desde su inicio, que una gota de petróleo es capaz de convertir veinticinco litros de agua potable en agua imbebible, que el material más resistente creado por la naturaleza es la tela de la Araña. Puedes escribir para una revista sobre los temas más raros e interesantes del mundo, pero nunca podrás escribir sobre tus obsesiones; es difícil concentrarse, el pulso te tiembla, la lucidez te traiciona, las palabras y los altisonantes estarán siempre en tu contra; es difícil escribir de lo que tanto añoras ser, de lo que llevas tatuado en el pecho y en el cerebro, al lado del lóbulo occipital, como un semiconductor desordenado incrustado por un programador revolucionario al momento de nacer; por eso me parece tan difícil escribir sobre Sid Vicious, por eso se me hace tan difícil sobrellevar este día, es por eso que es tan complicado mirar hacia ese afiche e intentar fingir que todo está bien, porque no lo está.

Intento redactar en “Acordes y desacordes” de Nexos un texto conmemorativo para el único punk que ha profanado al Universo entero… y no puedo, me doblego, mi columna se arquea y la voz se me quiebra, los dedos me flaquean más que nunca, pero me armo de valor, con la mano trémula trato de escribir algo que le haga justicia. Al final, lo único que saldrán de mí serán sólo grafías cursis en un medio importante, un poema feo y pedante como aquél que Sid le escribiría algún día a Nancy, el único himno abominable que le dedicaría a la chica que lo llevaría a la perdición: “Tu fuiste mi pequeña nena / Y yo conocí todos tus miedos / busco la alegría abrazándote con mis brazos / Y besando tus lagrimas / Pero ahora te has ido / Sólo hay dolor / Y nada que yo pueda hacer / Y yo no quiero vivir esta vida / Si no puedo vivirla por ti.  / Nuestro amor nunca morirá”. Fuck Nancy!

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Te creo cuando dices que no fuiste tú quien la acuchilló aquella noche en la habitación número cien del Hotel Chelsea de Nueva York, que fue el dealer aquél o incluso ella misma, ¡Sí, ella se dio a la Muerte allanándose esa lanceta en el ombligo! Y aunque las cosas no hayan sido así, seguiré rumiándote igual. Nuestra ternura no se extinguirá jamás, porque tenías veintiún años y las venas vacías, tenías la belleza y una puericia tardía. Es así que nada eliminará el asombro, la gratitud y la simpatía, nadie podrá asesinar nuestro afecto, porque la devoción es a veces más fuerte y tosca y animal, el amor es a veces lo que un hombre puede sentir por la música, por un bajo desafinado y una actitud chocante, lo que un hombre puede sentir por eso a lo algunos llaman punk y que nosotros llamamos Anarquía. Ningún recuerdo podrá borrar la imagen de aquella única persona que supo izar nuestra bandera con gran decoro. Nadie podrá desclavar el afiche de Sid Vicious fijado en mi trinchera, permanecerá para siempre ahí y en todos nosotros, los feos, desorbitados y pedantes muchachos del punk, tocados también por el espejo, la cerveza y lo que hay adentro.