En Prisoner (PaxAm, 2017), su álbum más reciente, Ryan Adams explora el dolor de no poder encontrar –una y otra vez– los colores correctos del amor verdadero.

El sufrimiento ha perseguido a Ryan Adams (1974, Carolina del Norte) desde la infancia: lo abandonó el padre, la mamá lo maltrataba. Su alma se aferra al dolor con desesperación, como el náufrago a un último remo. Y no lo suelta. Tampoco busca tierra. Flota en la desesperanza. Y su música muchas veces se ha perdido en la derrota. Canta desde la oscuridad absoluta, con lenta voz hermosa; en su llanto no hay nada más que muerte. Y sus canciones duelen, enternecen, hacen sentir pena…, pero al no haber salidas en su tristeza, es música cerrada hacia el infinito: incapaz de trascendencia. En Prisoner —su álbum 16— emprende la creación más osada de su carrera: trazarle puertas a su poética sufriente.

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Es música que tiene que ver con el terror a quedarse sordo –padece el incurable síndrome de Méniére: cada día escucha un poco menos; los estruendos y las luces le producen vértigo– y con descubrir las promesas de su matrimonio –estuvo casado con Mandy Moore de 2009 a 2016– irremediablemente rotas. Con vivir encerrado entre libros de Plinio el Viejo y réquiems (de Brahms, de Verdi, de Fauré, de Britten…) y con existir cada vez más ligado a los hostiles ciclos nocturnos de sus gatos (Vincent y Theo). Con dedicar las horas matinales a la burocracia del divorcio y quedarse dormido en el sillón entre cajas de pizza con las voces de los personajes de Star Wars que salen de la televisión. Con no soportar los fríos ocasos naranjas que preceden las noches invernales en Los Ángeles y con dejar durante el sueño la mitad de la cama libre a pesar de todos sus esfuerzos por dormir sin recuerdos.

Es música transida de angustia y desgracia que explora la naturaleza devastadora del deseo, pero –por vez primera en el arte de Ryan Adams (incluyendo sus pinturas y poemas)– acepta la destrucción –el sacrificio del dolor– como una luz mística que puede guiarlo hacia el descubrimiento de los colores correctos del amor verdadero.

“Do You Still Love Me?”, canción que abre y primer sencillo, es desafiante. Va al pasado en busca de venganza. Toma las atmósferas despreciadas –por teatrales, por emotivas– del pop ochentero (Paul Young, REO Speedwagon…) –que abrevan a su vez de artistas setenteros acusados de melosos: Big Star, Foreigner, Bonnie Rait– y construye una narrativa anclada en sonidos históricamente ridiculizados.

El sintetizador al comienzo vibra lejano y dramático, como una cortina en grises que lentamente se abre para descubrir el escenario. Un sonido estático y etéreo, que remite a fantasmas o al espacio. Guitarras eléctricas efectistas: acordes fragmentados y brillantes. “I been thinking about you, baby / been on my mind / Why can I feel your love? / Heart must be blind!” (“He pensado en ti, cariño / has estado en mi mente. / Si no puedo sentir tu amor, / ¡mi corazón debe estar ciego!”). Un canto salvaje, al borde del grito. Fraseo rápido y roto; expresión desesperada. Y los elementos presentados –el sintetizador y la guitarra, un bajo impetuoso sobre batería en ritmo de roquera balada– se acumulan lentamente, unos sobre otros, hasta estallar en un coro que pregunta dos veces: “Do you still love me, babe?, do you still love me, babe?” (“¿Aún me amas, amor? Amor, ¿aún me amas?”). Y es la duda, no el sonido, el elemento que confiere unidad musical al disco.
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En la canción homónima (“Prisoner”), por ejemplo, la duda se convierte en angustiosa certeza: “I know our love is wrong” (“sé que todo está mal en nuestro amor”). La sensación es la de estar prisionero en la relación; aún peor: en libertad condicional. Y ante la imagen de un pájaro posado sobre una barda (velada alusión a la mordaz “You’re a Big Girl Now” de Bob Dylan), el protagonista se atormenta con la idea de descubrirse incapaz de ser libre a pesar de tener alas.
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En “Doomsday”, en cambio, la duda se convierte en promesas: “Can you stand and face your fears, my love? / I will for you / I could stand in just one place, my love / And never move” (“Puedes, mi amor, ¿ponerte de pie y enfrentar tus miedos? / No te preocupes, yo lo hago por ti / Por ti podría, mi amor, quedarme sin moverme en el mismo lugar”). Pero las promesas terminan por tambalear y es necesario recurrir –lo que implica reclamo y chantaje– al tierno y absurdo juramento que alguna vez, mucho tiempo atrás, se hicieron ante el altar: “My love, you said you’d love me now ’til doomsday comes” (“Tú me juraste, amor, que me amarías hasta el día del Juicio Final”).

La duda, conforme las canciones avanzan, se materializa en abandono. “Haunted House” describe cómo el cálido hogar en el que alguna vez se amaron ahora es una casa de ventanas rotas y telarañas en las viejas celosías (construidas en 1924). Y la duda, en “To Be Without You”, termina por desvanecerse en la tristeza absoluta: “Nothing left to say or really even wonder / We are like a book and every page is so torn / Nothing really matters anymore” (“Ya nada queda por decir / ya nada queda por ser cuestionado / somos como un libro en donde cada página ha sido destrozada, / pero en realidad ya nada de eso importa”.

La presencia del sintetizador —al principio intensa y épica— se ha perdido durante estas exploraciones en torno a la duda, en las que destaca la presencia —íntima y sutil— de la guitarra acústica y a veces la armónica atraviesa el delicado espacio sonoro con su nostálgico estruendo de fuegos artificiales. Predominan las escalas menores. Aunque la voz siempre es el sonido más triste; la voz de Ryan Adams colorea las atmósferas con una expresión desesperada que, sin embargo, nunca resulta dramática: el canto se mantiene en registro medio y se mueve bajo una dinámica suave, como si rezara. Y ahí, en su plegaria, la desesperación florece en angustia, horror, vacío, y finalmente (“We Disappear”, la canción que cierra el álbum) ocurre la ruptura definitiva: Sin reclamos, entre resignación y amargura –al fondo la grabación de una risa femenina–, los amantes vuelven a encontrarse y, uno frente al otro, sin drama, permanecen mudos y distantes hasta que desaparecen.