Compton, una de las ciudades con mayor índice de criminalidad y pobreza de los Estados Unidos, ha llegado a ser conocida en la cultura popular estadounidense como la fundadora del hip hop contemporáneo, famosa también por sus pandillas, como “Los Bloods”, “Los Crips” y “Los Sureños”. Esta localidad volvió a ser popularizada por el rapero Kendrick Lamar con su disco Kid, m.A.A. City (2012), toda una oda a la violencia en Compton, un álbum altamente aclamado por la crítica musical. Después de este lanzamiento, su popularidad comenzó a ascender, así como su talento para las letras, tanto, que llegó a colaborar con artistas y raperos de la talla de Eminem, Snoop Dog, Dr. Dre, 50 Cent, Jay-Z y Lil Wayne. Grabaría grandes obras como Section 80 (2011) y To Pimp a Butterfly (2015), del cual se desprende el grandioso track “King Kunta”, una explícita referencia al esclavo rebelde arquetípico Kunta Kinte (Toby Waller). Era un material discográfico completamente rebuscado, retozado de alegorías poéticas y cultismos avasalladores que le abriría paso a DAMN (2017), en el que colabora, entre otros, con U2 y Rihanna.

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Catorce cortes colmados de arte y cultura afroamericana que se fusionan con la pretensión irlandesa de Bono en “XXX” y el espesor musical y sensual de Robyn Rihanna Fenty en “Loyalty”. Un disco esperado desde hace dos años por los escuchas del verdadero hip hop, el más hostil, pero también el más poético, honesto y elocuente, verdadero y fino, todo lo que se puede pedir en el mundo del beat furioso.

Con DAMN, el género vuelve a hacerse poesía, escritores como Derek Walcott (El testamento de Arkansas, 1987) han dicho que en la poesía conviven el rap y el hip hop, primigenia raíz de la palabra, aquella viva, llena de beats, metáfora, imagen, color, pero sobre todo, una palabra que toca al otro, que lo sacude del sopor milenario. Algunos han comparado a Kendrick Lamar con James Joyce, tal es el caso de Dan Abnormal, quien ha escrito que si debe hacerse una comparación entre Kendrick Lamar y una obra de la literatura clásica, sería Ulysess (1922) de James Joyce, ya que ambas narran las idas y vueltas de un joven en una ciudad que en cualquier momento se lo traga vivo. Las canciones transportan a la vida de Lamar, dicen por qué ya no fuma marihuana, por qué las pandillas mataron a sus amigos y que seguramente están detrás de él. Parece ser personal aunque no lo es, incluye a todos los que sufrieron ese estilo de vida, en la que estudiar no era una escapatoria de la realidad. Era vender drogas y estar en una pandilla o estar muerto. Todo gran rapero de la Costa Este u Oeste vendió drogas antes de o durante sus primeras rimas y ese dinero sirvió para grabar sus primeros mixtapes. Kendrick Lamar no es la excepción. Su flow hace que su voz suene y quede grabada en la cabeza.

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DAMN contiene un lenguaje sugerente, cargado de certeras metáforas y con una controlada carga realista, a la que no le falta la envoltura clásica del soneto en algunas zonas (sobre todo en “Blood”), refuerza la entidad de un álbum sólido, sorprendente, innovador, un disco que confirma que la poesía contemporánea se anida en el hip hop y muestra a Lamar como un rapero a tener muy en cuenta en el mundo de las letras, en el presente y, sobre todo, en el futuro. DAMN supone una inmersión, no siempre fácil y desde luego nunca tranquilizadora, en un mundo violento y poético que al tiempo que nos es familiar resulta altamente desconcertante y perturbador y nos obliga a afinar nuestras coordenadas vitales. En cualquier caso, la travesía de este rapero bucólico y callejero, cronista del nuevo Compton, no nos llevará por una calle serena o tradicional, sino por aguas revueltas y que lo mezclan todo. La fuerza de las imágenes nos conduce al lado más salvaje del urbanismo, ya que encontramos poemas de fuerte impronta contemporánea, de una salud verbal incuestionable, ya que las sugerencias imaginarias, las metáforas más atrevidas, rozan casi la racionalidad artística; sus catorce tracks marcan la solidez y la originalidad de un estilo y de un lenguaje tan nuevo y tan vital que merece ser valorado como algo insólito y sorprendente. Los riesgos eran muchos, pero los aciertos han confirmado que Kendrick Lamar posee un estilo propio, porque propias son las sensaciones, las imágenes y la violencia recreada.