El llamado (un grito profundo) sorprende por lo inesperado y por su potencia. A la par se escucha el ruido de las cadenas que producen los esclavos al caminar; ocasionalmente, una atmósfera densa, oscura, rasga el espacio para luego dar pie a un ritmo indefinido, aunque en realidad la mayor parte del corte lo conforma la voz, mitad dolorida, mitad rebelde, de un vocalista que si buscaba atrapar nuestra atención, lo consigue con creces.

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Así comienza “Devil Is Fine”, el corte que da título al álbum homónimo de Zeal & Ardor, proyecto de Manuel Gagneaux en el que spirituals, work songs, grabaciones de campo y destellos de hip hop se combinan con black metal, jazz e incluso el soul (en “Come Down”, cuya letra es un llamado a diferentes personajes de la demonología: “Baal / Agares / Vassago / Samigina / Barbas / Valefar / Aamon / Gusion”, por momentos su voz recuerda a la de Questlove de The Roots).

Si el corte abridor atrapa por su crudeza, cuando se llega a “In Ashes”, la fusión desconcierta porque abre con esa atmósfera sucia del black metal, pero sobre ella se tienden cantos de llamado-respuesta que nos trasladan a un ritual satánico de principios del siglo XX.

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Ese ambiente, turbio, perturbador, se reafirma en las tres partes que forman “Sacrilegium” (la segunda dominada por la melodía de una cajita musical, apenas distraída por uno que otro efecto) en el que las ráfagas de hip hop se mezclan con efectos cibernéticos y la suciedad de una alfombra que está a medio camino de una electrónica suave a la Daft Punk y unas guitarras sucias en la onda de Emperor, coronada por cantos gregorianos.

En Devil Is Fine, Gagneaux ha volcado grabaciones del blues del delta y las ha mezclado con la brutalidad del black metal. El resultado, dice, “es como caminar por los Estados Unidos esclavistas y ver una cadena de presidiarios (chain gang) en los bosques, practicando rituales satánicos. Imagina si los esclavos de Estados Unidos hubieran rechazado el cristianismo y abrazado el satanismo, si en lugar de ser forzados a aceptar la ‘voluntad de Dios’, hubieran elegido desafiar, rebelarse y aceptar a Satán, ese es el mundo en el cual está enraizado el álbum”.

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Tal vez el mejor corte, aquel que engloba el espíritu de lo buscado por Zeal & Ardor, sea “Blood in the River”. Al canto-respuesta de la parte vocal, se añaden el black metal, las grabaciones de campo, la evocación por la geografía de los pantanos sureños y la letra: “Un buen dios es uno muerto / un buen dios es el que trae la estrella  […] El lecho del río se volverá rojo con la sangre de los santos / y la sangre de los bendecidos / aquellos que traen el fuego”. Acerca de las grabaciones de campo, la mayoría tomadas del acervo de Alan Lomax, dice Gagneaux: “Aunque con frecuencia no hay instrumentación en las grabaciones de Lomax, siempre hay un fuerte ritmo implicado en esos cantos, una síncopa que jala las cuerdas de tu corazón y te hace menear la cabeza”.

En esta mescolanza bien articulada por el músico de origen suizo-norteamericano también encontramos un poco de jazz (“What Is a Killer Like You Gonna Do Here?”) y ciertas inflexiones clásicas y electrónicas–ambientales en “Sacrilegium III”, corte que cierra esta obra que no llega a la media hora de duración, pero que despierta y remueve fantasmas. No es la primera vez que el metal, en cualquiera de sus tendencias, acude al contraste suave-duro para conseguir sus propósitos. Pero tal vez  sí sea la primera ocasión en la cual se intenta unir el reino de la luz con el de las sombras, alabar al de abajo sin perder al de arriba. Tal vez esto (la connivencia-convivencia entre el bien y el mal) se ha hecho por tiempos inmemoriales; pero con todo y eso, o precisamente por ello, Zeal & Ardor consigue sorprender.