La noche del sábado 1 de abril, si las expectativas de los organizadores se cumplieron, 35 mil personas guardaban como recuerdos del festival Ceremonia 2017 un boleto y un gafete en donde aparecían impresos el mapa del Foro Pegaso y una lista de 27 presentaciones canceladas.

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A las nueve de la noche todo seguía siendo confuso. En redes sociales el trending topic #Ceremonia17 daba cuenta de las maldiciones que caían encima de los organizadores, memes hilarantes sobre el festival que no había sido, preguntas sobre el reembolso del dinero, chistes acerca de “las ilusiones rotas de los hipsters”, mensajes de asombro de comerciantes de comida que no sabían cómo podrían recuperar la inversión que habían hecho. Varios recordaban el “diluvio del Corona”, pero nunca se habían enfrentado a la destrucción provocada por “ráfagas de viento de 80 kilómetros por hora”. Otros lamentaban haber traicionado a la Ciudad de México con Toluca. Algunos anunciaban que sus ahorros habían disminuido considerablemente por gastarlos en un boleto de avión “para nada”. Consideraciones para revendedores, dealers y todos aquellos que habían consumido drogas.

A la una de la tarde, frente a la puerta principal del recinto, nadie sospechaba lo que había sucedido en el escenario principal: una parte de su estructura se derrumbó. Sí, aquel que pisarían las cantantes Björk y M.I.A. Media hora después, un joven de “control” con altavoz anunció frente a las filas cada vez más largas: “En breve abriremos las puertas. Hay un pequeño retraso”. Pasaron veinte minutos y un grupo reducido pudo entrar. Atrás quedaron varios cientos expuestos a las polvaredas y a los más de 20 grados centígrados.

Los anuncios de los organizadores llegaban en cuanto los chiflidos se volvían cada vez más insistentes y agresivos. “Por cuestiones climatológicas aún no podemos dar acceso”. Las previsiones apuntaban a una hora más de espera. Es decir, a las tres de la tarde empezaría el festival. El sudor aún no menguaba el ánimo. Después, los jóvenes con título de “consierge” empezaron a repartir botellas con agua y con té helado. Una escena de minisaqueo puso a varios en alerta.

Sucedió lo inevitable. La primera fotografía sobre los destrozos en el escenario fue subida a redes sociales. Mientras tanto, la reja que impedía la entrada a miles de jóvenes fue abierta a empujones. Los guardias lograron controlar la estampida a fuerza de varios intentos. 

Labios resecos y mejillas rojizas. Sudor en la espalda. El concreto ardía.

Otra solución salió al paso. Iniciar con dos horas de atraso y respetar los horarios de las presentaciones. Los inconformes aumentaron. “Ya dígannos qué está pasando”. “Llevamos dos horas parados. Qué ineptos”.

15:53 p.m. El aviso fue breve. “Su atención, por favor. El evento se pospone por cuestiones de seguridad". Gritos y rechiflidos resonaron de inmediato. Los que no habían entendido o no creían lo que acababan de escuchar volteaban la cabeza o preguntaban a la persona más cercana: ¿Qué dijo?

Mentadas de madre y lamentos.

“No puede ser, yo sólo vine por Björk”. “¿Cómo es que no calcularon que el viento podría afectar el escenario?”. “Que me devuelvan mi puto dinero”. “Olvídate del pinche Ceremonia el próximo año”. “¿Quién saca la peda?, digo, ya vinimos. No mamen”. “Esto es lo que me llevo del Ceremonia: una botella con agua”. “¿No pudieron invertir más en el montaje del escenario?”.

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Para los organizadores, el lenguaje era esencial en ese momento crítico. “El evento está cancelado. Favor de salir del foro”. Y una joven consierge corrige: “pospuesto, di pospuesto”.

Los que ni siquiera habían podido entrar y se habían resguardado entre arboles y puestos de micheladas, tacos y tortas no podían creer las palabras de los que salían cabizbajos y arrastrando los pies. No era cansancio. Era desilusión pura. Habían ido a Toluca para ver a las bandas que escuchan en el transporte público, en el auto, en su casa, en las fiestas. Habían pensado que tal vez esa era la única oportunidad que tendrían en su vida para ver a Björk, la celebridad islandesa que casi no anda por estos rumbos. Esa tarde nadie toleraba el silencio y las palabras sabían a polvo.

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Primero la desilusión del comunicado de las cuatro de la tarde, en el que se explicaba: “les informamos que debido a causas de fuerza mayor, esta edición del festival Ceremonia tendrá que cancelarse […] Para Ceremonia y toda la organización que está detrás de este festival, la seguridad de los asistentes es lo más importante. Las condiciones meteorológicas en la zona han sido extremadamente inestables presentando fuertes corrientes de aire y ráfagas de viento que comprometen la seguridad dentro del festival […] Por lo anterior y siendo conscientes del riesgo que esto supone, tristemente se ha tomado esta decisión”. Luego la euforia de un breve anuncio publicado a las 10:10 p.m: #CEREMONIAENDOMINGO.

Esto ya era mucho para un día. Otra vez las redes sociales como vía de desahogo. “No iré. Quiero mi reembolso”. “Qué falta de seriedad”. “¿Y los que tenemos programado nuestro vuelo para mañana?”. “¿Y el transporte?”. ¿Cómo vas a actuar @Profeco?”. “¿Y el line-up?”. “Son las doce de la noche, ¿cuándo publicarán los horarios?”.

Björk estaba confirmada y M.I.A. había dicho que no. También quedaban: Mylko, La Banda Bastón, James Blake, Nicolas Jaar, Underworld, Tyrel, The Black Madonna, entre otros.

El viento sopló, sopló y sopló. El Ceremonia no se rindió.

El domingo, antes de las nueve de la mañana, ya estaban publicados los horarios de transporte para quienes habían comprado su boleto con cierta compañía. La primera cita era a las once, la segunda a la una y la última a las tres, en el Auditorio Nacional. No hubo cargo extra.

La reja blanca que separa el Foro Pegaso de la calle se abrió a la una y media de la tarde. Las fotografías de esa hora muestran a muy pocos asistentes, pero entre las cuatro y las cinco, los elementos de seguridad tenían que revisar a más y más personas.

El desánimo del día anterior sólo era un mal recuerdo. Estaban ahí para bailar, sonreír, tomarse selfis, buscar el mejor lugar frente al escenario, grabar y cantar.

Sotomayor llamó pronto la atención de quienes iban entrando; después La Banda Bastón atrajo a otros cuando escucharon una voz familiar, la de Denise Gutiérrez, vocalista de Hello Seahorse!; Nicolas Jaar fue un remedio contra el frío, aunque muchos no se quedaron para agradecerle hasta el final, pues era hora de ir a colarse entre las más de 20 mil personas que acudieron al festival, según cifras de los organizadores, para ver a Björk.

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Siete minutos después de las nueve de la noche, Björk tomó el escenario principal; Arca, su cómplice creativo, también estaba ahí, al lado de una discreta orquesta de músicos mexicanos. 

Los seguidores de Björk se emocionaban al reconocer los acordes de las canciones, aplaudían cada “gracias” con la erre remarcada, que ella decía al terminar su interpretación y cantaban como si en ese momento no importara nada más en la vida. Hora y media de sintetizadores, violines, violonchelos, videos y la voz suave y potente que dejaba a los jóvenes inmóviles.

La pequeña hechicera musical vestida de blanco se valió de fuegos artificiales y de llamas en el escenario para anunciar que el fin se acercaba. Esta despedida fue muy sentida, era melancólica. Pero eso no evitaba que se sintiera como una forma de la felicidad.

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Hubo varios arriesgados, inmunes al desajuste del horario de verano, que todavía se quedaron a ver la gloria conocida como Underworld. Otros avanzaron hacia la salida. Era domingo, aún quedaba tiempo para vivir de letras y acordes.