Dicen que el rock está muerto porque hay mucha nostalgia en el aire, porque no sólo en México sino en el mundo entero las bandas líderes, las más conocidas, se reciclan a sí mismas sin tapujos.

Esa atención innecesaria sobre lo ya conocido minimiza el trabajo de quienes se encuentran lejos de declararse muertos. En el caso concreto del rock mexicano, habría muchos nombres por mencionar, por eso la aparición de Todo nos trajo hasta aquí, la más reciente placa de San Pascualito Rey (SPR) —formado en el 2000 y ya cercano a las dos décadas—, es una declaración de que la banda, sin importar contratiempos, cambios en la alineación y otros avatares, se mantiene como una propuesta vigente, con un sonido contemporáneo y sin necesidad de anclarse a la nostalgia.

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El cuarteto (Pascual Reyes, Luca Ortega, Alex Otaola, Juan Morales) ha ganado fuerza, madurez dirán algunos; es un componente ya expuesto en Valiente, su trabajo anterior, pero aquí se maneja con  mayor pertinencia y equilibrio, no perla todo el álbum, su aparición se da en momentos: más allá de admirarnos su inclusión, es la forma en la cual logra contenerse lo que llama la atención. Se le encuentra abiertamente en “Lo que quieres ver”, el corte inaugural y diseminada en canciones como “Aquí estaré” o “Hasta dónde”.

Uno de los principales atractivos de este disco está en la forma tan sublime, especial y reverencial en la que la música mexicana se hace presente. “Enemigo mío”, por ejemplo, se perfila como la peculiar visión de SPR del son, pero su final es violento, muy rockero, nada que ver con esa primera parte cadenciosa y tersa. No es una mescolanza, sino una canción que se despliega, muestra su lado amable y se abre para exhibir que, detrás del velo, está un embrión que al entrar en contacto con el aire deviene conflagración.   En “Bailón”, SPR se devora a Los Lobos y los regurgita en una cumbia que tampoco se caracteriza por su ortodoxia.

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El lado más tranquilo, amable, reposado, aparece en “Arde el pecho” (hasta que los metales le inyectan un soplo extra de vida) y “Todo me trajo hasta hoy”; una ligera pátina de pop se desliza en “Nunca te voy a olvidar”, mientras en “En estampida” apercibimos una pizca de folk. Pero si de canciones a medio tiempo y fruto de la madurez hablamos, una muestra del manejo de pausas, espacios, tiempos y de la incorporación de esos detalles de música mexicana que jamás son obvios lo tenemos en “En la oscuridad” (Abre tus brazos / respira el mar / cuando estés lista / podremos zarpar”), composición en su mayor parte lenta, adornada sutilmente por una marimba y un sintetizador en tercer plano que dejan sentir su presencia en medio de esos coros que son como susurros y luego explota cuando la guitarra, incapaz de contenerse, revienta con volcánico solo.

“Canción que quema”, el último tema, es el retrato de esa simbiosis de energía y suavidad que alimentan Todo nos trajo hasta hoy. Es una melodía que tiene algo de funerario (“Llorar es lo que nos queda / reír es lo que nos llena. / Ardor al ver la luna hueca / arrastrar todas las penas, / es la canción la que quema”), los ecos de la música mexicana se esparcen sutilmente en la base vía unos coros etéreos, como si emanaran de una iglesia para después derivar a un blues en el que la guitarra hace un intenso remate final que eriza la piel. Luego, alcanzado el clímax, entramos al descenso y  se apaga el sonido, muere la letra, muere el disco, pero queda el aliento de vida de una obra tejida con pasión, cuidado y contagioso amor. SPR toma la batuta y nos dice que no es necesario vivir del pasado para mantener vivo al rock mexicano.

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