Para Karla, mi hermana querida

Tuvieron que pasar cerca de veinte años para volver a ver a La Maldita, mi grupo favorito en ese duro trance que es la adolescencia. No recuerdo dónde los vi por primera vez. Intenté hacerlo en el legendario concierto con Mano Negra y Café Tacuba en el Ángela Peralta en 1991, pero cuando llegué con mis amigos, el portazo estaba consumado y las fuerzas policiales se habían adueñado del lugar. Así que nos fuimos. Tal vez fue al año siguiente, en el Toreo, cuando las mismas bandas tocaron además con La Lupita. Según leo ahora en una reseña de aquellos tiempos, debido a la misteriosa ausencia de uno de sus integrantes cuando era su turno, La Maldita tocó al final, después de Mano Negra. Pero no recuerdo haberlos visto allí. Quizá nos fuimos antes para alcanzar metro. Lo que sería raro, porque no creo que nos hubiéramos marchado sabiendo que faltaba precisamente ese grupo. En fin…, malditas drogas…

Lo que sí recuerdo de ese día, 1 de mayo de 1992, es que tras haber llegado juntos al concierto con nuestros respectivos amigos, mi hermana y yo tomamos caminos distintos. Yo terminé en gayola, muy lejos del slam y del escenario, aunque cerca de algunos integrantes de Fobia que andaban por ahí –lo cual me dio mucha emoción–, y ella acabó arriba del mismo bailando, abrazando y besando a Manu Chao, tras lo cual tomó vuelo, corrió hacia el filo de las tablas y se arrojó al público, como si de una alberca se tratara. “¡No mames! ¿Ya viste quién está en el escenario?”, dijo el Gordo con emoción al verla. Aún sigo sin saber cómo llegó ahí. La pista estaba abarrotada. Ella medía 1.60 metros y era de complexión delgada. Debía de pesar menos de 50 kilogramos. Pero tenía muchos huevos y determinación. En ese momento llevaba el pelo a rape en los costados y la nuca, con flecos medianos y castaños que resbalaban como pequeñas cascadas desde la altura de su cabeza. Sus ojos grandes y cariñosos iluminaban su cara de niña. Yo contaba con apenas trece años.

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Quedamos de vernos a las 16:30 en el McCarthy’s, un pub irlandés ubicado en la colonia Roma. El Chompe eligió el lugar. Quería presentarnos a su hijo de veinte años, del que nadie sabía nada hasta hace tres. Fui el primero en llegar y de inmediato lo distinguí detrás de la barra, haciendo malabares con una botella frente a tres guapas comensales que lo miraban con curiosidad. Bien parecido el sobrino, de buen porte y musculatura. Llegó luego su padre, quien ahora, a sus más de cuarenta años, respira un segundo aire y se ha llenado los brazos de tatuajes y la cara de piercings y pelo, luciendo una gran barba, al más puro estilo hipster. Lleva lentes oscuros, camisa de cuadros y pantalones entubados. No ha perdido la chispa ni el estilo de siempre. Trabaja en una productora de obras de teatro infantiles como asistente. Es padre de otros dos varones en plena adolescencia y, como muchos seres humanos de nuestra edad, tiene serios cuestionamientos acerca de su futuro. Por último llega el Gordo, un poco más gordo y un poco más calvo, pero con la misma pose de galán que cultivó desde pequeño. Con esos ojos claros y cerrados, como de gato, atentos siempre a cazar alguna víctima. No es un gordo bofo. Es duro, tipo Super Porky. Bueno, un poco menos gordo. A diario se ejercita levantando y aventando pesados troncos en las inmediaciones de Lago de Guadalupe. Es chef autodidacta –oficio que aprendió cuando las circunstancias de la vida lo llevaron a cocinar no precisamente alimentos– y actualmente es el encargado de las compras en una cadena de restaurantes muy finolis, donde además se encarga de hacer –y comerse, seguramente– los pasteles. Chompe y el Gordo son hermanos de sangre.

Los tres somos hermanos del alma. Nos conocemos desde los cinco años, cuando salíamos a jugar a las canchas de la manzana siete de la unidad CTM el Risco, ubicada al norte de la ciudad, pasando los Indios Verdes, justo en la frontera con la hermana república de Ecatepunk. La misma manzana en la que vivía el Lobito, el percusionista original de La Maldita. Uno de nuestros mayores ídolos. Pasar frente a su oscura casa en el andador 34 de Luis Yurén era una experiencia mística. Ni qué decir de cuando nos lo llegábamos a topar en la calle. Alto, espigado, con su gran mata y su mirada noble y un tanto asustada. Respondía a nuestros saludos con la mano y con una sonrisa incómoda.

Tras varias rondas de chela y una de hamburguesas, nos fuimos al concierto. Tomamos Cuauhtémoc a la altura de Centro Médico y de ahí hasta Xola, donde doblamos a la izquierda para seguir derecho hasta entroncar con Tlalpan hacia el sur, hasta llegar a la Carpa Astros, a un costado del metro Villa de Cortés. Bebiendo, fumando, cantando las rolas de El circo a grito pelado, con la piel y el cerebro erizados. Tras darnos nuestro respectivo gallardo y hacer una larga aunque fluida fila, ingresamos al recinto. Al poco rato comenzó el show. Flaco como siempre, con pantalones negros bombachos prendidos de tirantes, sus clásicos zapatos de pachuco y un sombrero del cual pendía una larga pluma, salió Roco a saludar a la banda, para segundos después hacernos mover el bote con “Bailando”, al ritmo impuesto por los pulmones del Sax y la guitarrita del Pato, con las percusiones y la batería de fondo. Unos minutos después se escuchaba ya la clave de “Morenaza”, seguida del bajo, la guitarra y los primeros piropos de la canción para luego continuar con el «Escucha… Escucha…» y los sucios trompetazos, tan sucios y jocosos como los pensamientos que poblaban nuestra mente cuando rolábamos por las calles de la unidad en busca de algún encuentro amoroso detonado por el clásico “Hola, ¿por qué tan sola?”.

De ese primer disco homónimo –junto con El circo, los dos que más escuché de La Maldita antes de perderles la pista–, tocaron además “Mujer” y “Rafael”, canciones sobre el desamor, la soledad y la homosexualidad, y cerraron la primera parte del concierto con “Mojado”, un homenaje a los millones de migrantes que, treinta años después de publicada la canción, siguen huyendo de un país inviable a otro en donde su existencia se ve igualmente amenazada. Con ese saxofón resaltando entre los latidos del bajo y de las congas que parece emitir un profundo duelo por todos aquellos que se han quedado en el intento, esas almas olvidadas de cuyas muertes nunca habrá explicación ni sana sepultura. “Mojado muerto / Al intentar huir / […] Lloro por ti”, entonamos todos con tristeza al evocar también a los cerca de treinta mil desaparecidos en México en los últimos años.

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Para ese momento la noche era ya perfecta. Con el público muy prendido, tras haber escuchado clásicos como “Lo pasado, pasado”, “Los agachados”, “Don palabras” o “El cocodrilo”, homenajes a la cultura popular mexicana, de Tin Tan y el carnal Marcelo a José José, pasando por Pérez Prado y Tongolele. Trepados todos en una ranfla negriverde, con picos blancos en forma de dientes, en la que recorren las calles y la memoria de la ciudad, guiados por el poeta pobre –el rey de los suelos–, quien mientras conduce hacia el puesto de pancita en donde habrán de curarse la cruda, hace visibles los barrios abandonados de la urbe al nombrarlos, al contar sus miles de historias a los pasajeros. De fondo suena un mambo a todo volumen. Nos invitan a su fiesta. Felices, bailando al ritmo de la música, cantamos todos al unísono: “El Icuiricui / el Sacalacachimba / el Icuiricui/ el Sacalacachimba”.

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Como casi toda la música que escuchaba en mi adolescencia temprana, El circo llegó a mis manos gracias mi tío Kiko, a quien por entonces le envidiaba su mata a la altura de los hombros, sus aretes en los oídos, su larga gabardina de lona negra y, por supuesto, a su suculenta novia, con la que derrochaba sensualidad en la pista al ritmo de “Kumbala”. Él me prestaba sus discos de U2, The Cure, Depeche Mode, El Tri, Caifanes, Fobia o La Maldita y yo me los quedaba por largas temporadas. A veces de manera definitiva. Los hacía sonar a todo en mi Stromberg Carlson, mientras me daba un baño y me acicalaba para salir a alguna fiesta o, simplemente, para ver pasar a la gente desde una esquina, entre las risas y voces de los amigos.

Entonces no habría imaginado lo que pasaría el 18 de febrero de 2017. El torrente de recuerdos y sentimientos que se apoderaría de mi cabeza al escuchar nuevamente ese álbum completo. Esta vez en vivo y a todo color, rodeado por mis eternos camaradas. Sonaron los violines y las guitarras, seguidos del aullido de Tin Tan: “Aaah, aahaahaah ahaahaahaay / golfas, ya llegó su pachucote”. Tututututututututututututututu. Parapaparaaaaaa parapaparaaaaa. Parapaparaaaaaa parapaparaaaaa. Woooooooow. De inmediato la carpa entera se cimbró. Todos comenzamos a gritar y a mover el cuerpo mientras Roco, con la misma pila de veinte años atrás, movía las rodillas y las manos con velocidad al entonar la canción inicial del disco, esa que habla sobre la rebeldía juvenil, sobre la brecha generacional, sobre el derecho a la diversión y a cagarla, con la que crecimos muchos de los que estábamos ahí. En un segundo ya se había armado el slam que nos absorbió al instante. Cuerpos golpeándose mutuamente como si fuesen partículas subatómicas que se mueven sin rumbo determinado para generar una energía creadora de mundos nuevos, llenos de gozo y desenfreno. Violencia ritual, explosiva pero a la vez contenida, cuidadosa, mediante la cual se liberan por un momento los instintos reprimidos. Hombres y mujeres que brincan de un lado a otro, extasiados, poseídos por la música, arrastrados por los sonidos hacia una especie de orgasmo colectivo.

Después vino “Un poco de sangre”, esa sangre que salpica a nuestra ciudad, a nuestro país. Sangre de niños y jóvenes que se esparce sobre autos nuevos, lujosos y relucientes. Sangre de periodistas asesinados, de estudiantes y activistas políticos, de víctimas del crimen organizado, de todos aquellos cuyos restos descansan en las fosas clandestinas dispersas por nuestro territorio. Sangre que corre por la conciencia de los políticos corruptos, abusivos e irresponsables y de una sociedad para la cual la pobreza y la desigualdad palpables –y la violencia que se desprende de ellas– se han vuelto algo normal y merecido. Luego llegó “Toño”, quien, como muchos juglares contemporáneos, inunda las calles de la ciudad con su trompeta para ganarse la vida alegrando a la gente. Y después “Solín”, el gran faquir, machetero y vendedor de amor antes de que la justicia le cayera. Con esa atmósfera oriental y calma que, detonada por la batería y el saxofón, deviene una tremenda explosión que incita fuertemente al slam. Así que allá fuimos nuevamente, esta vez en grupo, abrazados los tres. Con la cabeza abajo y los brazos de uno sobre el cuello del otro, nos abalanzamos hacia la masa como una sólida e inquebrantable roca, gritando y cantando, brincando juntos de un lado a otro al compás de la música, tan juntos como enfrentamos la vida en un barrio inhóspito, caliente y violento como aquél en el que nos tocó vivir. Contentos y agradecidos de no haber sido engullidos por las plagas que habitan ese gran circo que es nuestra ciudad, a pesar de haber estado entre ellas.

Llegó el turno de “Kumbala” y la noche se puso cachonda. Una hermosa chica de cabellos rizados, con un vestido rojo que permitía advertir los pliegues de su escultural cuerpo, comenzó a hacer acrobacias en un aro que colgaba del techo dejando anonadado a todo el público masculino. Algunas parejas se besaron infinitamente al escuchar el sonido del saxofón, mientras que otras se abrazaban con ternura, moviéndose lentamente al ritmo impuesto por la luna. Las voces de vendedores ambulantes que dan inicio a “Un gran circo” rompieron el encanto. Nos regresaron a la realidad: “Difícil es caminar / en un extraño lugar / en donde el hambre se ve / como un gran circo en acción / En las calles no hay telón / así que puedes mirar / como rico espectador / te invito a nuestra ciudad”. Un circo con tragafuegos, payasitos, limpiaparabrisas, acróbatas, limosneros y vendedores que pueblan el paisaje citadino desde hace al menos tres décadas. Residuos de la fallida promesa neoliberal, cuyos beneficiarios observan el espectáculo de la desigualdad desde el palco de honor. A diferencia de los pobres, quienes por alguna extraña razón conservan la alegría y el color, los poderosos –nos dice la canción de manera repetitiva, como en una espiral de locura– no podrán reír nunca más. No por la culpa, sino por su obsesión con el dinero y el poder.

Si antes nos habían protegido de la realidad con odas a la música o el amor, ahora dedican una a la amistad y sus transformaciones: «un amigo se casó / a otro panza le salió / nueva flota apareció / y en la esquina ya nada es igual / era mejor viajar», nos dicen en “Pata de perro”, canción que irremediablemente me remite a aquellos tiempos de errancia juvenil, cuando todo era algo nuevo y por descubrir. Luego nos llevan de fiesta con “Crudelia” y nos invitan a beber y celebrar, exactamente lo que todos hacemos esa noche: festejar veinticinco años de uno de los discos más significativos del rock nacional. Celebración que continúa con el ritmo y la letra amables de “Mare”, con todo y la bomba de la calavera, y el homenaje en vida a Juan Gabriel que es “Querida” en versión ska, al final de la cual suben al escenario todos los personajes circenses que fueron apareciendo a lo largo del concierto, como si de pronto la Carpa Astros hubiese recordado su razón de ser. Pueden irse en paz, nuestra fiesta ha terminado.  

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Al finalizar nos encontramos al Dr. Lao, otro grandísimo amigo, aunque de procedencia y temporalidad distintas. Completamente felices, nos quedamos un par de horas más en el recinto intercambiando impresiones, bebiendo, fumando y bailando con la música del DJ en turno.

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Con ese concierto, La Maldita demostró que sigue siendo la gran banda de hace veinte años. Que sus canciones ponen a bailar a cualquiera. Que tiene una energía y una capacidad de transmitirla muy potentes y que sus canciones marcaron, como a mí y mis amigos, a toda una generación que encontró en ellas un espíritu festivo y alegre, pero también crítico y rebelde, capaz de reflejar el entorno social de muchos jóvenes citadinos. Como ellos, como nosotros. Entorno que no ha hecho sino recrudecerse desde entonces y ante el cual no nos queda sino seguir bailando y cantando. Usar el cuerpo, la voz, la mente, como armas para enfrentar la realidad.

Pero la música va más allá de la razón. Agita la memoria, despierta toda clase de recuerdos, moviliza los sentidos, hace aflorar los sentimientos. Recupera cosas perdidas u olvidadas. Es capaz incluso de revivir a los muertos. Así de potente es.  Aquella noche, mientras descansaba tras la agitación del slam, estuve observando atentamente a una chica, chaparrita y menuda como mi hermana, aunque rubia, a diferencia de ella. Mientras la veía arrojarse sin temor y llena de gozo a ese hervidero de cuerpos en fricción, sentí que mi querida hermana me hacía un guiño. Que por medio de aquella pequeña y alegre mujer me alentaba a seguir disfrutando de la vida con intensidad y sin miedo. Con determinación, con garra. Como lo hizo ella aquella noche en el Toreo. Como lo hizo a lo largo de su vida, hasta el último aliento.