La sociedad del espectáculo ha tratado de expandir el lugar común de que el rock y el pop son la misma cosa. Nada más lejano de ello. Pueden compartir escenarios, pero los significados siempre serán distintos. El pop toda su vida ha sido retrospectivo y marcado con un sentido lucrativo que acota sus límites territoriales. En estos momentos, sus actividades principales son el reciclamiento y el ensamblaje para con ellos armar algo no mejor, sino redituable y benéfico para el marketing.

Por ejemplo: toma un poco de Tina Turner, otro tanto de Grace Jones, recalienta aquel sonidito de los noventa, aumenta a discreción la espuma sexy, enciende el mechero con la chispa de una canción llena de slogans sentimentales y listo: tienes a Beyoncé… y así por el estilo (Rihanna, Janet Jackson, Mariah Carey, et al).

Así, el pop (con la etiqueta de r&b, dance, urban music o lo que se presente) construye el gusto musical (con ganchos, estribillos, capas de hooks y repeticiones insaciables) con la esperanza de intoxicar al escucha (que requiere de muy poca atención) y para prevenir en caso de que las cosas no salgan como se espera, pues a agitar el trasero y convertirlo en el punto de fuga: “A mover las nalgas, señoritas, que la casa pierde”.

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Ahí el pop puede ser realmente ingenioso y perverso; puede hasta enarbolar la bandera del feminismo más chic o trendy, subrayándolo con letras iluminadas para la escenografía. Las vedettes de la música pop venden autoafirmación para mujeres en un paquete junto al perfume, la lencería, la ropa deportiva o los gestos eróticos e invitantes del videoclip. La industria musical y las empresas han descubierto que el feminismo puede ser un producto tan comercial como cualquier otro.

Dentro de ese tenor, se sabe que las ideas artísticas únicamente son respetables cuando son independientes, es decir, cuando no se dejan usar como herramienta de pasarela o mercantil. En el medio sólo sobreviven como saber autónomo, ahí donde se resisten a esas realizaciones interesadas. Ese es uno de los puntos que marca las diferencias del pop con respecto al rock.

The Savages es un grupo de rock con integrantes femeninas. La cantante, Jenny Beth, es francesa (su verdadero nombre es Camille Berthoimer), mientras que la guitarrista Gemma Thompson, la bajista Ayse Hassan y la baterista Fay Milton son británicas. La banda se fundó en Londres al comienzo de esta década, con bases muy bien construidas.

La sonoridad que representan está inscrita dentro de un sólido rock que ellas componen y al que alimentan varios vasos comunicantes: desde el estilo alternativo, pasando por el post-punk y el noise hasta el indie, y sus influencias son también plurales. En lo musical, se reconoce a Patti Smith, Siouxsie Sioux y P.J. Harvey igual que a PIL y Joy Division.

En lo cultural, están presentes en sus tracks las referencias cinematográficas (Ex Machina, por mencionar alguna), literarias (su nombre fue extraído de El Señor de las Moscas de William Golding), plásticas (actúan regularmente con grupos de performance: Bo Ningen de Japón, entre otros) y de danza (con coreografías de Dead Forest Index como muestra). Es decir, es una agrupación refinada a la que tanto su bagaje como su intención conducen a un nivel superior al de la mera diversión. Es una banda femenina inclusiva en la que influencias y colaboraciones masculinas son recurrentes y bienvenidas.

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Asimismo, mantienen para sí la directriz y actitud tanto de Patti Smith como de Chrissie Hynde. Un legado que fue (y es aún) el sello distintivo de aquellas autoras en su afán por integrar completamente el arte a la vida. Patti Smith, con el puño en alto, no ha dejado de gritar desde los años setenta “You are free, You are the revolution”, mientras Chrissie Hynde (líder de los Pretenders) lo ha hecho también con el puño alzado dirigiéndose a las nueva rockeras: “No crean que enseñar las tetas y tratar de parecer un objeto sexual les ayudará en este oficio. Recuerden que están en un grupo de rock. En él la actitud no debe ser la de ‘Fuck me!’ sino la de ‘Fuck off!’”.

Son palabras difíciles de rebatir. El rock es música reivindicativa y de sentimientos. Las mujeres tienen mucho que reivindicar y motivos para estar disgustadas. The Savages han hecho suyo aquel legado de sus predecesoras, no sólo en la actitud sino también en la coherencia de sus discursos, tanto de forma como de fondo: el equilibrio entre los modos clásicos del rock y su modernización; entre su prédica y la puesta en escena que acaban conformando una obra unitaria y enriquecedora.

La obra justa para tiempos agitados. Sobre la gente que se desenvuelve en el universo de lo cotidiano y con fondo épico: el amor, sobre todas las cosas, tal como sugería el cineasta John Cassavetes en películas como Shadows, Faces y Husbands, entre otras, en las que sus protagonistas tenían que lidiar con las diferencias entre ellos y sus amigos y amantes; con sus alegrías y miserias, sus problemas y su forma de enfrentarlos.

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Dicha postura fílmica influyó en las Savages para realizar su primer álbum, Silence Yourself (2013), donde canalizan el acontecer de las relaciones, concluyendo que el amor sigue en la vida pese a todo. Como respuesta, sin tópicos, por problemático y viciado que resulte. Así lo proponen en su segundo álbum,  Adore Life (2016). Una veneración a la vida aunque ésta a menudo duela y con el puño al viento de la portada como símbolo de unidad, de fuerza y desafío. Un idioma –el suyo– que invita a perseguir la emoción y la reflexión desde el punto de vista femenino.

Eso las hace herederas contemporáneas del rock puro, en esencia; son de las mujeres que –como ha señalado George Steiner, el destacado escritor, maestro y filósofo– “de forma muy especial contribuyen en estos tiempos a recuperar los sueños y las utopías”.

 

 

Un comentario en “Sonidos de Babel
Savages

  1. Muy buen artículo sobre una excelente banda, poderosa como tiene que ser el Rock si señor; Larga vida al Rock.