Suenan las primeras notas de “The Ectasy of Gold”, el tema de Ennio Morricone que la banda ha usado como entrada desde hace años y aunque las luces se han apagado, sabes que te quedan un par de minutos antes de que el maelstrom se desate. Con Metallica siempre es así, las sorpresas son pocas y aquellas que se dan, son gigantescas, pantagruélicas.

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Fotografías: Chino Lemus (Cortesía Ocesa)

Estas noches de marzo no son la excepción —hace 24 años tocaron por primera vez en México—, incluso su invitado es de lujo, personifica una de las partes más sucias y salvajes del rock and roll, esa mugre que aún lo salva y lo hará en el futuro. Iggy Pop pudo haber incendiado el lugar, pero fue respetuoso con Hamett, Ulrich, Trujillo y Hetfield. Su set fue devastador, pero no todos lo percibieron así; hubo quienes ni siquiera supieron de quién se trataba.

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(¿Por qué si se le anunció como “invitado” se le trató como un telonero cualquiera? Si el público mexicano supuestamente ha aprendido algo, ¿por qué reacciona con indiferencia ante las leyendas? Allá arriba, James Osterberg, el hombre que se codeó, entre otros, con John Cale, Nico, Lou Reed, David Bowie y de quien mamaron muchos, deja claro que se puede ser rebelde a pesar de los años. Acompañado de su cuarteto, su set se caracterizó por una ruda actitud, aunque al 90 por ciento de los presentes lo pasó por alto.)

La enorme pantalla se ilumina y aparecen las imágenes usadas por el cuarteto en la portada de Hardwired… To Self-Destruct, su más reciente álbum y pretexto para la gira. Disparan un par de cortes con la misma velocidad que un pistolero profesional te hundiría una bala entre ceja y ceja a la menor provocación. “Hardwired” y “Atlas Rise!”, en ese orden, revientan el lugar. Las torres de altavoces hacen sangrar los oídos. Al festín no ha sido invitado Belcebú, pero se siente rondar por los alrededores y podría aparecer en cualquier momento. Metallica atrapa de inmediato con este par de temas rápidos, directos, machacantes y adornados con solos vertiginosos y precisos de Hammett. Es como si la banda se hubiera reinventado, un proceso que inició en Death Magnetic, su placa anterior, pero que no termina por convencer a sus seguidores.

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Los cuatro viran entonces al pasado y dan cabida a la nostalgia. Salvo un par de temas (“Moth into Flame” y “Confusion”), nos adentramos a un viaje  a la década de los ochenta (¿es Metallica el que se ancla al pasado o son sus fans quienes no lo dejan escapar de él? Me imagino que “Master of Puppets”, “One”, “Enter Sandman” o “Nothing Else Matters” han sonado millones de veces más que “All Nightmare Long” o “The Day that Never Comes”, los dos últimos tomados de su disco de 2008, así qué ¿cuál es la necesidad de tocar material nuevo? El grupo condesciende, Hetfield habla de que los allí reunidos “forman parte de la familia Metallica” y lo crees porque existe un lazo invisible entre ellos y su audiencia mexicana, por algo la banda ha registrado dos álbumes en directo en nuestro país… Pero Hetfield, ¡eso también lo dijiste hace ocho años en este lugar!)

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Impecable es la actuación de Hammett y Trujillo. Musicalmente son más contundentes que sus compañeros, pero Hetfield y Ulrich son indispensables. Hay un poco de circo, como en cualquier concierto de rock, gestos desmedidos, la clase de muecas que utilizan los detractores para memes y burlas. El grupo está aceitado, suena contundente, avasallador (¿qué tal una canción con Iggy? El sueño, la utopía, no se da. Si aún viviera Lou Reed, ¿lo habrían invitado a abrir sus shows? ¿Por qué Lulu (2011) fue un rotundo fracaso? Los fans demandan renovación y cuando se les entrega, piden lo mismo. Pocos, muy pocos, reconocieron los cojones de ambos para fraguar semejante alianza.)

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“The Memory Remains”, lo más rescatable de Reload (1997), es emotivo; el coro (en el álbum corre por cuenta de Marianne Faithful), entonado por 50 mil almas, se extiende incluso más que la misma canción (algo predecible, pues ya está registrado en el directo Orgullo, pasión y gloria), pero en medio de esta demostración de poder, contundencia y dinamita, asombra que una banda líder del metal se sumerja en sus viejas canciones, cuando han mostrado sus ansias y deseos de reconfigurarse (es como si se viera la misma película, aunque con una pantalla más grande y un sonido mejorado.)

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Escribe Vince Neilstein en un texto titulado “¿Por qué mis bandas favoritas de todos los tiempos no hicieron ninguno de mis álbumes favoritos del 2016?” en Metalsucks: “Conforme las bandas crecen, pierden la pasión que alimentó su material temprano […] Mientras progresan sus carreras, tienden a repetirse en lugar de explorar nuevas direcciones, lo cual puede ser aburrido para sus fans de siempre”. Pero Neilstein, aunque con un poco de razón, se define a sí mismo como un “junkie del metal”, lo que difícilmente puede llegar a ser un fan de cualquier agrupación y los de Metallica, si bien fieles, no los dejan crecer (¿está muerto el thrash? ¿Metallica huele un poquito chistoso, como diría Frank Zappa? Ninguna de las dos cosas, pero es cierto que esos fans que apapachan también son tiranos y no permiten avanzar; en el estira y afloja, las intentonas de Metallica por salirse de la línea de siempre no han sido bien recibidas, ni aquí ni en otra parte del mundo).

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¿Cuántas veces sonará en el futuro “Enter Sandman”? Cierran la noche con el tema abridor de Metallica, su quinto disco y la primera canción que interpretaron en su primera visita a este país, y le ponen punto final a un trepidante concierto. Cuando la banda consiguió llegar al número 1 con ese álbum, Ulrich manifestó que una vez se enteró de ello sintió un vacío (¿aún habrá fuego, pasión, al interpretar una canción que se hizo hace varias eras geológicas? Supongo que en 1990, cuando la grabaron, hubo mucha emoción, la misma que probablemente pusieron en sus más recientes producciones. ¿Qué le hace falta al Metallica actual? ¿El mal, repito, está en el grupo o en quienes lo atan al pasado? Por lo menos un 65 por ciento de su set lo interpretaron hace más de dos décadas y allí está, como prueba, el directo Live Shit: Binge & Purge).

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Ha rato que el sonido de la música se ha apagado, pero los oídos zumban. Es un ruido molesto, como molesto es en ocasiones el progreso y los cambios que éste conlleva. Pero mientras Hetfield se despide una y otra vez, pienso que no obstante la grandeza de la banda, ésta me pareció una agrupación menos viva; no estancada por voluntad propia, pero sí sometida a los dictados de quienes les dan lo necesario para pagar sus facturas.

 

 

 

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