Existen dos opiniones más que categóricas acerca de los Beach Boys, el legendario grupo de Hawthorne, California. Para algunos, se trata simplemente de una agrupación que se dedicaba a hacer alegres cancioncitas con temas tan superficiales como el sol, las olas, la arena, el más cursi y convencional amor adolescente y las competencias de surf en las playas de la costa oeste estadounidense. Para otros, fue un conjunto genial, capaz de realizar las más extraordinarias armonías vocales y cuyo punto máximo llegó en 1966 con la aparición de la obra maestra de su líder, Brian Wilson: el álbum Pet Sounds. Quizá lo más prudente sería situarse en el justo medio para no caer en el desprecio injusto o la alegoría desproporcionada.

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Hasta antes de este disco, los Beach Boys habían sido mucho más que un simple grupo de los muchos que abundaron en los Estados Unidos durante el gris periodo que va de 1960 a 1963 (es decir, entre la muerte del primer periodo del rock and roll –1954/1959– y el surgimiento de la ola inglesa en 1964). En esa etapa, en la cual los reyes eran baladistas de tan dudosa calidad como Fabián, Ricky Nelson o Pat Boone, los Beach Boys representaban cuando menos un intento por hacer una música más elaborada y en ocasiones incluso excelsa (como lo prueba esa maravilla que es “Good Vibrations”, a mi modo de ver una de las diez mejores canciones en la historia del rock). Surgidos en 1961, los muchachos de la playa habían grabado ya varios álbumes de los cuales se habían desprendido sencillos tan notables como “Surfin’ Safari”, “Fun, Fun, Fun”, “I Get Around”, “California Girl” y “Surfin’ USA” (adaptación blanqueada y cercana al plagio de la provocativa y transgresora “Sweet Little Sixteen” de Chuck Berry).

Cuenta Brian Wilson que cuando escuchó Rubber Soul de los Beatles, en diciembre de 1965, comprendió que se podía componer un rock con un sentido mucho más artístico y de inmediato, junto con su amigo Tony Asher, se dio a la tarea de escribir las canciones que conformarían Pet Sounds. Fue un intento ciertamente ambicioso que estuvo a punto de caer en el exceso y la sobreproducción. No obstante, consiguió mantener el equilibrio y gracias a ello logró producir una de las obras fundamentales del rock de los sesenta y una piedra de toque para la posteridad, aunque más quizá por su significado que por la calidad intrínseca del álbum.

Trece son las composiciones que conforman el disco y en las mismas parece existir un hilo conductor que les da cierto carácter conceptual. Así lo considera el crítico norteamericano David Leal, quien apunta que “si uno analiza, es posible que encuentre una historia a lo largo de Pet Sounds: la de la búsqueda, por parte de Brian Wilson, del amor y la aceptación. Todo comienza con un canto de esperanza (‘Wouldn’t It Be Nice’), sigue con el reconocimiento de que el amor terrenal es imperfecto (‘I’m Waiting for the Day’), admite el espíritu divino (‘God Only Knows’), busca una solución (‘I Know There’s an Answer’), lamenta la tenue naturaleza del amor (‘Here Today’), acepta la posibilidad de ser un humano anómalo (‘I Just Wasn’t Made for These Times’) y concluye con la pérdida de la inocencia (‘Caroline No’). Junto con eso, hay momentos felices (‘Don’t Talk’), posibilidades nunca antes soñadas (‘You Still Believe in Me’) y escapes fantasiosos (‘Let’s Go Away for Awhile’)”.

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Musicalmente, encontramos varios hallazgos interesantes. Las instrumentaciones son muchas veces multitudianarias, con un uso al máximo de elementos orquestales, vocales y diversos recursos de estudio (incluidos ladridos, campanas, bocinas y timbres de bicicleta). Hay paredes de sonido a la Phil Spector (algo muy notorio en “Wouldn’t It Be Nice”, por ejemplo), cuerdas, saxofones, en fin, toda una parafernalia que coquetea peligrosamente con el exceso.

¿Es Pet Sounds, como afirman sus panegiristas, el mejor álbum en la historia del rock? Desde mi punto de vista, la respuesta es negativa. Que se trata de un gran disco no cabe la menor duda, pero de ahí a exaltarlo como la cumbre del género existe una enorme distancia. Hay quienes declaran que superó a su obra inspiradora (Rubber Soul) y a la respuesta discográfica inmediata de los Beatles, el Sgt. Pepper’s Lonely Heart Club Band. Gran despropósito. A la luz de los años, la simple comparación con ambos trabajos o con su contemporáneo, Revolver, resulta poco favorable para los Beach Boys.

¿Qué hace que un álbum se convierta en clásico? Obviamente su trascendencia, su influencia, su concepción como un todo, pero también la calidad de cada una de sus composiciones. Cualquiera de los tres discos beatlescos citados cumple con esas condiciones. ¿Las cumple Pet Sounds? Veamos: se trata sin duda de un plato trascendente e influyente (el mismo Paul McCartney acepta que después de escucharlo pensó en hacer el Sgt. Pepper); es asimismo un trabajo que evidencia un concepto; sin embargo, donde falla un tanto es en la calidad de las canciones que lo conforman. Hay temas extraordinarios (“Wouldn’t It Be Nice”, “Sloop John B”, “Caroline No” y esas joyas que son “God Only Knows” –muy beatlesca por cierto– y la poco recordada “You Still Believe in Me”), pero hay otros que se quedan en la medianía y cuando un álbum tiene cortes poco significativos (“That’s Not Me”, “Don’t Talk”, “I Just Wasn’t Made for These Times” o las instrumentales “Let’s Go Away for Awhile” y “Pet Sounds”) no puede ser considerado perfecto y mucho menos el mejor de la historia o compararse con obras mayores como las ya mencionadas de los Beatles o Let It Bleed de los Rolling Stones, Whos Next de The Who, Blood on the Tracks de Bob Dylan o Are You Experienced de Jimi Hendrix, por sólo mencionar algunas. Es por eso que alguien comenta por ahí que si Paul McCartney declaró alguna vez que al escuchar Pet Sounds se sintió no sólo impresionado sino intimidado, es porque de seguro andaba en un viaje de ácido.

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Con todo lo anterior no quiero decir que este disco no sea un clásico y seguramente el mejor trabajo de los Beach Boys. Sin embargo, creo que buena parte de su aceptación, muchas veces acrítica e incondicional, se debe más a la leyenda –la cual cuenta que luego de grabar este álbum, Brian Wilson entró en una crisis emocional cercana al colapso y que esto provocó que durante treinta y tantos años no pudiera producir su siguiente y ambiciosa obra, Smile (2004)– que a su valor musical y letrístico. Hace falta escuchar Pet Sounds con oídos desprejuiciados, en uno y otro sentidos.

 

 

Un comentario en “Brian Wilson y sus Pet Sounds

  1. Muy buen analisis me parece muy objetivo y como dices en el punto medio, lo que si se puede afirmar es que la portada es una de las mas feitas de la historia del rock.