Fue un gesto espontáneo de acción directa libertaria. Un acto rebelde de carácter cultural. Tocar rock ruidoso en medio de la vida cotidiana del centro administrativo y financiero de la ciudad de Nueva York. La continuación del mayo parisino de 1968, la revuelta de los jóvenes.

Lo provocó la visita a la ciudad de Jean-Luc Godard para filmar, junto con el documentalista D. A. Pennebaker, una película para la subversión proletaria de la juventud. Era la hora más radical de tal revuelta, Godard se declaraba en el clandestinaje y trabajaba en forma de colectivo, esencialmente inspirado por el maoísmo francés. Un momento en el cual la élite estudiantil tomó como moda cambiar al mundo.

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Jefferson Airplane fue la banda que realizó la acción esencial: tocar rock contra el sistema. Fue el martes 9 de noviembre de 1968, desde la azotea del Hotel Schuley, un sitio a la vez público y privado. El decibelaje fue agresivo, la canción “The House at Pooneil Carters” resonó por toda una manzana de grandes edificios de oficinas. Vino la queja inmediata por el ruido. Llegó la policía y todo terminó en una multa para la empresa dueña del contrato del grupo de rock, la RCA en ese momento; tal era el objetivo inmediato de la acción.

Allí había muchas personas presentes que en ese momento de la historia se encontraban dentro del clandestinaje, porque eran perseguidas por sus acciones políticas de los últimos años, básicamente en contra de la guerra de Vietnam. Se propusieron hacerse visibles para la filmación, con la intención de mostrar cómo burlaban al panóptico del Gran Hermano Capitalista, un mero tigre de papel, como escribía Mao. Y así lo hicieron.

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El efecto político inmediato no resultó como esperaban. La noticia no voló por el mundo, ni siquiera causó revuelo en Nueva York. Pero todo quedó filmado por las cámaras de Godard y Pennebaker, la del primero emplazada en la ventana de otro hotel y la del norteamericano llevada en sus manos, de acuerdo al programa del cine documental estilo Cámara Viva, una subjetiva siempre subjetiva concreta. A plazo largo, el efecto ha resultado más que nada ambiguo. Por un lado, comunica aún su fuerte impulso libertario; pero por otra parte, devino modelo para los negocios del gran capital de las corporaciones del espectáculo.

Paul McCartney se enteró del hecho. Vivía pendiente de todo lo que fuera rock, su negocio ya en ese momento. Cuando vio que no podía terminar de filmar el documental Let It Be con los Beatles, porque los pleitos todo lo echaban abajo, decidió imitar el gesto subversivo de los otros y lo convirtió en salida de emergencia del buen negociante. ¡Qué contradicción!

Sin embargo, del lado amable, ese concierto de los Beatles en la azotea de su negocio de música ha servido para que todos podamos imaginar lo que podían hacer tocando en vivo, lo que los llevó a la fama y que luego dejó de escucharse por la gritería de sus fans. El don de los cuatro Beatles como músicos reales, interpretes de rock, acompañados y apoyados por el teclado de Billy Preston. Algo que ha significado mucho para afirmar la fama que aún conservan, ya medio siglo después de su separación y con dos de sus integrantes ya muertos.

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El toquín subversivo del Aeroplano Jéferson discurre en lo sublime. Muestra el dominio musical de la escena de San Francisco, poder llegar a tocar en vivo mejor que en el disco. Porque suenan ruidosos e incómodos, mas perfectamente afinados y entonados, marcando una síncopa de Buda iluminado, a una velocidad de dar miedo y con un minimalismo blusero de los sesenta para pararse y aplaudir echando de gritos.

Vale la pena ver y rever estos dos momentos de fantasmas eléctricos interpretando música. Cine documental del rock. Un poderoso alimento para la memoria, sin importar la edad de quien los vea y escuche.