Libertad, el vocablo que probablemente mejor define al jazz. Libertad para crear, pensar, expresarse, afirmar. La lista de quienes han hecho uso de ella en el género de la síncopa es abundante y hay nombres en ella que, no obstante su importancia, aún siguen en el anonimato.

Idris Ackamoor pertenece a esa legión de habitantes de la marginalidad. El saxofonista nació en Yellow Springs, Ohio, y en 1972 estudiaba en el Antioch College, donde uno de sus profesores fue Cecil Taylor. Luego de un concierto en el auditorio de la escuela, hizo una doble propuesta al programa de estudios en el extranjero: formar una banda, viajar a Europa y trabajar. La segunda: trasladarse a África y estudiar la música del continente.

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La escuela otorgó boletos para viajar alrededor del mundo, más una mesada. Ackamoor, Margo Simmons (flauta) y Kimathi Asante (bajo) fundaron The Pyramids y volaron a Amsterdam; luego de unos meses, se movieron al continente negro y en 1973 finalmente regresaron a su ciudad natal con un cargamento de experiencias e instrumentos poco usuales. Tres discos grabó el grupo: Lalibela (1973), King of Kings (1974) y Birth / Speed/ Merging (1976). Un año más tarde, la agrupación ofreció su último concierto en el Festival de Jazz de Berkeley. A fines de esa década, el saxofonista fundó el Idris Ackamoor Quartet y grabó Periphery, obra de escasa huella.

Ya en los noventa, en plan de solista, grabó Portrait, Centurian y en 2007, The Pyramids se reunieron. Sus tres discos se reeditaron en un doble CD (Music of Idris  Ackamoor, 1971-2004) y Gilles Peterson le entregó el Lifetime Achievement Award.

La vida se tornó agitada y los conciertos se sucedieron continuamente. La liga jazz-África arrojó un puñado de discos en los cuales el afrobeat, el funk, un poco de rock fermentaron un sonido que guarda un símil con Fela Kuti, pero que es menos dado al jam y la improvisación. La nueva alineación de Pyramids se escuchaba vital, muy orgánica, con destellos bailables y ligeras miradas al espacio a la manera de Sun Ra, aunque sin llegar a la obsesión de este.

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Esa música quedó plasmada en We Be All Africans, placa que su autor describe como “un mensaje de supervivencia. Un mensaje de renovación. Un mensaje de que todos somos hermanos y hermanas, somos una familia, la familia humana y nos necesitamos los unos a los otros para sobrevivir en este planeta que compartimos”.

Sin embargo, de todos sus registros fonográficos uno de los más bellos está firmado por el Idris Ackamoor Ensemble y se titula Homage to Cuba, álbum en colaboración con Chico Freeman.

A diferencia de We Be All Africans, en el que la dominante es la fiesta, los polirritmos, el llamado-respuesta y los ritmos sucios y gruesos del funk, Homage to Cuba, sin llegar a la condescendencia, es muy amable al oído, incluso tiene un matiz cercano al pop en algunas de sus composiciones.

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Aquí su autor encuentra el justo medio, construye una música que es arriesgada pero no ahuyenta a los escuchas familiarizados con las melodías y su suavidad tampoco repele a los oídos más exigentes. Es un disco ligero pero con contenido, no una música para ser utilizada como fondo, una de esas raras alquimias en las que los egos se repliegan y trabajan con un fin común. La clase de álbum que siempre gana un extra en cada escucha.