Basalto, de Mercedes Nasta, publicado hace un año, acaparó las listas de mejores álbumes mexicanos del 2016. Este breve ensayo ofrece un íntimo acercamiento al complejo pop onírico, quieto, panteísta de tendencias minerales y monocromático de esta joven cantante.

Al sur, sobre amplias y afiladas extensiones de piedra volcánica, bajo nubes nocturnas, descalza con larga falda de manta bordada y un anillo de cristal… Así hay que imaginar a Mercedes Nasta: entregada a la destrucción y al misterio de la oscuridad y del fuego. Es una mujer sometida al lado arcano y terrible de la naturaleza, a los dioses más brutales que laten en ella.

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De niña, en los áridos campos del Bajío, cerca de la Peña de Bernal, comía fruta sobre la hierba seca y caminaba hacia el sol a través de plácidos senderos, con la cabeza llena de ávidos y raros pensamientos diurnos (¿cuántas ciruelas caben en mi zapato?; ¡ten cuidado!: duerme una serpiente detrás de cada piedra). Lo divino –le decían en la escuela– está más allá de todo eso: de la luz y la semilla, de la roca y el polen, del cansancio, los reptiles y las ilusiones. Y esas explicaciones resultaron suficientes hasta que su cuerpo –durante los trepidantes años pubescentes– comenzó a sentirse incómodo rodeado de abstracciones. La sensación era de asfixia, como si estuviera prisionera.

Se mudó a la Ciudad de México y los jardines de lava del Pedregal en los que había crecido su madre ejercieron sobre sus nervios una fascinación violenta. Su intimidad adquirió una dimensión absoluta sobre la lava; sobre la lava, cualquier acontecimiento dentro de ella –dentro de su elástico cuerpo de joven mujer– se convertía en el centro de exquisitos mundos sensuales cuyas voluptuosidades resultaban definitivas a pesar de durar instantes. Esos efímeros y profundos estremecimientos la acercaban hacia la posibilidad de sentirse creada: de unir sus fragmentos y tender hacia el éxtasis místico de una existencia completa.

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Entonces Mercedes ingresó en los laberintos de otro conflicto, uno de índole estética. En la Ciudad de México su voz gozaba de cierto prestigio en las esferas hipsters –Juárez, Roma, Coyoacán, Centro, Condesa…– de pop electrónico bailable, lleno de ruidos sintetizados, ambientes psicodélicos y confusas referencias al espacio. De pronto Mercedes dejó de disfrutarlo. Lo que antes era gozoso –ser la cantante de Disco Ruido– se convirtió en intrascendente. Cantar música ajena dejó de interesarle. Necesitaba –una necesidad que se le imponía desde la sangre– entregarse a un sonido procedente de su mística –nueva y verdadera– de mujer completa, que resultaba tan parecida a la lava: pétrea hacia afuera, pero con el corazón devorado por ígneas y enloquecidas guerras secretas.

Las nueve canciones de Basalto –roca volcánica con forma de prisma– son plegarias asimétricas –extensiones temporales entre 2:27 y 11:03– estructuradas en torno al siniestro sonido de un órgano que ha sido despojado de sus colores con el objeto de hacerlo cantar absoluto y terrible en grises, a veces con la solitaria vibración vacía de su pedal. Los permanentes latidos del órgano, mágicos, nocturnos y lejanos –con esa lejanía inquietante de lo inevitable–, cubren de una tristeza trágica cualquier otro acontecimiento sonoro sobre el basalto.

La voz de Mercedes Nasta es de tonalidad única: un negro suave, pálido y etéreo que sopla en las fronteras del vacío, a un instante de la desintegración. Su canto es quieto, de expresión fúnebre. Avanza en murmullos dolientes e íntimos, como si rezara. Es música sacra. La búsqueda de lo divino es constante. Dioses subterráneos, se llega a ellos a través de las piedras. Una religión mineral que establece su propia poética: la niña–pagana que venera a la mujer–volcán (diosa de la fertilidad y del yo creador) busca la verdad por medio del cristal en donde la luz se multiplica.

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La niña-pagana quiere salir de las tinieblas. Quiere expulsar los demonios –envidia, maldad, sadismo, locura– que se han metido en su cabeza. Por eso reza: para que el sol sea posible. Reza y mira las nubes grises; mirarlas es un acto de humildad y esperanza. El sonido anhelante de su canto surge fantasmal sobre las percusiones que presentan ritmos muy antiguos, de ritos tribales. Es un sonido onírico. Nada de lo que dice existe en el mundo físico. Incluso cuando promete: “y bailaré…”, nada se mueve en su sonido; aunque el sintetizador sí desea encarnar esas kinesiológicas fantasías y propone aires de salsa, de cumbia, de bachata, que resultan –por aislados, por imposibles, por lastimosos– absurdos y desconcertantes; un desconcierto que avanza hacia la tragedia: la niña-pagana rechaza sus piernas, desea convertirse en volcán, aspira a una existencia pétrea, se aleja sin remedio de lo visible. Las únicas referencias que le quedan de su mundo inmediato son viejas imágenes de casas de don Luis Barragán (que están llenas de muros, de agua, de piedras). Le canta –cada vez con mayor insistencia– a los volcanes, a la mujer siempre abierta que late desde la lava y, finalmente, en el Paricutín –la extensa canción que solidifica el álbum–, encuentra a su diosa concreta. Se obsesiona con ella. La observa durante el otoño. La visita en bicicleta y a sus faldas se sienta. Sueña e imagina la lava enfriarse y convertirse en basalto dentro de sus propias venas.