Música y geografía guardan una relación insoslayable. No obstante, poco acostumbrados a considerar el lugar dónde esta se hace, solemos pasar por alto el papel que los accidentes, relieves o climas juegan en el desarrollo músical.

Ripley Johnson vivía bajo el sol de California; reproducía ese estereotipo de chicas, playa y felicidad eterna instaurado desde los tiempos de los Beach Boys. Sin embargo, cuando tocaba con sus compañeros de Wooden Shjips, había cierta oscuridad que parecía cernirse sobre él.

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En realidad Johnson dejó salir sus verdaderas inquietudes cuando entabló contacto con Sanae Yamada y comenzaron a trabajar. Sin abandonar a su banda madre –quien no ha dado a conocer su acta de defunción–, pero convencido de que es más fácil ponerse de acuerdo con otra persona que concordar las ideas con más individuos, junto con Yamada comenzó a tejer composiciones con un fuerte acento en el ritmo, monótono, persistente, incluso irritante, si no fuera porque encima de esta base inamovible en la que los teclados también juegan un papel importante la guitarra de Johnson se encarga de tejer solos que parecen pastillas de ácido recargadas por el efecto que provocan.

La batería es fundamental (en vivo la asume un invitado). Esta tiene en Klaus Dinger —ex Neü!, ex La Dusseldorf— el principal referente. Sí, de entrada Moon Duo podría ser un clon de los teutones, incluso en las composiciones lentas hay una fuerte reminiscencia de estos, pero la principal diferencia estriba en que Moon Duo no busca experimentar.

La dupla debutó con el EP Killing Time, al cual siguió un mini álbum titulado Escape (ambos de 2010), pero si bien tenían el concepto, no habían encontrado la manera de consolidarlo. Ese momento llegó con Circles (2014), un segundo álbum en el cual cada uno de sus temas transpira sicodelia y krautrock a borbotones.

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Allí también comenzaron a marcar la diferencia. En vez de ceñirse a reproducir la fórmula de la monotonía rítmica, Yamada y Johnson añadieron ciertos toques de synth pop, algunos de ellos por la vía de las partes vocales, con lo que consiguieron separarse del estereotipo.

A comienzos de este mes lanzaron su cuarto álbum: Occult Architecture, una obra dividida en dos cuya segunda parte aparecerá a mediados de 2017. Concebido como un himno a “las estructuras invisibles que yacen en los ciclos de las estaciones y el viaje del día hacia la noche y de la oscuridad a la luz”, el álbum “refleja esta armónica dualidad de las energías de la luz y la oscuridad a través de la teoría china del yin y el yang.”

Nada nuevo a los ojos de la civilización occidental, pero sí a los del guitarrista Johnson para quien el concepto del álbum, “llegó cuando estábamos grabando las canciones, empezando en la muerte del invierno y continuando en el renacimiento y florecimiento de la primavera. Hay algo realmente poderoso acerca del cambio de las estaciones en el noreste —la banda se mudó a Portland, Oregon, hace poco—, el impacto físico y psíquico que tiene sobre ti”.

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En Occult Architecture la música se cierra, tiene ese ímpetu monótono, persistente en su ritmo, pero hay partes en las cuales acceden otros estímulos que la hacen menos intensa. No obstante algunas voces que podríamos denominar alegres, todavía hay cierta oscuridad en las más recientes composiciones de la agrupación. Sin duda, habrá que esperar la segunda parte para armar el cuadro completo; mientras tanto, aquí dejan esta entrega que si bien no desmerece con trabajos anteriores, sí abre interrogantes.

Eso sí, no han perdido un ápice de la intensidad y en vivo se antojan una explosión, como puede constatarse en el directo Live in Ravenna (2014) que no tiene desperdicio. Si en disco Moon Duo es convincente, habrá que verlos en su paso por el NRMAL, festival en el que se presentarán el próximo 11 de marzo, en la Ciudad de México.

https://www.youtube.com/watch?v=hbc42SsGrAo