Una de las características más estimulantes de la música pasa por las múltiples conexiones que puede provocar. No se queda únicamente en la experiencia sensible que trae consigo, sino que nos hace pensar en otros puntos de contacto procedentes de distintas disciplinas. De entrada, uno podría pensar que titular a un álbum Migration es una loable decisión en un momento específico en que a la migración se le persigue y criminaliza. El inglés Simon Green es un músico explorador que nutre su proyecto de sonoridades que recopila desde diferentes culturas de la geografía planetaria.

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Con los años, a una base sobria y elegante de música electrónica ha ido incorporando arreglos de cuerdas y colaboraciones vocales. Se ocupa de crear composiciones de una alta carga emotiva y que suelen ir creciendo gradualmente, de menos a más. Cada uno de sus temas abre múltiples posibilidades de interpretación; más cuando la actualidad noticiosa se cruza con la experiencia sensible. Por eso, escuchar un tema como “Kerala” nos hace remontar al Medio Oriente y recordar el terrible saldo que ha dejado la guerra en Siria, principalmente afectando a la población civil.

“Kerala”, con su equilibrado misticismo, al igual que “Bambro Koyo”, conducida por la voz del cantante de Innov Gnawa, una banda precisamente integrada por migrantes de Marruecos y que ahora residen en esa babel multi-cultural que es Brooklyn, en Nueva York (una demarcación con una concentración increíble de artistas por metro cuadro), me remontan a un libro que recién circula en México y que ha merecido el último y prestigiado Premio Goncourt de novela.

Brújula, escrita por Mathias Enard, es una obra que hace un llamado para conocer con mayor precisión a la cultura árabe. Editado por Random House, se presenta de la siguiente manera: “En su apartamento de Viena, mientras empieza a nevar sobre la ciudad, el reconocido musicólogo Franz Ritter evoca todo lo vivido y aprendido mientras sus pensamientos vuelan hacia Estambul, Alepo, Palmira, Damasco o Teherán, lugares que han marcado su biografía intelectual y sentimental. Durante esta noche de insomnio, desfilan por su mente amigos y amores, músicos y literatos malditos, viajeros y mujeres aventureras de procedencia y destino inciertos, todos tocados por el hechizo de Oriente Próximo”.

Me pregunto: ¿hacia qué latitudes desfilará el espíritu de Bonobo? Porque también tiene su faceta más occidental –tal como se muestra en el tema titular– o bien en “No Reason” que es su incursión más bailable y cuya voz está a cargo del australiano Nick Murphy, a quien hasta hace poco conocíamos por el seudónimo de Chet Faker. Pero ya sea cuando se instala en la faceta de compositor inglés de electrónica o cuando deja ir su ánimo más nómada, siempre conserva esa búsqueda de una belleza elegante y robusta.

Son ya seis álbumes de parte de una de las figuras del reputado sello Ninja Tune y no podía bajar de nivel cualitativo; su anterior trabajo –The North Borders– incrementó de modo considerable la atención del público, dado que ya comenzaba a soltar esos pespuntes étnicos o bien tomaba de la energía que caracteriza a un proyecto como Caribou, cuyo sonido puede ser considerado una influencia directa cuando sube de velocidad.

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Y es que Bonobo también tiene unos temas más tranquilos, pero que no pierden emoción; en esta entrega, una de las joyas es “Break Apart”, engarzada por el dueto Rhye al momento de colocar esas partículas de R&B y soul que les caracterizan. Se trata de electrónica con parsimonia pero conmovedora.

Mientras transcurre el disco y Brújula ejerce su influjo, me surge la inquietud de buscar las opiniones directas de Enard al respecto de su libro; me pregunto cómo observa a la presente situación y a lo que el arte puede hacer como contrapeso ante tanto acontecimiento funesto y lamentable. Encuentro una conversación con la periodista española Ana Carbajosa titulada Lo más presente es la muerte y se nos escapa y me parece oportuno incluir un fragmento con todo y una de las preguntas:

“¿Las trincheras identitarias son ahora más profundas? Es algo muy raro. Pensábamos que la globalización iba a proporcionarnos una forma de mirar cosmopolita, pero ha sido al contrario. Vemos cómo se cierra alrededor de identidades nacionales muy fuertes, excluyendo al otro. Eso en Europa es tristemente real. Por eso de alguna forma escribí el libro. Los vínculos son muy estrechos y sólo pueden ser más fuertes que las identidades que tienen que ver más con la ideología y con la política. Y está también la violencia que hace que haya un miedo muy fuerte. Los políticos utilizan ese miedo para su propio fin”.

Entreveo que el arte y la cultura son esas herramientas útiles para vencer ese miedo, para derribar prejuicios y fronteras. Migration es un disco que no conoce de nacionalismos. En él se funden cada uno de los elementos y no hay problema alguno para que funcionen juntos. Es claro que esto no ocurre con frecuencia en el mundo real.

Bonobo nos ofrece “Second Sun” y deseamos que su placidez se esparciera por doquier; la música nos hace sentir que no todo está perdido, que existe el arte de la fuga placentera del momento y que tal vez podremos llegar a apreciar y respetar al “otro”, a convivir en armonía. Hoy día se condena y censura al “diferente” y se actúa a partir del prejuicio y la ignorancia. Migration me pone a pensar acerca de la falta de tolerancia y el aciago trance por el que atravesamos. ¿Será que el arte derribe esos muros mentales?

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Enard, profundo conocedor de Oriente y sus culturas, ofrece un punto de vista para reflexionar por mucho rato: “Sí, ahora es muy fácil llegar a la música, pero para encontrar la diversidad hay que ponerse a buscar. En el XIX, para escuchar música había que ir a un concierto o hacerte con una partitura y tocar en tu casa. Ahora es un paradigma totalmente diferente. La música está por todas partes, se comparte en segundos, pero el flujo general esconde lo que no pertenece al gran público. ¿Ha pensado en la poca música china o japonesa que escuchamos? Y eso a pesar de que la música no necesita traducción”.

Migration está ahí para abrirnos la mente hacía sitios más benignos, en los que seguramente estaremos mejor.