Se cuenta que cuando Goethe atendió a la presentación de la Novena Sinfonía de Beethoven dijo: “he escuchado toda la música que un hombre puede escuchar”. Aparentemente, después de esto no volvió a ir a una sala de conciertos, de modo que es posible que no haya vuelto a escuchar, por ejemplo, el canto de un chelo. En la frase de Goethe está el espíritu del romanticismo alemán, una kultur atormentada y tormentosa que comenzó a fraguarse en la Edad Media y que llegó a su clímax durante el romanticismo. Dio lugar al nacionalismo unificador de la patria alemana. En este contexto tuvo lugar la Guerra de los románticos, una vehemente oposición entre dos facciones de pianistas en uno de cuyos bandos estaba Liszt.

Tony Yike interpreta la sonata en B menor S 178 con la energía de quien está dispuesto a reconstruir la música. Liszt creía que luego de las nueve sinfonías y los cinco conciertos para piano no había nada. Beethoven  había llevado la música hasta una cima delante de la cual sólo estaba el despeñadero. No todos estaban de acuerdo, claro. Cuando Clara Schumann escuchó la sonata aplaudió educadamente y en la noche escribió: “es una obra siniestra”. Su amante y esposo, Johannes Brahms y Robert Schumann respectivamente, estaban de acuerdo con ella. Justamente para tratar de demostrar que había futuro, Schumann compuso este sorprendente concierto que en efecto demuestra que no todo está consumado.

La interpretación de Murray Perahia del concierto para piano de Schumann es notable por la misma razón por la que Tony Yike interpreta tan bien a Liszt. En el primero hay continuidad, en el segundo ruptura. Esta es la oposición entre los bandos en guerra durante el romanticismo alemán. Son dos modos de enfrentarse a la herencia de Beethoven. ¿Hay futuro o no lo hay?

romanticos

No se trata de una oposición artificiosa o banal. Para comenzar, de ella emergen las dos grandes escuelas de piano que aún subsisten (excluyendo la escuela oriental, que apenas se está construyendo). Por un lado está la escuela rusa con antecedente en la Neudeutsche Schule; por el otro, cierta escuela que ha sido poco estudiada porque llegado el siglo XX los ultranacionalistas alemanes la tacharon (y los críticos del mundo lo creyeron) de que valía poco, entre otras cosas porque en su base había dos pianistas que, según ellos, no eran cien por ciento alemanes: Felix Mendelssohn e Ignaz Moscheles.

Hay mucho que estudiar y escuchar en el arte de la música en esta otra vertiente del arte del piano. Vale la pena recordar que Félix Mendelssohn redescubrió para Europa el arte barroco; él sacó de las sombras a Bach y a Vivaldi quienes permanecían olvidados en las disquisiciones fatales del romanticismo alemán. Además, los alumnos de Mendelssohn han dado origen no sólo al portentoso pianista del Bronx Moisés Murray (a quien por cierto le gusta que le llamen Moshe). En la tradición de esta otra escuela está Daniel Trifonov, quien, cuando toca a Bach, encarna un espíritu que no es de ruptura sino de continuidad con esa Europa que se sigue quebrando a causa de las contradicciones entre el norte y el sur. El de Trifonov interpretando a Bach es un arte que paradójicamente resulta mediterráneo, una suerte de amor por la vida que no puede más que estar opuesto a la visión del mundo de aquellos músicos de la Neudeutsche Schule que pensaron que con Beethoven todo había terminado.