Uno de los muchos lanzamientos discográficos de fin de año —y de los más atrayentes para quien esto escribe— fue el doceavo álbum de Opeth, agrupación que en realidad es el vehículo que el guitarrista, vocalista y compositor Mikael Akerfeldt emplea para dejar salir sus pasiones.

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Formado en 1990 —paradójicamente Akerfeldt fue invitado por el vocalista David Isberg, el verdadero fundador del grupo, pero sus compañeros se inconformaron y abandonaron la nave; Isberg hizo lo propio tiempo después y dejo solo al guitarrista, quien continuó en el camino—, Opeth ha transitado por diferentes estados, algunos de ellos contrastantes. Sus inicios se dieron en el death metal con Orchid (1995), su primera grabación. Hoy, Sorceress (Nuclearblast, 2016) los encuentra en los páramos del rock progresivo. Un giro nada extraño si consideramos que los extremos suelen tocarse.

Akerfeldt tiene fama de poseer una gran colección de discos y lo mejor es que los ha escuchado y asimilado. No solo eso, frecuentemente voltea a ellos como fuente de inspiración y en Sorceress no fue la excepción. El turno fue para Il Paese dei Ballochi, una oscura agrupación italiana de la primera mitad de los setenta y de la que señaló: “Solo hicieron un disco que es extraordinariamente bueno. Tiene todo lo que amo en una obra de rock progresivo, es muy orquestado y épico, tiene muchas secciones de cuerdas. Es un misterio por qué no hicieron más grabaciones”.

Pensar en cuerdas lo llevó a Will Malone, quien colaboró con Black Sabbath en discos como Sabotage y Never Say Die! y ahora lo hace con gente como Joss Stone, Massive Attack o Depeche Mode, entre otros. Sin embargo, Arkelfeldt lo escogió porque escuchó su trabajó en Motherlight, un oscuro álbum de los setenta firmado por Bobak, Jons, Malone e inscrito en la vena progresiva: “También tiene un disco en solitario [Will Malone, 1970], que es asombroso y muy raro. Orquestal, la totalidad son cuerdas, algo así como Nick Drake”, dice el sueco. Este reconocimiento al pasado también se expresa en la denominación de su trabajo al que, a la manera de Robert Fripp, denomina como “una observación”.

En Sorceress ya no hay resabios de ninguna de las variantes del metal extremo, salvo la energía. En los once temas que forman el álbum hay una síntesis que da por resultado un rock progresivo revitalizado y que si bien presenta rasgos de virtuosismo en los diferentes solos que se diseminan a lo largo de él, también se muestran contenidos en cuanto a su duración para no apabullar al escucha.

Esos cambios de tiempo, esos giros en la orientación que lo mismo presentan detalles de barroquismo para luego entroncar con una pátina de jazz y finalmente desembocar en una furiosa descarga de metal, son la obra de un compositor que mira el universo de manera global y que, además, maneja las oposiciones (suave-duro, áspero-terso, fuerte-bajo) con destreza y tino. 

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Akerfeldt —que ha dejado el canto gutural— ha ganado en proyección. Para unos habrá perdido diversidad en el manejo de su voz, pero estoy convencido de que la música de Opeth se volvió más solida y definida vía esa mutación. “Era” y “Chrysalis” se desenvuelven en una vena prog metal, con el acento puesto más en la fuerza —a la manera de un Deep Purple (con diálogo de guitarra–teclado incluido)— que en el sinfonismo; los sonidos barrocos aparecen en “Persephone”, “Sorceress 2”, “A Fleeting Glance” o “The Seventh Sojourn”, la última cargada de un tono de misticismo, mientras “Strange Brew” parte de una tranquila melodía para luego virar a una fuerza que habrá de alternarse conforme se despliega el tema.

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El metal perdió un exponente, pero se lo entregó al progresivo. Hoy Opeth no sólo mira al futuro, Sorceress es una muestra de cómo el pasado puede ser una piedra de toque y no mera nostalgia. En realidad, la doceava placa de los suecos es un combo. Una vez que se le escucha, habrá que poner el oído en Il Paese dei Ballochi, Will Malone y Motherlight.