Entre las cosas incomprensibles de este mundo se encuentra el hecho de que una compositora e intérprete tan buena como Eleanor Friedberger no sea más conocido y haya visto transcurrir su ya más o menos larga carrera musical en el limbo de eso que llaman música de culto.

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Este sino la persigue desde que al lado de su también talentosísimo hermano Matthew formara ese dueto extrañísimo, complicado y fascinante al que llamaron The Fiery Furnaces y que desde su primer disco, el Gallowsbird’s Bark de 2003, le voló el cerebro a más de uno (me incluyo).

Al contrario de sus intrincadas composiciones con los Hornos Ardientes, como solista Eleanor escribe piezas mucho más sencillas y relajadas y eso lo mostró desde su álbum debut, el precioso Last Summer de 2011. Dos años más tarde aparecería el no menos bueno Personal Record y el año que acaba de terminar vio la publicación de su tercer opus en solitario: el entrañable New View (Frenchkiss Records, 2016).

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Las canciones de Friedberger están inspiradas en el rock clásico, con un toque folky, pero suenan distinto a cualquier cosa que usted haya escuchado antes. Esto se debe quizás a la manera como frasea al cantar, con un estilo absolutamente particular y difícil de especificar con palabras, como si todo el tiempo estuviese platicando con nosotros. Esto lo podemos ver a lo largo de los once cortes que conforman el plato, pero sobre todo en temas como “All Known Things”, “Never Is a Long Time”, “Open Season”, “Because I Asked You” y “Cathy with the Curly Hair”.

Un disco apacible y fascinante, con un leve dejo de misterio, uno de esos trabajos que no deberían permanecer en el casi anonimato, aun cuando ese parece ser el destino de esta extraordinaria artista. Una joya que le recomiendo sin ambages.

PD: Si luego de leer usted esta reseña me reclama por no haber puesto a New View entre los mejores álbumes del año, le concedo toda la razón.

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