Nacer en Islandia seguro que señala. Ahí se está muy consciente de la fragilidad humana frente a la presencia inconmensurable de la naturaleza que lo abarca todo: desde la primera erupción volcánica que iluminó la noche neolítica hasta la parálisis de medio mundo contemporáneo por el efecto de la más reciente. Y en medio de ello, la civilización y su pleno desarrollo. Psique por aquellos lares debe preservar su logos y hacerlo convivir con los espacios inmensos y el transcurso del tiempo que siempre será otro.

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La intimidad de esa psique es materia prima para los artistas que surgen de tal entorno. Esa tierra prehistórica ha dado vida a expresiones particulares que comienzan a conocerse fuera de aquel ámbito y a despertar la admiración por su quehacer, como en el caso de la obra de Emiliana Torrini, ejemplo del arte sonoro creado en los últimos años por dichos lares.

El ambiente lleva a la artista a evocar una poética musical que fija sus parámetros en la desilusión, en la pérdida de la inocencia vital, a final de cuentas, construyendo sus piezas en grácil equilibrio, al  aprovechar la tensión que se crea entre ellos.

Es una música de resonancia orgánica, hecha de fibra carnal y aire nórdico, lo cual le confiere una cualidad metafísica, tejida con el hilo del dolor existencial. ¿Singular? Claro que lo es. Torrini es una artista del siglo XXI. Entró en él pasados los veinte años y se dio a conocer a nivel mundial como parte de uno de sus referentes: la película El Señor de los Anillos, de Peter Jackson, en la que cantó el tema final “Gollum’s Song”.

En el aspecto musical, ella es parte de ese lanzamiento del contemporáneo indie folk de esencias locales como producto de proyección exótica y excéntrica; un estilo al que se califica como portador del “sentido de la diferencia”; pero, igualmente, es intérprete en la inducción del mismo con capas aleatorias de diversas corrientes electrónicas, en donde las mencionadas “diferencias” indie se mezclan y disuelven en una sonoridad con destino global.

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Este rubro neologista en el que está inscrita significa que los elementos que conforman la obra que busca dar a conocer son dúctiles (empezando por el idioma, ya que canta en inglés –la lengua franca de la actualidad planetaria– y no en su regional islandés). Se adapta a las peculiaridades de la corriente en la que quiere confluir, moldeando sus propias cualidades y características en función de la demanda final: ser escuchada y entendida en cualquier parte del orbe.

Emiliana Torrini nació en Kópavogur, en el sudoeste de Islandia, en mayo de 1977. En dicha ciudad, de reciente cuño y segunda en tamaño de aquel país, esta hija de italiano e islandesa desarrolló sus aptitudes vocales como soprano, como parte de un coro infantil con el que ganó algunos concursos. Sus dotes como cantante la llevaron a entrar luego a una escuela de ópera a los 15 años, para lo cual se trasladó a vivir a la capital, Reykjavyk. En un encuentro de canto popular obtuvo el primer lugar y eso la volvió conocida en toda la isla.

Su carrera como cantante profesional arrancó al lanzar su primer álbum como integrante de la banda Spoon, con el título del nombre del grupo, en 1994. En los siguientes años publicó otro par de discos que sólo circularon a nivel local: Crouçie d’où là y Merman. El éxito internacional le llegó hacia el final de la década y del milenio con Love in the Time of Science y poco después con el tema ya mencionado que remataba la entrega de El Señor de los Anillos: Las dos torres.

A partir de entonces no ha dejado de grabar. Su discografía ha crecido con otras cuatro entregas, editadas entre el año 2000 y y el 2016 (Rarities, Fishermans Woman, Me and Armini, Tookah y el muy reciente (en concierto) The Colorist, los tres últimos con el sello Rough Trade). Con ellos ha crecido su fama, apoyada en un estilo muy particular y siempre sorpresivo por los giros que da entre una y otra entregas.

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En el nivel musical ha supuesto asistir, tras la publicación de cada título, a una progresiva y voluntaria supresión de las barreras entre el pop e indie alternativos para extender un concepto bien meditado, sutil y caracterizado por finas complejidades, que se adentra en una dark wave minimalista de sofisticada producción y desarrollo. 

De esta forma, sabemos que cada canción es una parábola trazada con un tizón tan invisible como tangible: aliento lo mismo de lo etéreo que de lo demoniaco en cada pieza, donde por un lado se desaprueba al mundo y por el otro se le acepta con su fuego poderoso y corrosivo.

“¿Cómo saber que algo es verdad cuando se vive con esa fiebre?”, se pregunta la cantante en “When Fever Breaks” (del álbum Tookah), meciéndose con una levedad inesperada dentro del oleaje furioso de un tam-tam primitivo. Relatar tal espesura con bellas canciones es su finalidad. Mostrar la fascinación por el espectáculo existencial que fluye siempre hacia la finitud.

El amor es un probable hilo conductor en tal odisea, pero un amor construido a base de sentimientos encontrados, caídas, ilusiones sin esperanza, desapegos y dudas, muchas dudas. La dark wave, utilizada por Torrini, interpretada con evidente virtuosismo, es la disciplina musical que ha creado para explicar ese intrincado acontecer vital. Todo se envuelve en una apariencia misteriosa, cuyas imágenes al parecer inocentes o románticas no son sino inquietantes y sugestivas escenas de tonos oscuros a las que asomarse para trastocar la superficie que conforma la naturaleza humana.