“Disco de culto”. Ese epíteto surgió a fines de los setenta, cuando ya había una historia y una mitología que desentrañar en el género. Desde entonces, quienes ejercitan la escucha profesional, los estudiosos, los investigadores, los amantes del rock, se han dedicado a la búsqueda de tales tesoros. Sí y a rastrear por esas listas perdidas que dan la pista de un momento único en la música, el cual ha quedado grabado en discos raros, de compañías ya inexistentes u ocultas por el paso del tiempo y que merece ese calificativo que engrandece los hechos y, más aún, las leyendas.

¿Por qué de culto? Porque representan una mirada musical distinta, disfuncional, con la cual se indaga en el pasado para encontrar tempranas disidencias del gusto masivo o del regulado por la industria; sensibilidades contraculturales insospechadas, reuniones inauditas, primitivas afinidades, exposición de materiales extravagantes, sesiones fugaces o intuiciones o emociones extremas que luego dieron forma a algo importante o que, en algunos casos, aguardan la llegada del tiempo en que se les reconozca. El que comentaré a continuación pertenece a estos ejemplares.

Flashback. El viejo Bill Burroughs tiene una reunión con Kurt Cobain, el santón trágico de una generación la mar desesperanzada, heroinómano reincidente y náufrago de varias sobredosis. Es la tarde del 25 de septiembre de 1992. Burroughs llega a la cita para grabar una sesión de estilo spoken word, con su andar cansino, ése que le marca hueso a hueso, con anteojos que fijan como alfileres su mirada, el sombrero de fieltro y un traje antiguo y raído. Es un ser alto, muy delgado, encorvado, extraño y lacónico.

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Le gusta hablar. Lo hace en voz baja, apenas audible, y sabe escuchar también. La gente del medio musical se ha sentado a sus pies durante años: Patti Smith, Frank Zappa, John Cale, Laurie Anderson, Jim Carroll, Iggy Pop, Johnny Thunders, Tom Waits, Michael Stipe, David Bowie… Es entonces cuando se transforma en un oficiante que tuviera sobre las rodillas un ejemplar de Shakespeare, Kafka o el Libro de los Muertos.

Así que Cobain, a quien el sufrimiento y el dolor le brotan por todos los poros, siente como bálsamo escuchar la voz pausada de uno de sus héroes (junto a Jack Kerouac, Samuel Beckett y Charles Bukowski, entre otros), del que ha leído todos sus trabajos y técnicas de escritura, especialmente en Naked Lunch. Ahora, el tiempo le ha brindado la oportunidad de conocerlo, de hablar con él y de realizar una obra conjunta.

La cita es en los Red House Studios de Lawrence, en Kansas, donde también se ubica la casa de Burroughs. Ahí están los enviados de la disquera Tim/Kerr (una compañía independiente surgida en los años noventa en la que se graban indie rock y post-punk y llamada anteriormente T/K). Está también el productor y mezclador James Grauerholz (igualmente escritor y biógrafo oficial de Burroughs), su equipo móvil, con Brad Murphy como ingeniero de sonido y el cineasta Gus Van Sant revoloteando por ahí como fotógrafo. Tuvieron que esperar una hora a que el escritor llegara.

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Kurt trae consigo el trajín de las presentaciones que está realizando con Nirvana para promover Nevermind, su exitoso álbum que apareció justo hace un año (lleva casi 20 millones de ejemplares vendidos, se perfila como el mejor disco de 1992 y ha hecho emerger el grunge). Pero en igual medida está enfrascado en un pleito legal con la justicia estadounidense a causa de su cuestionable buena paternidad (junto con Courtney Love, con quien se acaba de casar) y en los problemas de adicción de ella y los suyos.

Asimismo ya ha tenido la experiencia de la sobredosis, la rehabilitación, el síndrome de abstinencia y el reciente reenganche a la heroína. Cobain sigue dando avisos. Anuncia su muerte, la presiente y la provoca. Su trabajo creativo, desde el comienzo, ha sido todo ello. Los cuestionamientos existenciales y el estrés lo enfrentan a barreras insalvables, desde su punto de vista. El futuro ha perdido toda proporción para él.

Así que al encontrarse frente a Burroughs, su gurú, busca conseguir de él una respuesta a lo que a veces no la tiene, preguntarle cómo mantener el equilibrio en la cuerda floja de la vida, saber lo que nadie sabe con certeza. En aquel encuentro, Kurt Cobain obtiene el tesoro buscado: palabras que guarda para él. No así la grabación del texto “‘The Priest’ They Called Him”, leído por Burroughs, extracto de The Exterminator.

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Es el regalo que ambos le van a dar al mundo en Navidad. A Kurt le corresponde ponerle música a aquel texto (lo cual hará en noviembre de este mismo 1992, en los estudios Laundry Room de Seattle): improvisará con la guitarra el soporte sonoro para dicha historia navideña perversa y alucinada con los ecos de “Silent Night” y “To Anacreon in Heaven”.

El resultado será una cruda fusión non-music entre ambos sentires que queda impresa en un inusual (por su cortedad) sencillo EP de 9 minutos y 42 segundos, bajo el sello Tim/Kerr Records de Portland (una de sus curiosidades es que en la portada aparece disfrazado como párroco el bajista de Nirvana, Chris Novocelic, hecho surgido de una idea de Cobain).

En su interior se remueven las serpientes venenosas encarnadas por el caos guitarrístico del solo noise avant-garde –que ya han puesto a Cobain y a Seattle en el mapa– y la tranquila y reptante voz de Burroughs, en el papel de mesurado narrador apocalíptico, quien al contar puso además un énfasis irónico en su acento de predicador.

Años después, luego del suicidio de Kurt Cobain, se le preguntó a Burroughs sus impresiones sobre él: “Era un joven atento y educado. Y luego de que me diera a leer las letras que compondrían las canciones para el siguiente disco de su grupo (In Utero), supe que también estaba más que listo para la muerte”. Hoy, el material que grabaron juntos es una rareza y objeto de culto por parte de los seguidores de ambos personajes.