Todos lo conocen como el bajista y uno de los fundadores de Botellita de Jerez. Menos ubican a Armando Vega Gil como escritor, a pesar de contar con 31 libros publicados y varias distinciones (Premio Nacional de Cuento Benemérito de América, Premio Nacional de Poesía de los XIX Juegos Florales Universitarios, Premio Nacional de Cuento San Luis Potosí, entre otros). Ahora, este hombre para el que no hay contención, inaugura una exposición de 22 fotografías, titulada Impresión, en la Fonda Garufa (Michoacán esquina con Atlixco, colonia Condesa) que estará disponible al público hasta fines de enero del próximo año.

Fue a propósito de la misma que sostuvimos esta charla con el autor de La ciudad de los ojos invisibles, La música de las esferas, Picnic en la fosa común y Diario íntimo de un guacarróquer, entre otras obras.

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¿Cómo te inicias en la fotografía?
Viene de mi papá [él fue cinefotógrafo]. En mi casa había tripiés, moviolas, químicos, todas estas cosas de alquimista de la fotografía y crecí en medio de todo eso, de los olores; sin embargo, él nunca me lo inculcó, siempre fue muy reservado. ¿Por qué hago foto? Yo tenía de chavo una instamatic y una vez mi papá me prestó su cámara, pero nunca entendí cómo era la jugada; cuando aparecen los dispositivos digitales podría parecer que está gacho porque dejas atrás toda la alquimia que estaba bien padre para entrar a otra alquimia, te metes al photoshop, tienes un montón de herramientas para hacer lo que antes hacías en el cuarto oscuro.

¿Es más fácil hacer foto ahora?
Sí, puede ser que sí, porque ya no necesitas tener todas las herramientas en tu casa: químicos, ampliadoras, etcétera. En vez de esperar el instante preciso de Bresson, sacas un chorro y te empiezas a mover para ver en qué momento o qué ángulo te funciona. Antes no, tenías que tener una intuición, yo no heredé la intuición de mi papá, él era de la vieja escuela de esos fotógrafos intuitivos. Cuando aparecen los dispositivos digitales, empiezo a tomar más fotos y lo que exhibo ahora en la Fonda Garufa es una reflexión  de cómo voy persiguiendo las cosas.

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Es inevitable preguntarse en qué momento de su vida Armando Vega Gil encuentra tiempo para escribir, hacer música, programas de radio y canciones cuando el día sólo tiene 24 horas.
Hay una constancia de hacer cosas, pareciera que hago todo muy rápido, pero no, me tardo un chingo; mi libro de cuentos autobiográficos que saqué recientemente (La música de las esferas), me tardé como cuatro años en hacerlo y en las fotos como tres. No tengo  mucha prisa, son muchos años de estar trabajando un chingo.

Cuando te paras sobre el escenario la imagen que se proyecta es la de un perpetuo desmadre.
Pareciera que siempre estamos en la bohemia y no, hay mucho trabajo de escritorio. Hay una parte de lo efímero que también tiene que ver con la foto. Tú cachas el momento y lo dejas congelado y por eso la exposición se  llama Impresión, porque pareciera que es algo que ya no se hace: el imprimir fotos. Siento que la vida se va hecha la madre, haces un chingo de cosas y de repente abres los ojos y ya se acabó, ya pasó.

¿Trabajaste con un celular o con una cámara digital?
La mayoría son con celular, pasaron tres teléfonos diferentes. Tenía una posición que cada vez se debilita más y era que no podemos hacer fotos con estos dispositivos y dar el brinco a imprimirlas, pero tengo un impresor muy hábil que es Ricardo Garibay. En este trabajo que hago hay una conexión muy fuerte con él, es una pieza fundamental en esto.

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¿Qué es lo  más recurrente que fotografiaste?
Nubes y contraluces, el 90 por ciento tiene que ver con nubes y en eso tiene que ver mucho Sergio Arau. A lo largo de mi vida he tenido personas que han sido mis maestros y luego hemos tenido divorcios atroces. Cuando tenía mi cámara me gustaba mucho tomar nubes, atardeceres, el sol y un día me preguntó por qué hacía esas fotos, que no tenía ningún sentido y me dijo que buscara algo diferente sin abandonar las nubes. Empecé a hacer una búsqueda, estaba eso que siempre he visto y siempre me ha fascinado, pero que es un lugar común y entonces fue cómo volver ese lugar común en algo insólito.

En este proceso de ser fotógrafo, ¿ha habido una transformación en ti?
Sí, sí, de hecho es muy padre la experiencia. De pronto dices que vas a hacer fotos y entras en una percepción alterada, como si te metieras una sustancia y empiezas a tener una percepción extraña, no es que estés discriminando lo que ves, pero hay como una alerta en la percepción del mundo y sí ves las cosas distinto.

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¿Cuándo llevarás a cabo una síntesis de los saberes que tienes, de tus talentos?
Estudié en el CCC, tuve maestros monstruosos, Ludwik Margules, Tomás Pérez Turrent, Juan Tovar, de lo que sí me ufano es de haber tenido maestros chingones. Tal vez ese sería el gran consejo: si te quieres dedicar a algo, tienes que tener un proceso de aprendizaje y en mi caso los maestros fueron muy importantes. Quizás en música no he tenido maestros así. De mis quehaceres, el más precario es la música; el más visible, el más popular, pero es el más precario.

¿Cuál  te representa más?
Los libros. Es el más modesto y el menos deslumbrante, pero allí estoy muy a gusto y siempre estoy descubriéndome. La canción tiene que ver con tu emoción y cuando subo a un escenario lo que me bulle por las tripas lo combino con lo que le bulle a la gente y es un tejido padre. Y las fotos… Sí está mi ojo y mi formación, pero es la realidad, algo que está fuera de mí. Pero en la escritura sí soy yo y allí no me engaño.