Hay ocasiones en que para hablar y explicar a un grupo musical hay que remitirse hasta el principio de la civilización y alguna de sus teorías científicas o filosóficas. Tal es el caso de The Orchestra of Spheres (La Orquesta de las Esferas). El punto de partida para conocerlos es su país de origen, Nueva Zelanda, una nación que ocupa altos lugares dentro del escalafón mundial en muchos aspectos. Basta mencionar que el nivel educativo es uno de los mayores a escala global. Tal circunstancia conduce, entre otras, a su elevado índice de progreso humano (en democracia, libertad individual y respeto a los derechos civiles). Todo ello arropado por el uso correcto de la tierra y el cuidado ambiental.

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Es decir, Nueva Zelanda es un país desarrollado. Ese es el contexto en el que crecieron los integrantes de esta orquesta que surgió de la amistad y empatía forjadas en las aulas universitarias y en las disciplinas de Filosofía, Ciencias Naturales, Astronomía y Matemáticas. De la síntesis que hicieron de su entorno, del bienestar que emana y de dichas materias de las que son estudiosos, un grupo de amigos creó la Orchestra of Spheres.

El nombre de la agrupación procede de su inclinación hacia la teoría proclamada por el griego Pitágoras, según la cual el cosmos en general está ordenado por proporciones numéricas que rigen el movimiento de los planetas, las cuales corresponden a su vez a intervalos musicales en armonía.

Tal representación pitagórica del universo y su reflejo en la Tierra fue el punto de partida para este conjunto neozelandés, primero como cuarteto y luego como una dotación flexible a la que se agregan miembros según las circunstancias y las necesidades del material que vayan a exponer. Asimismo, tuvieron la ocurrencia de inventar sus propios instrumentos para divulgar la propuesta.

En el principio estuvieron Baba Rossa (en las voces y guitarra biscuit tin), Mos locos (en los sintetizadores y voces), EtonalE (en el bajo carillón –hecho a base de campanas de bronce– y las voces) y Woild Boin (en las percusiones; cuando interpreta el vacuum o bomba de vacío su nombre trasmuta en “Tooth”). A ellos se han ido sumando Jemi Hemi, Mandala y Zye Soceles, entre otros músicos y sus aparatos sonoros.

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Esta banda, parecida a la concreción de un sueño inducido por Sun Ra, brotó al final de la década anterior en la ciudad de Wellington, capital neozelandesa, como producto de matrices sónicas como el Frederick Street Sound y la Light Exploration Society. En sus inicios actuaron en bailes universitarios y shows DIY. En tales lugares se forjaron una buena reputación y la admiración por sus extasiantes espectáculos visuales.

Las influencias de agrupación semejante son un conglomerado genérico que va del kuduro a la psicodelia, pasando por la improvisación del free style, el electro dance, el funk en su versión de dilatada acidez y su devoción por la obra de los Talking Heads, primero (básicamente del disco Remain in Light), y luego por la de los derivados Tom Tom Club y los posteriores Heads, en versión lo-fi. Es decir, hay experimentación musical e instrumental, aplicación mundana y emotividad humana.

La Orquesta de las Esferas no parece, pues, estar en contra del entretenimiento, sólo si es del falso, como puerta abierta a lo banal, y lo sé porque resulta que en sus discos –Nonagonic, Vibration Animal Sex Brain Music y Brothers and Sisters of the Black Lagoon–,  hay entretenimiento del bueno a raudales: con ritmo y verdad o “sentimiento y asombro”, como quiere Glen Vélez, el sensible maestro y pensador de tal elemento musical. El ritmo aquí es belleza, pulso, es el gancho de los integrantes tendido hacia los escuchas.

El ritmo omnipresente en cualquiera de sus obras es potencia, la potencia de lo que la música dice y la potencia de su bombeo grabado en pleno goce. Tal como la emite y la respira la banda se vive en sus discos. Y no se necesita ser Tales de Mileto (quien no apartaba los ojos del cielo para desentrañarlo) o Asimov o saber de gravitaciones,  quarks y radiaciones de fondo para descubrir sus arcanos, que los tiene y muchos.

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No. No hay necesidad, sólo es necesaria la actitud, como la de esta banda que es una opción ante el ruido y la furia de un mundo destemplado y egoísta hasta el selfie. Tal actitud es imprescindible para percibir el triángulo pitagórico que une arte, ciencia y pensamiento.

Por eso dejarse inundar por la música es ser parte de la ciencia revelada. Saber interpretarla es el gran reto porque aquélla, como bien sabía Schopenhauer, es –junto con la comprensión global de la naturaleza y el arte– lo único que puede aplacar ese sentimiento desesperado por no conocer el sentido de la vida. Ésta tiene una explicación y el instrumento para desentrañarla está en la música: “El más universal de los lenguajes”, como dijo el poeta alemán E. T. A. Hoffmann, haciéndose eco de aquella pitagórica representación.