Acúsome de momentos de duda, de instantes en los cuales mi fe vacila. Tantas actas de defunción expedidas para el rock me llevan a pensar que mi camino ha tiempo está errado.

Hoy llego dubitativo al Palacio de los Deportes para el concierto de Guns N’ Roses o, mejor, para ver a Axl Rose, Slash, Duff McKagan y compañía (Dizzy Reed y Melissa Reese, teclados; Frank Ferrer, batería; Richard Fortus, guitarra). Sí, mis expectativas son bajas, así que cuando llevamos más de treinta minutos de espera —ésta se romperá justo a la hora— el mal humor comienza aunque trato de dominarlo.

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Fotografías: Katarina Benzova

Sesenta minutos después de lo programado, comienza la revolución. La banda pega con tubo, directo, justo en el abdomen. Arremeten con “It’s So Easy”, pero más allá de la brutalidad con la que dan inicio a la noche, en mi interior comienza a removerse algo.

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No estoy hincado y ese zumbido aterrador que se escucha en mis oídos en medio del alto volumen en un inmueble que los ingenieros de la noche no encuentran cómo sonorizar, no es la voz de Dios. Suena familiar, es como un susurro que no penetra en mis oídos sino que recorre mi cuerpo, sin dejar una fibra sin tocar. Lo imanta, lo electrifica y finalmente reconozco al propietario de la voz. Es Luzbel, el ángel arrojado del cielo que vive aquí, entre los hombres, el mismo con cuya lágrima al caer del cielo, cuenta la leyenda, se fabricó el grial, la copa de la cual bebió Jesús antes de expirar. Es él quien habla, aunque lo hace mediante sus intermediarios.

Las canciones transcurren y la fe comienza a robustecerse. No, no se engañen, no es la nostalgia la que lo alimenta, sino esa reconexión que el verdadero rock provoca (¿cuál es el verdadero rock se preguntarán?). La banda echa mano de un altísimo volumen, pero ante todo, lo que me convence, seduce, embelesa, es la actitud.

Más allá de la buena forma que presenta Axl Rose y que le permite moverse con un poco de la agilidad de antaño, lo que me hace prestarle atención es su parado, su vestimenta, sus excesos, su incorrección. Él, junto con McKagan, Slash (¿alguna vez ha aparecido sin sus proverbiales lentes oscuros?, pregunto y de inmediato lo recuerdo sin ellos en la contraportada de Appetite for Destruction) y Richard Fortus en la guitarra forman una cuarteta de chicos malos, de enfants terribles que apelan al desparpajo y la arrogancia como argumentos.

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Aguerridos, duros, estos cuatro  recuerdan que el rock es así, épico, majestuoso, estruendoso, robusto, explosivo, visceral, alejado de blandenguerías y debilidades (de pronto rememoré algunas bandas buena ondita que me tocó ver en el pasado Corona Capital), lo cual no significa que no puedan dar muestras de romanticismo (¿quiénes mejores que los grupos de hard y heavy para hacer las baladas más memorables?).

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Guns N’ Roses me ha tomado de la mano desde hace rato. Slash hiende su guitarra cual si se tratara de una lanza en mi costado y a cada una de sus acometidas, lejos de desvanecerme, me siento fortalecido. También, no puedo dejar de encontrar en sus versiones (y en el símbolo de Prince que adorna el bajo de Duff) a “Wish You Were Here”, “Layla”, “Knockin’ on Heaven’s Door” y “Live and Let Die”, especialmente en las primeras, ese continuo que se establece con la historia del rock y que ayuda a fortificar mi fe que, a estas alturas, es compartida por miles de almas.

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La homilía dura casi tres horas, lapso marcado por tremendas explosiones, elevados decibeles, un sonido de mierda –soportar eso es parte de la penitencia, así que lo recibo con resignación– y canciones redondas, fuertes en su estructura y emblemáticas; es un tiempo marcado también por pasajes de jam, de improvisación, solos extenuantes y majestuosos de Slash –su interpretación a “The Godfather” de Nino Rota sí se escuchó a plenitud– y, en menos medida, de Fortus.

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Fortificado, aliviado, reconectado conmigo, con los míos y con la música, abandono el lugar con un nefasto zumbido en los oídos que me abandonará, seguramente, en los próximos días. Lo que no me dejará, después de esta demostración, es la fe en el rock and roll.

Guns N’ Roses hizo el trabajo y lo hizo bien.