Mientras escribo esto, gira en la tornamesa un vinil –lo cual quiere decir que estoy sintonizado con mi tiempo– de Black Sabbath (poniéndome a tono con su próxima visita), un álbum grabado en directo titulado Live Evil. Es, sin discusión, una placa de rock: duro, energético, áspero, con vibrantes solos de guitarra de Tony Iommi y registrado en vivo en 1983.

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Hace una eternidad, tiempo suficiente para que el joven sea ahora un viejo que, una vez que se mira en un espejo de cuerpo entero, advierte la flacidez de sus carnes, las arrugas, la prominente calvicie, la papada, la ausencia de piezas dentales. Además, diría Frank Zappa, huele chistoso. O no, tal vez la imagen que devuelve el espejo sea la de un hombre maduro, en buena forma, atlético y viril.

El rock hoy día se ve a la manera de Calderón de la Barca: según el cristal con el cual se mire. En una distancia que va de A (su nacimiento) a B (ahora), hay quienes se quedaron a medio camino y lo juzgan a partir del momento en el cual dejaron de vivir. Son los zombies para los cuales todo tiempo pasado fue mejor. Otros piensan en él como una mera demostración de vitalidad: si no es duro, estridente y hace alarde de fuerza, carece de validez. Esa legión olvida que muchos grupos han tenido momentos de “debilidad” y acuñado baladas ahora memorables (pienso en “Nothing Else Matters”, de Metallica, como un botón de muestra al azar.)

Se le acusa de su filia con el pop, especialmente aquí, en este país, donde el vocablo se encuentra impregnado de engaño, artificio, mentira, maquinación; pero se olvida que la palabra es un apócope de popular. Claro, lo que ha cambiado es que hay muchos géneros que se han vuelto populares, pero sólo a uno se le ha quedado el estigma: al rock pop.

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También el árbol se ha llenado de ramas, algunas de ellas han caído y ganado autonomía, al grado de no reconocer la simiente. Es el caso del hip hop, la electrónica (vertientes que ya no tienen nada de jóvenes, se han independizado y ahora se “rebelan” contra el padre); el asunto comienza a complicarse en los ochenta; cierto, una década fabulosa por la abundancia de sonidos que ofrece, pero que necesita estudiarse todavía más por las rupturas y discontinuidades que allí tienen cabida.

No, el rock no puede denominarse juvenil porque lo producen y consumen viejos y jóvenes por igual. Sí, se dice que vive una crisis, aunque nadie define con certeza de qué tipo. De creatividad de ninguna manera; probablemente sea que las nuevas generaciones se quieren rebelar ante él, pero no lo han conseguido porque apelan a los recursos que él mismo utilizó hace años y tampoco logran distanciarse porque no han encontrado la forma de gestar un nuevo lenguaje.

Una manera simple de zanjar el asunto es a partir del gusto. Nada por discutir en ese punto. Sin embargo, la necesidad de definirlo viene porque lo que se diga de él, en general, baña a aquello que lo es, lo que pretende serlo y lo que se define como tal; lo que haga uno de los individuos, repercute en la familia entera. Cuando eso sucede, principian los desconocimientos, el rechazo, la descalificación, no por los atributos creativos sino por lo físico. Se habla más de la persona de Carla Morrison que de sus aciertos.

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Aunque les dé flojera, al rock hay que definirlo desde la teoría –y ello difícilmente surgirá desde un país sempiternamente en vías de desarrollo–, usarlo como un concepto que no dé pie a equívocos; pero claro, si lo logramos, si nos ponemos de acuerdo, perderíamos la oportunidad de entrar en esas polémicas inútiles, pero divertidas y hasta necesarias, que regularmente sólo se dan cuando aparece la palabra rock en la discusión. ¿A qué se refiere, usted lector, cuando usa la palabra rock?