“El rock & roll llegó para quedarse y no morirá jamás”, predicaban Danny & The Juniors en 1959, luego de las inesperadas y trágicas muertes de Big Bopper, Buddy Holly y Ritchie Valens en un accidente aéreo. Era un llamado a cerrar filas, un himno al que dentro de su candidez se puede denominar como declaración de fe, producto de una era caracterizada tanto por su inocencia como por su ardor. La muerte, a partir de entonces, dejó de ser una entelequia para convertirse en una presencia concreta para el género.

Actualmente, los obituarios de músicos fenecidos han aumentado de manera considerable, cebándose, sobre todo, en muchos cuya aportación artística ha sido relevante y de larga trascendencia. Por ello es preciso enlistar algunos nombres como ejercicio de reconocimiento y memoria cultural y para deambular, de igual forma, por ciertas ideas al respecto de fallecer siendo roquero.

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(2001: Joey Ramone, John Lee Hooker, George Harrison. 2002: Dee Dee Ramone, John Entwistle, Joe Strummer. 2003: Robert Palmer, Johnny Cash, Hank Ballard. 2004: Dimebag Darrell, Johnny Ramone, Ray Charles. 2005: Long John Baldry, Chris Whiteley, Clarence Gatemouth).

Además del sexo, las drogas y los cortes de pelo, la muerte le ha dado tono al rock desde sus comienzos. Y tanto como otras decenas de aspectos, es un elemento que vincula a Elvis Presley con los Rolling Stones, a los Beatles con los Sex Pistols, a Joy Division con Nirvana, a los Ramones con David Bowie. El rock sigue vivo, como vociferó Danny Rapp, pero ya cuenta con muchas ausencias.

Sí, el género ha crecido y continuado a través de las décadas, pero muchos de sus dirigentes puntales no. Infinidad de ellos han muerto jóvenes y algunos, tristemente, en condiciones absurdas: víctimas del abuso de las drogas y el alcohol, en accidentes automovilísticos y aéreos, por depresiones severas, suicidios y otras causas inimaginables. Es ya tanto una tradición añeja como un cliché de retorcida legitimación.

La estrella del rock, para el imaginario colectivo, no tiene que morir envuelto en la pasión amorosa (por un drama sentimental), musical (en la búsqueda de la nota perdida, por ejemplo) o por alcanzar algún anhelo patriótico (si alguien todavía piensa en tal cursilería), para merecer las loas eternas. Una muerte en la alberca por una congestión mezcla de alcohol y otras sustancias o con una aguja clavada en la vena es una vía hacia la eternidad tan creíble como las heroicidades de una personalidad histórica.

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Aunque Elvis Presley haya rebasado los 30 años, murió joven de cualquier manera y en el proceso convirtió la edad de 42 años en un coto legendario casi tan importante como el de los 27 (uno de sus clubes más famosos), los 64 o actualmente en los alrededores de los setenta, cuando es la enfermedad –por acumulación de excesos y sus repercusiones– la que priva para el último desenlace. Es cuando uno se pregunta: ¿El hecho de ser roquero es algo particularmente suculento para la Parca?

(2006: Syd Barrett, Billy Preston, James Brown. 2007: Dan Fogelberg, Peter Kleinow, Frankie Laine. 2008: Richard Wright, Mitch Mitchell, Bo Diddley. 2009: Lux Interior, Roland S. Howard, Willy DeVille. 2010: Ronnie James Dio, Salomon Burke, Captain Beefheart.)

De entre los atavíos del género  –las drogas, el alcohol, las mujeres, las obsesiones de los fans, la vida de las giras, los traslados, el estrés–, ¿es de manera inherente el acto mismo de ser uno de sus intérpretes destacados, de sus divulgadores más escuchados, algo mortal o peligroso? La historia dice que sí. Casi siete décadas de tal cultura sirven un festín de muestras para tal análisis. Desde entonces se han agregado los años, sus secuelas, las enfermedades degenerativas e incurables, los ataques fulminantes al corazón… El siglo XXI apenas comienza y el listado ya es grande.

Hay ejemplos del fallecimiento de tales músicos para cada momento y algunos para ocasiones que no sabíamos que existieran. Aun suponiendo que alpinistas, boxeadores, pilotos del vuelo acrobático e incluso corredores de autos estén expuestos a los mismos peligros y tasas de mortalidad, los contextos en que se mueven jamás han tenido la misma invocación desenfrenada por la muerte que los roqueros.

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Es difícil escapar de ella para las luminarias y según las estadísticas del género. En el auténtico, donde el arte y la vida se confunden. Como sea, dedicar la vida a tal estilo musical desde siempre ha entrañado una decisión en esencia de fe dentro del más puro carácter laico. Desde sus comienzos se han insinuado en él visos de muerte y visiones del más allá, los cuales en muchos casos adquirieron bastante fuerza a través de sus canciones y de sus finales fatídicos.

(2011: Gary Moore, Clarence Clemons, Amy Winehouse. 2012: Jon Lord, Levolm Helm, Etta James. 2013: Kevin Ayers, Alvin Lee, Lou Reed. 2014: Johnny Winter, Jack Bruce, Joe Cocker. 2015: Allen Toussaint, Edgar Froese, B.B. King. 2016: David Bowie, Keith Emerson, John Berry, Prince, Pete Burns…)

Muchas ausencias.