Se dice que durante la primera grabación de este monumental concierto para piano, en 1932, a causa del afán de perfección de Ravel, quien dirigía la grabación, la pianista Marguerite Long cayó desmayada. Al director no le importó. Hizo que la despertaran y siguieron trabajando por más de veinte horas. No sé si sea verdad esta leyenda, pero da idea de las dificultades técnicas de la obra. En este texto me concentro en el segundo movimiento, porque los trances en que el compositor pone a sus intérpretes son de carácter más estético que técnico. En los segundos movimientos de esta clase de música, la técnica está por completo al servicio de la belleza que, sabían los aristotélicos, mueve la voluntad. De ahí la importancia del arte.

ravel

En la primera interpretación que propongo, la mítica Martha Argerich (hay quien dice que es la mejor pianista viva y no estoy totalmente en desacuerdo con ello) dirige al director. Resulta interesante que, durante los primeros segundos del video, es ella quien dice que es momento de comenzar. La interpretación adolece del protagonismo de Argerich, quien sin duda es grande, pero al menos aquí no hace el amor con la orquesta que es, después de todo, de lo que se trata un concierto para piano.

Tengo la impresión que, en este 2016, Argerich no estaba inspirada. Por eso vale la pena comparar. Y comparar con ella misma. En el siguiente video, la vemos interpretar a Ravel en todo su esplendor (la grabación es del 2009). Los temas y las figuras que recuerdan partes de Une barque sur l’océan hablan de la obsesión del compositor por una serie de ideas que persiguió a lo largo de toda su vida y que se manifestaron sobre todo en La tumba de Couperin y es en este extraordinario segundo movimiento en el que Argerich realmente consigue la sensualidad que falta en la interpretación precedente.

Pero lo importante de esta columna está en el descubrimiento de talentos nuevos. Vale la pena comenzar con la mejor pianista del mundo (según algunos), para confrontarla con el pianista mexicano Luis Carlos Juárez. Nacido en Sonora, a pesar de ser tan joven (o quizá justamente por ello) consigue toda la sensualidad necesaria para la interpretación de este segundo movimiento (minuto 9:24). La melodía comienza con una simplicidad en que es necesario un control técnico que permita que no se desboque la expresividad. Luis Carlos Juárez comienza con un bajo que poco a poco va creciendo y lleva la melodía hasta el clímax que termina por resolverse en un magnífico trino, una suerte de espasmo que parece una exhalación.

La siguiente interpretación es de Héléne Grimaud.

La francesa tiene mucha fuerza. Más carácter que cualquier otro intérprete que haya yo encontrado. Grimaud desarrolla la tradición francesa de Ravel que se remonta hasta Couperin y sus Barricadas misteriosas (una forma de llamar a las pestañas). La fuerza de Grimaud es tal que a veces faltan matices de intensidad y exagera, sin embargo, en los matices agónicos. Sin embargo, cuando entra la flauta en la narrativa musical, el concierto se da, se abre el espacio del arte y el entendimiento: lo que está haciendo Grimaud es contrastar el bajo del piano con la melodía de la flauta que llevará hasta un auténtico orgasmo musical antes de exhalar en el trino final.