La lógica del viento/El caos del pensamiento/La paz en la soledad/
La órbita del tiempo/La pausa del retrato/ La voz de la intuición/
La curva del universo/ La fórmula del acaso/
El alcance de la promesa/El salto del deseo 

 (É o que me interessa, 2008).

Una de los voces con mayor autoridad en la música brasileña contemporánea actuó en Barcelona el pasado domingo 4 de septiembre, en el Parc del Fórum de esta ciudad Mediterránea. Lenine (Recife, 1959) llegaba a esta ciudad para ofrecer un concierto en el marco del “Día de Brasil”, un evento celebrado desde hace ocho años, dedicado a reconocer la presencia brasileña en España. Ahí, frente a unas cinco mil personas –en su mayoría, brasileños–, el músico, con una ya larga y respetable trayectoria iniciada en 1983, se presentaba acompañado por su banda (tres guitarristas y un baterista), para dar a conocer su último disco (Carbono, 2016), frente a una multitud que aguardaba con impaciencia el rock brasileño elaborado por este músico elogiado desde hace décadas por gente como Caetano Veloso o María Bethania. 

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Con el Mediterráneo a sus espaldas, Lenine apareció en el escenario poco después de las ocho de la noche, cuando aún brillaba el sol en el horizonte. El bochornoso atardecer de ese domingo, húmedo y caluroso, propio del período estival de estas tierras gobernadas por las inclemencias del clima marino, no parecía hacer mella en el ánimo de los asistentes. El escenario crepuscular de la ocasión, el ánimo festivo, las expectativas de escuchar las composiciones clásicas y el nuevo material del músico brasileño se combinaban para crear una atmósfera adecuada para la celebración de un ritual cultural centrado en los sonidos, las palabras y la música.

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Desde hace más de 30 años, con 13 discos grabados (que incluyen un recopilatorio en 2009 y una sesión en vivo en la serie MTV, de 2006) y con miles de kilómetros recorridos en extenuantes giras por Brasil, Portugal, Argentina, Chile, Uruguay, España, Alemania y Holanda, la música de Lenine ha perforado las fronteras entre la samba y el rock, entre el bossa nova y el blues, con una pequeña ayuda de ecos tangueros conosureños y algún extraño sonido de raíces africanas. Como otros compositores en distintos contextos, la obra de Lenine es a la vez un acto de fe y una voluntad de resistencia, una obra macerada a fuego lento entre la tradición y la innovación, una expresión de reiteración y reinvención, de “creación destructiva”. ¿Quién no sabe que la invención es también un acto de demolición?

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Hijo de padre comunista y madre católica, el nombre le viene por supuesto del padre (“fui bautizado con fuego”, dice Lenine en una de sus nuevas canciones incluidas en Carbono), el signo en la frente de un mito revolucionario soviético con sonoridades portuguesas que asemeja la figura de un líder comunista en sandalias, de pelo largo, tocando una guitarra mágica influenciada indistintamente por los Beatles y los Stones, por Pink Floyd y Cat Stevens, por la música de Caetano Veloso y de Elis Regina, las novelas de Rubem Fonseca, la poesía de Vinicius de Moraes y de Luis de Camões, por el ánimo solitario, desasosegado y curioso de Fernando Pessoa.

Baque Solto de 1983 (“Barco suelto”), fue el mascarón de proa con el que Lenine inició su carrera, cuando aún resoplaban en el aire los tambores de la dictadura militar y se iniciaba el largo proceso de democratización de la cultura y la política brasileñas. Lenine fue la voz que surgió discretamente de entre los escombros de la música censurada de Milton Nascimento, de Ellis Regina, de Chico Buarque.  Representaba en cierta medida un desafío y un reclamo en un entorno cultural y político en el cual se asfixiaba la tradición festiva, desafiante y contundente de la música urbana de Sao Paulo y de Río de Janeiro, colocando en perspectiva una vitalidad cultural que abría al mismo tiempo cauces y horizontes emocionales y sonoros para una nueva generación de jóvenes brasileños. Tres décadas después de aquella discreta presentación en sociedad, el perfil estético de una obra contenida que combina el virtuosismo sonoro de guitarras, violines y pianos con la profundidad letrística, estalla en un par de pequeñas obras maestras, pobladas por canciones talladas a mano, reposando en la voz profunda de un cantante comprometido con sus impulsos e imaginación: eso representa en Chão (“Suelo”), lanzado en 2011, y el flamante Carbono.

¿De qué nos habla el músico de Recife? Del mar, del amor, de los seres extraños que habitan las ciudades, de la resistencia frente a las adversidades, de la malicia y de la maldad, del sonido y la locura. Son la versión musicalizada a ritmo de rock de los “fantasmas hambrientos” que suelen asolar la imaginación literaria, según la feliz expresión de Borges. Con una voz que gobierna firmemente ritmos de letras mezcladas con metal y una guitarra que conduce con precisión los tonos claros de rock combinados con bajos, baterías y  teclados que  acompañan la dulzura del idioma portugués, Lenine coloca en perspectiva viejas y nuevas obsesiones que han alimentado en el pasado y presente su imaginación, sus elucubraciones y ansiedades. En Barcelona, la brisa marina recogió sus palabras a lo largo de una veintena de canciones. Un recuento azaroso de la siempre impredecible memoria captó algunas frases sueltas:

“El suelo llega cerca del cielo / Cuando levantas la cabeza y te quitas el sombrero”, dice en “Chão”.

“Amor es materia prima / Es llama / La esencia / La suma / El tema” (“Amor es para quien ama”).

“Uno es solamente apatía / Otro se dice que es un genio / Ese transpira energía / Y aquel orina uranio… Ése remuerde sus huesos / Aquel mastica diamantes” (“Seres Extraños”).

  “Y cuando el mar está bravo / Y cuando ya no doy pie / No me enfado o me quejo / Y tal como un barco suelto / a salvo del mar revuelto / Vuelo firme a mi camino” (“Me doblo pero no me quiebro”).

Hora y media después de iniciado el concierto, Lenine cerraba su actuación celebrando la ciudad, la gente, el sitio, mientras miles de asistentes ovacionaban al grupo. La oportunidad de oír en vivo a una leyenda viviente del rock brasileño se había cristalizado. Exhaustos, bañados en sudor, los músicos agradecían los aplausos, mientras a lo lejos, los barcos surcaban las aguas del Mediterráneo y los aviones sobrevolaban la noche catalana de aires húmedos para dirigirse hacia El Prat, el aeropuerto de la ciudad. Cumplido el ritual, satisfechas las expectativas, el músico de Recife había cumplido sus palabras: su concierto había significado “un descanso en la locura”.