Cualquiera diría que la música es neutra. Que está compuesta para el deleite. O bien para el vuelo de la imaginación. Pero si hubiese un termómetro que calibrase las emociones, hay música que genera locura. Y más en un sexo que en el otro. ¿Alguien dudaría que la música marcial permea la naturaleza de los varones y los obliga a pensar y actuar como machos cabríos?

En el ámbito opuesto, ¿qué música volvería locas a las mujeres, sin salirse de la parcela de la música clásica? Pues digamos que no habría tantos ejemplos como acaso pudiera desearse. Música que sacuda desde la raíz misma femenina, y que provoque desde una caída de ojos hasta un efluvio vaginal.  Beethoven sería el primer nombre que viene a la palestra. Aunque su cometido no fue conmover precisamente a las mujeres sino a la humanidad misma. Príncipe del romanticismo, su música cimbra y violenta. ¿Qué movía a Beethoven a crear una ciudad musical de muros de granito capaz de pulverizar aun las voluntades más férreas e impedir que el escucha huyera una vez capturado? Porque incluso el oyente más invulnerable se dobla cuando oye la Sinfonía Heroica o la Sonata Hammerklavier o el Cuarteto XIII, por citar sólo unos cuantos títulos. Esto es, se colapsa. Y agradece con las manos levantadas al cielo que exista esa música. Se vuelve imprevisible. Neurótico. Lo que no sabe es que en el fondo de su alma, en la quilla de su temperamento, Beethoven decidió –y lo logró—que al cabo su música se impusiera a su sordera. Que se le recordara y honrara más por su música que por su discapacidad. Enfrentarse al tsunami era lo suyo. Que sobre todo anidara en el corazón de las mujeres, ya fue un plus.

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Ludwig van Beethoven

Piotr Ilych Tchaikovsky también hizo de la música un bastión.  Por encima de su homosexualidad que parecía corroerle el alma –hasta más allá de lo humano–, su música está inoculada de un espíritu de rebeldía que obliga a tomar partido. No toda su música. Pues la hay vulgar e irrelevante. Que en volumen aplasta a la beligerante, la combativa, la dispuesta a batirse a duelo. Que si bien suma menos partituras, es doblemente inmortal. Como su sinfonía Los sueños de invierno. Y el resto de sus sinfonías, desde luego. Su concierto para violín. Su primer concierto para piano. O sus poderosos poemas sinfónicos Romeo y Julieta, La Tempestad, Francesca de Rimini

Tan no aceptaba su sexualidad, que Tchaikovsky se casó a los 37 años. Compositor acostumbrado a despertar pasiones, una tal Antonina Miliukova le escribió una carta en la que le confesaba que estaba enamorada de él y que se conformaba con un beso. Un beso y nada más. Por toda respuesta, Tchaikovsky la matrimonió a unos cuantos días de recibir aquella misiva. Que el divorcio se sucedió vertiginosamente, era el resultado antevisto por los más allegados al músico.

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Piotr Ilych Tchaikovsky

En ese ínter, Tchaikovsky recibió un sobre repleto de rublos, acompañado de una carta en la cual se le suplicaba aceptara recibir esa cantidad –que se repetiría mensualmente– a cambio de que compusiera lo que su corazón le dictara. Y ya. Sin complicaciones financieras. De ninguna especie. De ahí en adelante. Y así transcurrieron 13 años de mecenazgo.

La mecenas resultó ser Mme. Nadezhda Von Meck, viuda, joven, no muy agraciada, dueña de las vías ferroviarias rusas. Además de una fortuna que rebasaba cualquier cantidad imaginable. En cambio, el músico sólo tenía que componer algún capricho que muy de vez en cuando la señora le sugería. Tchaikovsky aceptó encantado. Su fuerza creadora se robusteció. No más pasar hambres. Abandonó la buhardilla donde vivía y de inmediato se puso a trabajar. Por principio de cuentas, Mme. Von Meck le encargó una pieza para violín y piano que se intitularía Reproche. En lugar de esa miniatura, Tchaikovsky compuso y le dedicó su Cuarta Sinfonía.

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Mme. Nadezhda Von Meck

Y uno se pregunta: si Mme. Von Meck hubiese sido varón, ¿habría significado la cristalización del amor para un hombre sumido en la melancolía y la desesperación trágicas, como lo fue Tchaikovsky?