Concluyó el Festival Lunario Tierra Adentro que comprendió cuatro conciertos, efectuados en dos fines de semana y para el cual se reunieron 16 bandas provenientes de diferentes entidades del país, desde Chihuahua (Felipe el Hombre) hasta Quintana Roo (LNG/SHT), sin olvidar focos ya tradicionales como Jalisco (Ampersan, Pumcayó, Baltazar) y la Ciudad de México (Belafonte Sensacional).

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Felipe el Hombre (Foto: Sergio Bautista)

La muestra nació a raíz de la edición 203 de la revista Tierra Adentro, correspondiente a mayo de 2015, en la que se trazó un mapa sonoro de las propuestas emergentes del rock mexicano y conjuntó a 34 agrupaciones que cuentan con la particularidad de inscribirse y moverse en el subterráneo.

Si bien se vive una abundancia de festivales, lo cierto es que el organizado por el Lunario del Auditorio Nacional y Tierra Adentro fue una muestra en la que la apuesta fue exclusivamente por la música: la curaduría reunió agrupaciones independientes, de diferentes géneros –folk, progresivo, hip hop, metal–,  para quienes la fama no es lo prioritario y tampoco se recurrió a una banda “grande” como anzuelo.

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Belafonte Sensacional (Foto: José Jorge Carreón)

Fue exitoso por lo mostrado. Sin embargo, la asistencia no fue la deseada, a pesar de la convocatoria que se realizó. Se dice que, entre otros factores, el precio era elevado, que debió existir un abono que conjuntara, a un menor costo, la entrada a las cuatro sesiones. Se habla de que los horarios no son los adecuados, dado que al concluir ya no hay servicio del Metro, etcétera.

Se comenta con frecuencia que hacen falta bandas jóvenes de peso, dignas de convertirse en algunos años en headliners de festivales masivos, pero la gente no acude a verlas cuando se encuentran en proceso de desarrollo. Se olvida de que no es lo mismo pagar treinta pesos, para medio descubrir los sonidos de una agrupación en medio de conversaciones, que aportar una cuota mayor que proporciona no sólo seguridad y comodidad, sino la posibilidad de escuchar de forma inmejorable a las agrupaciones. Si algo tuvo el Festival Lunario Tierra Adentro es que prácticamente todas las bandas proyectaron su sonido como difícilmente lo harán en otro lugar. ¿No es un argumento suficiente para asistir?

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Vayijel (Foto: José Jorge Carreón)

Se dice que eran bandas poco conocidas… Bueno, si no se les da la oportunidad, ¿cuándo podrán crecer? Se han preguntado, haciendo a un lado el famoso centralismo chilango, ¿en cuántos lugares de su ciudad puede tocar la banda nayarita de Sierra León? ¿En cuántos hacerlo con una ingeniería de audio adecuada? Lo mismo podemos preguntarnos acerca de los yucatecos de Alice True Colors, o de Robot Junkie Paradise, oriundos de Guanajuato.

En el rock mexicano hay muchas fuerzas que se disputan las potenciales ganancias y obviamente éstas buscan hacerse de él para satisfacer  sus intereses. Las más de las veces, el criterio artístico es el de menos peso al momento de llevar a cabo una valoración: hay un universo de distancia entre el Rock en tu idioma sinfónico y lo que sucede en las calles de diferentes ciudades, pero el primero no necesariamente basa su existencia en la ausencia de los últimos. Si ahora existe un Rock en tu idioma sinfónico es porque hace años hubo bandas emergentes que lograron crecer hasta consolidar una propuesta y materializarla en canciones.

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Ampersen (Foto: Fernando Aceves)

También incide esa mirada de quienes están convencidos de que todo tiempo pasado fue mejor, pero ni la llamada Onda chicana ni el boom del rock en español, con todos sus momentos de gloria, justifican clausurar el futuro. La escena del rock en México es un campo en el cual confluyen promotores, lugares, grupos, medios y público. El último también tiene una responsabilidad: consiste en apoyar, aunque no de manera irrestricta. Pero si no asisten a propuestas como las del festival de marras, ¿cuál sería la razón para darle continuidad? El que detrás de él haya dinero del Estado no significa que no se exijan resultados.

Quien esto escribe, a pesar de no haber asistido a las cuatro fechas, se llevó agradables sorpresas, esas que se dan cuando acudes a ver a una banda que cumple con tus expectativas y alterna con otras que suenan igual o mejor que aquella que te convocó.

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Robot Junkie Paradise (Foto: Chino Lemus)

El logo del festival mostraba las raíces de un árbol arraigadas con firmeza en la tierra. Raíces fuertes, gruesas, capaces de sostener un enorme tronco; las raíces están dadas, pero hace falta el público para alimentarlas y verlas crecer. Ojalá haya una segunda edición de este festival y nos demos esa oportunidad de hacer algo más que levantar un muro de lamentaciones.