Garbage graba un álbum cada tres años y medio. Al menos ese es el promedio que arroja haber producido seis discos en 21 años. No es lo habitual, pero tampoco está mal. Especialmente si todos sus álbumes conservan un alto grado de calidad que en algunos casos llega a ser de excelencia. El proyecto de pop electrónico de los productores Butch Big, Duke Erikson y Steve Marker, más la estupenda cantante escocesa Shirley Manson, grabó su plato debut (llamado simplemente Garbage) en 1995 y hace apenas unas semanas sacó su opus No. 6: el impecable Strange Little Birds (Vagrant, 2016).

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Se trata de un trabajo suntuoso, incluso extravagante, con una producción impecable. Big, Erikson y Marker son músicos experimentados que saben explotar hasta sus últimas consecuencias todos los recursos de un estudio de grabación, para dar como resultado un rock que sigue en deuda con el movimiento noise de los años noventa (hay ecos de Sonic Youth y My Bloody Valentine), pero matizados por  la sabia utilización de ganchos del más fino rock pop.

El sentido melódico de Garbage es notable y la voz de Manson juega un papel esencial. Las canciones atrapan gracias a sus riffs y sus estribillos, pero también a las atmósferas y ambientes que crean, en las que la sensualidad forma parte esencial de un estilo ya muy reconocible.

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Once cortes conforman a Strange Little Birds, un disco sin desperdicio, con temas que destacan entre lo mejor de Garbage en sus poco más de dos décadas de existencia. Composiciones como la misteriosa “Sometimes” que abre el plato, las contundentes “Empty”, “Blackout” y “We Never Tell”, las envolventes y fascinantes “If I Lost You” y “Night Drive Loneliness”, las electrizantes “Magnetized” y “So We Can Stay Alive” o la concluyente y emotiva “Amends” hacen de este larga duración una obra imperdible y difícil de resistir.

Alguien lo calificó como un álbum de devastadora belleza. Concuerdo a plenitud con tan puntual definición.

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