Es una compilación de 18 piezas de sendas bandas de rock garage de los años ochenta del siglo pasado y se titula It Came from the Garage! (“¡Esta cosa vino del garaje!”). Ninguna de estas agrupaciones llegó a sonar de forma masiva en ese entonces; fueron subterráneas y de audiencias reducidas. Son grabaciones de baja producción. La música que no escuché porque en esa década llegué a los 30 años y me propuse conocer en serio toda la música que fuera posible escuchar, sin tener que seguir de cerca todo el tiempo lo que ocurriera en el rock. Las cosas de ese momento rockero, un momento generalmente malito y aburridón en la superficie o corriente principal, que ahora, cuando estoy al borde de llegar a los 64 años de la cábala beatlemaniaca, puedo escuchar vía YouTube.

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El rock de garaje es la figura más pura del rock, la médula de esta música popular como cosa de adolescentes efectivamente rebeldes sin causa. El fundamento y la conclusión. Más relajo que prédica o poesía, menos arte que pretexto para pachanguear y reventarse. Fondo musical para el sexo fugaz y pretexto para bailar y drogarse al menos con alcohol. Música para hacer enojar al Padre Original y para dejar de ver en forma sagrada a la Puta Madre de un@. Música para perder el respeto a ley severa, diría el poeta Quevedo que ya casi nadie lee.

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Me han gustado todas las piezas de esta colección. Nada es algo del otro mundo, porque todo es magnífico rock de garaje. Predomina el humor dadaista, la intención punk y el espíritu rockabilly y surfero. El tiempo de cuatro por cuatro practicado de modo obsesivo, para bailar con nuestra sombra en la pared y alcanzar el nirvana, ese estado chistoso de vaca sagrada o buey concentrado en rumiar el sueño del escorpión. Y todo baile que baile. Porque hay que hacer bailar a las mesas hasta que se pongan de cabeza, como creo que dijo Karl Marx.

Son bandas con nombres divertidos y sexosos como Venus Envy (“Envidia de Venus”), The Prehistoric Cave Strokers (“Los mete-saca de la cueva prehistórica”) o Spanking Bozo (“Payaso nalgueador”). Lo mismo que con nombres provocadores por políticamente incorrectos como Elvis Hitler. Los nombres de las canciones también son incómodos e inquietantes, cargados de humor negro dadaista, tal como en “Bebés negros bailando en fuego”, “Orínate afuera”, “Historia de un suicidio adolescente” o “Yo no soy Gandhi”.

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No es una grabación indispensable. Tampoco es algo muy importante de principio. Pero esta colección de piezas y grupos es un muy buen medio para comunicar y recibir toda la belleza rascuache del rock garajero y gargajero, el rock que le da un rostro propio al rock como revuelta juvenil más contra la familia que contra el Estado, lo que lo hace ser efectiva contracultura liberadora. Piezas nerviosas, aceleradas, voces chillonas, gritos, ruido, tarolazos y guitarras eléctricas rifándosela en los riffs circulares ad náuseam. Un magnífico modo para que los abuelos punkosurferos de plata les comuniquemos a nuestros nietecitos drogopoetas todo lo que era el rock como la música oficial de nuestro ritual de pasaje de hijos de familia dócil a proletarios bien docilones pero bailadores. Opio del pueblo, sin duda alguna; pero capaz de convocar sueños asombrosos y de hacer olvidar los dolores de esta vida sin sentido, donde lo que no duele es más que nada fantasía o texto de Derrida. Es el rock como forma directa de hacer enojar a padres, curas y maestros; el rock para practicar el amor libre y constante en el reventón interminable. Que ya luego vendrá lo de tener que regalar discos de Jimi Hendrix en las navidades y lo de hablar de lo buenos que eran los Beatles o los Rolin con el jefe o patrón, mientras se le besa el culo y se le bolean los zapatos.

[Artistas varios, It Came From The Garage! Wanghead Records, MA 1021: 1986.]