Se conocen de toda la vida, incluso antes de que ambos se dieran a la tarea de fundar Tuxedomoon, agrupación a la que el tiempo aún no ha otorgado su verdadero valor. “Blaine L. Reininger y Steven Brown –cuenta Simon Reynolds en Postpunk– se conocieron después de inscribirse en una clase de música electrónica en el City College de San Francisco, donde ambos se sorprendieron entre sí con sus actuaciones de fin de semestre”.

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Además de la obra en la banda oriunda de Frisco, han trabajado como dueto en intermitentes encuentros. En 1989, en Lisboa, grabaron 1890-1990 One Hundred Years of Music; un par de años más tarde, Croatian Variations y en 2006, Flower Songs.

Una década después aparece Monte Albán (Independent Recordings, 2016), placa inspirada, según describe Reininger, en un “misterioso vudú zapoteco, ese drone de una canción antigua apenas audible, realmente nunca entendida, que influye todas las cosas” y que ejerció su influjo en el resultado de su trabajo “en formas que todavía no nos hemos percatado”.

Monte Albán es una obra de dos amigos que, no obstante el paso de los años, no cesan de deleitarse en la conversación. Es un disco que abre con acentos clásicos (“First Song”), un piano que invita al violín a charlar y entre los dos tejen un ambiente de añoranza y se convierten en un par de memoriosos que trae a la mesa sus andanzas. “Ares March”, como el Dios de la guerra de la cual toma su nombre, es fuerte, violenta, un llamado a las armas que luego suaviza medianamente el violín de Reininger; Brown golpea las teclas, las hace hablar arrebatadamente para después darles un respiro, pero el tenor de la charla es acalorado, con altibajos; cuando no hay exabruptos los instrumentos son suaves, de ellos emanan sonidos dulces, plácidos, delicados, pero estos pasajes son un páramo que presagia la furia.

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“Air on Loving” inicia con un ataque de Reininger; las notas de Brown al órgano marcan la pauta a una atmósfera minimalista en donde el violín mantiene el liderazgo. A medio camino el corte se abre, la luz de Blaine alcanza a  iluminar incluso las notas sombrías del órgano de Brown; es ese amor que flota y se otea en el ambiente.

“Colibrí”, por su parte, es muy descriptiva, el piano es el aire, el violín el ave que danza, flota, el instrumento que describe los movimientos, la agitación del colibrí; es un tema que por momentos podría servir para un cartoon, pero también un corte en el que el trenzado instrumental de la dupla se orienta más a la música de cámara, un terreno explorado por ambos desde su primera colaboración.

En “Walking the Dog With Mssr. M.”, el sax finalmente aparece; es un track desquiciado por momentos, con el órgano que se mueve en un patrón repetitivo, un tanto irritante y el aliento que da un poco de color.

Monte Albán es un trabajo sin acentos de rock, sin asomos de jazz, un viaje en el cual piano y viola (“6”) se mueven en una amplitud de espacios, con silencios que colaboran para imprimir un tono dramático, triste y apesadumbrado, ambiente que se expande a “Piano Vignette” en el que el pianoforte es inmenso, rotundo y el violín de Reininger, misterioso, quebradizo, fantasmal.

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“Ixtla Mysterium”, como “Ares March” es vigorosa, una de las composiciones más impulsivas y potentes que en su parte media gira para hacer una pausa, el respiro que permite a ambos instrumentistas “recuperarse” y recomenzar el ataque.

Cierra el disco “Quetzalcóatl Enters the City of Bruxelles”, una marcha triunfal en la que, como siempre, el violín de Reininger invoca a una corte de “ausentes”  a ser partícipes de su celebración, un remate brillante para un trabajo que Brown, además de hacer una somera semblanza de Benito Juárez y equipararlo con el mítico Quetzalcóatl, una “figura que difumina la línea entre el mito y el día a día” en  el booklet que lo acompaña, define como una “ecléctica mezcla de tropas medievales, modos contemporáneos, cuadros mágicos y mucho de Blaine y Steven”.