Imágenes: Henri Matisse

1) La música provoca una elevación espiritual; sólo equiparable a la plegaria.

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2) Un condenado a muerte habría de escuchar música antes de morir. Tiene ese derecho. Advertir el lado bello de la humanidad le permitirá morir en paz. Cualquiera se merece morir en paz. Aunque le esté vedada esa paz.

3) Escuchar música equivale a la gimnasia que vigoriza los músculos y prepara al cuerpo para la jornada diaria.

4) La música achispa tus sentidos y te permite descubrir la belleza donde antes permanecía oculta.

5) Cuando escuches música déjate llevar de la mano. Atravesarás bosques y corrientes acuáticas. Caminarás planicies y remontarás cordilleras. Sentirás el sol y la noche. Distinguirás en el cielo amasijos de estrellas, aun de día. Advertirás una nube de colores desconocidos para ti, al filo del horizonte. Déjate llevar, estás en buenas manos. Oirás platicar al viento.

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6) La música prende el corazón. Incendia la paja y retrocede ante la esencia granítica del alma humana.

7) Más allá de la música sólo hay silencio. El silencio que rodea al cadáver.

8) Todo hombre tiene derecho a escuchar música cuando esté en el límite de la vida y contemple el advenimiento de la muerte. Unas cuantas notas que iluminen el camino, a modo de velas diminutas a punto de apagarse. Unas cuantas frases musicales que le evoquen la voz de la madre. Cuando la música logra este efecto, se torna universal. ¿O qué madre no ama a su hijo? De ahí que la música sustituya a la madre en los momentos más dolorosos de la existencia humana.

9) La música tiene el cometido de alumbrar el alma. De ahí que no haya música superior ni música inferior. Cada quien arropa en su corazón la música que le recuerde el amor ido entre la noche de los tiempos; la música que lo ponga entre las piernas de su padre, cuando le hacía caballito, o cuando el progenitor lo cargaba y se lo echaba en las espaldas; la música que escuchaba su madre mientras cocinaba muy quitada de la pena. La música que oía en el corazón mientras paseaba a su perro. Cada hombre es un estuche de música. Y no hay música superior o inferior, por la misma razón que no hay hombre superior o inferior.

10) Cada quien debe alcanzar su propio bien. La música es el ángel guardián de ese fin. La música nos beneficia porque al tiempo de procurarnos nos permite vislumbrar más allá del horizonte, donde se distingue una nube de colores para nosotros desconocidos. La música es una adicción, tan fuerte como la proclividad a la belleza femenina, el alcohol o la droga; pero es la única adicción que no le cobra factura al usuario.

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11) Hay que escuchar música a raudales. Todo el tiempo. Todos los días. Hasta que encontremos aquella cuya forma sea la de nuestro corazón.

12) Cuando un niño corre, está oyendo música.

13) Cuando un niño toca un instrumento, la música está jugando.

14) Cuando la escuchamos, la música crece dentro de nosotros y rebasa nuestras propias dimensiones. Nos olvidamos de nuestra pequeñez. Advertimos en nuestro interior el ímpetu creador.

15) Cuando escuchamos música, una fuerza interior va cobrando forma hasta crecer desproporcionadamente, más allá de nuestras fuerzas. Entonces sentimos que podemos darle la mano a Dios.