La noche del lunes 20 de junio, una multitud de cinco mil individuos se apretujaba en la Plaza Mayor del Poble Espanyol, un centro comercial de Barcelona ubicado en las faldas del Montjuic (“Monte Judío” en catalán), quizá la montaña más conocida de esta ciudad medieval. Junto al Museo de Arte de Catalunya, el Castillo de Montjuic que corona la montaña, el complejo deportivo construido en 1992, y uno de los cementerios más antiguos de la ciudad, Poble Espanyol forma parte de las obras arquitectónicas que colonizan uno de los costados del monte gigantesco que separa el mar de las montañas en el litoral mediterráneo.  

Bien visto, el sitio es una impostura de fachadas de plástico, de puertas y ventanas falsas. Es un lugar donde una España artificial,  en miniatura, intenta reproducir a escala las varias Españas que coexisten en la península ibérica, un espacio de consumo turístico para los miles de extranjeros que todo el año visitan la ciudad. La Plaza Mayor es una réplica de las que existen en casi todas las ciudades hispánicas, un espacio abierto, un ágora imaginaria donde los ciudadanos pueden reunirse para comprar, comer y beber, conversar sobre los asuntos de su incumbencia, o simplemente para escuchar un concierto de rock, como es el caso.  Ahí, en la atmósfera crepuscular de la primavera española, se presentaba Neil Young como parte de su Rebel Content Tour en Europa.

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Una vaga sensación de ansiedad flotaba sobre el ambiente. Después de todo, para muchos resultaba interesante ver en acción a una de las leyendas del rock clásico, referente sentimental, cultural y estético, de la historia mundial del género. A sus casi 71 años, el músico canadiense (Toronto, 1945), acompañado por una banda de cinco jóvenes veinteañeros (Promise of The Real), arribaba a Barcelona procedente de Madrid, llevando como buque insignia The Monsanto Years, su último disco (2015), una diatriba contra los transgénicos y una crítica directa a la empresa del mismo nombre. Las obsesiones políticas, ecologistas y éticas de Young hacían presagiar cierto tono reflexivo, algún rabioso discurso ambientalista, tal vez cierta moralina destilada en forma de canciones, sobre un escenario que representaba discretamente una granja del medio oeste norteamericano.

Pero la noche sorprendió a todos. Luego de una primera ronda de canciones inaugurada por un Young en solitario al piano, guitarra y  armónica tocando su clásica “After the Gold Rush”, al que le siguieron “Heart of Gold”, “Someday”,  “The Needle and the Damage Done”, y “Comes a Time”, cerró la parte acústica con “Mother Earth”, una rola que Young interpretó en un viejo órgano de iglesia, con lo que por unos minutos el concierto amenazó en convertirse en un misal ecologista. Pero a partir de ahí, el espectáculo tomó otro rumbo. Al las 10 de la noche, el viejo rockero concentró su espectáculo en las canciones de dos de sus discos más celebrados, reconocidos y entrañables (Harvest, de 1972, y Ragged Glory, de 1990). Con una voz que no cambia con los años, y con la autoridad que proporciona una carrera de 39 discos y casi medio siglo de trayectoria, Young reclamó a sus asistentes su vieja Gibson Les Paul y estalló “Alabama” en las faldas del Montjuic.

Durante casi dos horas, una multitud hechizada y en ocasiones delirante fue conducida por los larguísimos riffs de guitarra de un joven de setenta años, de movimientos pausados y larga melena blanca, acompañado por una banda de muchachos súbitamente envejecidos que le seguía con precisión y oficio rítmico. Un  bajo, dos guitarras, la batería y los timbales acompañaban los giros  enérgicos y a veces violentos con los que Young dominaba a la bestia de cinco mil cabezas que rugía en la Plaza Mayor. “Words”, “Love to Burn”, “Mansion on the Hill”, mostraban a los escépticos e infieles que nunca faltan porqué Neil Young es uno de los pocos rockeros que conocen a fondo el delicado arte de derretir una guitarra eléctrica en un par de horas.

Dicen los que saben que extraer los sonidos de una guitarra supone el conocimiento de una lengua extraña, el dominio de un idioma propio que solo algunos son capaces de pronunciar y practicar. En el rock, ese lenguaje de sonidos y símbolos, de valles y picos sonoros que solo es capaz de producir una Fender o una Gibson con la ayuda de un guía experimentado y talentoso, es lo que diferencia a los buenos de los malos guitarristas, y Neil Young es un caso luminoso de los primeros. Para él, la guitarra, como la música, “es una tormenta de los sentidos, es el clima del alma, inacabable e insondable” (Memorias de Neil Young. El sueño de un hippie, Malpaso, Barcelona, 2014).

El espectáculo de la noche catalana era alucinante. Gobernada por los requintos extraídos con hachazos a su Gibson Firebird, la nueva banda de Young rodeaba con atención y respeto a alguien que podría ser perfectamente el abuelo de cualquiera de ellos. En ocasiones, el grupo asemejaba una tribu de salvajes celebrando algún ritual lunar bailando alrededor de una hoguera imaginaria, una tribu acompañada furiosamente por un coro de miles de espectadores que cantaban algunas de las composiciones clásicas de Young.

Mientras el canadiense cerraba el concierto con una larguísima versión de “Rockin´ in the Free Word”, las paredes postizas que rodean la Plaza Mayor del Poble Espanyol amenazaban con derrumbarse y algunas de ellas (es un hecho) a incendiarse. Quizá nunca ese lugar construido artificialmente había albergado una multitud capaz de remover los cimientos de plástico y hormigón al ritmo de la guitarra de un músico solvente y apasionado, y una banda capaz de seguirle ciegamente al mismísimo infierno sonoro. Poco después de las once de la noche, la sensación de ansiedad e incertidumbre que anticipaba ha la visita de Young a Barcelona, se había transformado en una certeza tallada en granito: Dios, no nos engañemos, sí existe.