Las percusiones son básicas. La vena rítmica que atrapó a Paul Simon, desde que en 1986 grabara aquel fantástico Graceland, no lo ha abandonado. Tambores sudafricanos, caribeños y sudamericanos, platillos, tarolas, congas, bongós, tumbadoras, claves, birimbaos, maracas, marimbas, xilófonos y una larga lista que incluye hasta percusiones programadas pasaron a formar parte de su arsenal musical. El ritmo prevaleció muchas veces a costa de las melodías y las armonías.

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Ahora, a sus casi 75 años de edad, el nativo de Newark, Nueva Jersey, regresa con un nuevo álbum, Stranger to Stranger (Concord, 2016), en el que otra vez predominan los arreglos con percusiones, incluso en las composiciones más tranquilas y melódicas. Sin embargo, los ritmos no son exactamente africanos, como en Graceland (al menos no en todo el plato). Simon apuesta por una variedad percusiva que salva a la grabación de lo repetitivo y le permite explorar diversas y coloridas atmósferas. 

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Que los ritmos siguen siendo básicos lo podemos escuchar en cortes como el abridor “The Werewolf”, en “Wristband”, “Street Angel”, “In a Parade”, “The Riverbank” y en el divertido y –ese sí– muy sudafricano “Cool Papa Bell”. En cambio, hay canciones como la homónima “Stranger to Stranger”, “Proof of Love”, la instrumental “In the Garden of Edie” o la bellísima y concluyente “Insomniac’s Lullaby” que de algún modo recuerdan al viejo Paul Simon que hacía pareja con Art Garfunkel o al que realizó extraordinarios álbumes solistas como There Goes Rhymin’ Simon (1972), Still Crazy After All These Years (1975), One Trick Pony (1980) o Hearts and Bones (1983).

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Stranger to Stranger es una obra estupenda, con un Paul Simon septuagenario pero en su mejor forma, con letras introspectivas y meditaciones acerca del paso del tiempo y la perspectiva de la muerte, mas alejado de nostalgias depresivas o pensamientos oscurecidos. Un disco lleno de alegría, lleno de dulzura, lleno de sol, lleno de luz, lleno de paz.