La canción es una forma de arte renuente a entregarse a las primeras de cambio. Hay que cortejarla, seducirla, con calma y disciplina. Buscar ese equilibrio perfecto entre letra y música. Está claro que no es poesía. Es un pariente cercano que no vive en el mismo techo, pese a pertenecer a la estirpe familiar. La canción establece sus propias reglas y conserva bien preservados sus secretos que apenas unos cuantos tienen ocasión de conocer.

Conquistar a la canción es un reto exigente que requiere de gran perseverancia. Además de intención y pasión por el conocimiento y manejo del idioma en que se escriba. Algo que no es usual en el rock que se canta en español. Es por ello que los compositores exigentes y propositivos son la excepción y precisamente en tal terreno es donde Antonio Luque brilla con luz propia.

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Apenas en la primera estrofa de “Efectos especiales” —el tema que abre el álbum El progreso— suelta un par de líneas ocurrentes y memorables: “De la hostia consagrada al LSD / El dios del truco de la mente”.

No es de ahora que al Sr. Chinarro le interese trabajar a detalle los textos, así lo ha hecho a lo largo de una carrera de largo alcance. Lo que ha variado es la cantidad de guitarreo, distorsión y ruido con que cubre las voces. En alguna época hasta podríamos decir que se le pasó la mano, pero luego supo lograr un balance agradecible. Vamos, que se cumplen ya diez años de la que a mi juicio es su obra más lograda. El mundo según apareció en 2006 y el material sigue tan desparpajado, ocurrente y vital como el día mismo en que se publicó.

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Cuando pudo haberse anticipado que el artista se proyectaba hacia un público más grande, las tendencias de la industria no le ayudaron y en una movida radical hasta probó con encargarse por completo de su anterior álbum. Perspectiva Caballera (2014) requirió de todo su esfuerzo en el proceso discográfico y no rindió los frutos esperados. Afortunadamente, un sello cobijado por uno de los mejores y más grandes festivales del mundo –El Segell del Primavera– lo invitó a sumarse a su roster. Un elenco en el que ya militaban un par de proyectos de otros de los héroes del indie hispano: Los Planetas y Grupo de Expertos Sol y Nieve.

Ello hizo posible que Luque quisiera regresar al estudio en compañía de J —líder de aquel par de grupos— en calidad de productor, tal como ya había ocurrido con El fuego amigo (2005). Ambos han recorrido mucho kilometraje en la carretera del rock en Iberoamérica. En su país picaron piedra para que el indie fuera posible y luego han buscado hacerse de un lugar en el otro lado del Atlántico, al tiempo que el conocimiento del oficio se ha agrandado y a los dos les viene bien la incómoda palabra “madurez”.

Luque y Jota tomaron varias decisiones interesantes para concebir El progreso (2016): bajar la velocidad de la mayoría de las canciones (hasta los medios tiempos), insistir en ese amor por el sur de España —sus temas y  lugares— (por ejemplo, en “La ciudad provisional” están las menciones al río Guadalquivir y a Sevilla durante Semana Santa) y expresar su veneración por las bandas sonoras de Ennio Morricone (“La fiebre del oro” es un western-rock que abre con el tema de El bueno, el malo y el feo para luego echarse a cabalgar por las praderas).

En total elaboraron una decena de canciones en las que abundan los aspectos sobresalientes, como en el caso del tema que cede su nombre para titular al disco. En “El progreso” aparece la maravillosa voz de Soleá Morente, para enfatizar esa pasión flamenca que suelen aplicar al rock Los Planetas y que ahora trasladan a la música de Chinarro. Ahí se concentra una historia de amor bien certera y que no es la única que transpira Andalucía, pues también encontramos “Maravilla (Fandango Tropical)”, otra manera de acercarse a los palos flamencos. Pero al final percibimos asimismo esa esencia de pop contemporáneo que tanta soltura da al conjunto en general (no en vano los músicos del grupo Pájaro Jack estuvieron tocando en las sesiones).

Antonio Luque no es alguien a quien le preocupen las modas y las tendencias de temporada —a J mucho menos. Están ciertísimos de que el rock español tiene que desarrollar una personalidad y un sonido propios que no compitan ni se parezcan a lo que suena en otras latitudes. Al afirmar una personalidad artística es que surge algo único e irrepetible y ahora se dio tiempo de soltar algunas pataletas ante las supuestas bondades que el llamado “progreso” trae consigo.

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Sr. Chinarro prolonga una estela de más de quince discos a su nombre y da señales de que no ha sufrido desgaste, con todo y venir tirando desde la década de los noventa. Sus canciones hacen las veces de los relatos de Raymond Carver: parece que no ocurren grandes cosas, pero bajo la superficie están las preocupaciones de un hombre sensible.   Le sirve también su paso por la literatura, con la novela Exitus (El Aleph, 2012) y el libro de relatos Socorrismo (Alpha Decay, 2009).

A estas alturas, Antonio Luque trabaja con denuedo y sigue acertando en canciones como “Efectos especiales”, un dardo que dio en el blanco por su melodía pegadiza, por sus juegos de guitarras (a cargo de Florent de Los Planetas) y por su letra: “La selva virgen fue por todos descubierta / El Apocalipsis fue hace mucho / Ideales para una sociedad alerta / A voz en grito de Edward Munch”. ¿Cómo no emocionarse con pasajes tan bien trabajados?