La prensa musical inglesa es dueña de una manía recurrente: una vez dejada atrás la última camada del britpop (Blur, Oasis, Pulp, Radiohead y anexas), se desvive cada año en encontrar a la nueva joya de la corona británica musical. Sus apuestas han ido desde The Arctic Monkeys hasta The Libertines, así como otros nombres que resultaron auténticos fiascos en la nimia historia musical del siglo XXI. Sin embargo, como la ley de la probabilidad apunta, suelen acertar en alguna ocasión.

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Hacia finales de la primera década del nuevo milenio, un nombre apareció en toda publicación respetable de la Gran Albión: James Blake, jovencito de 19 años que venía a resucitar la música soul al pasarla por el filtro de la modernidad. Si bien la sentencia resulta exageradamente británica, es cierto que nos encontramos con un compositor que, a pesar de su cortísima edad, mostraba una madurez inusitada para la composición, lo cual se vio reflejado en su disco homónimo del 2011, obra que lo puso en todo el mapa gracias a su mezcla de melancolía, sensualidad y minimalismo. En el 2013 llegaría Overgrown, una continuación de lo mostrado en el debut, pero con ciertos elementos que hacían notar un avance, aunque ciertamente muy ligero.

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Tres años después nos brinda The Colour in Anything, su álbum más brillante a la fecha. ¿Por qué esta afirmación? Desde la composición inicial, “Radio Silence”, la respuesta aparece prístina: estamos ante la revolución de un universo propio, el paso de Blake de promesa a un músico completísimo. Y es que la misma canción contiene elementos no presentados anteriormente en su obra, con lo cual el título del disco cobra sentido: hay muchos más colores, más matices, una variedad que no hace más que enriquecer la realidad construida por James.

“Points” se inscribe en la misma línea: voces procesadas, líneas de bajo impresionantes, contrapuntos armónicos y melódicos. Una belleza que nos recuerda que un estudio bien utilizado es un elemento estético más.

El tercer tema, “Love Me in Whatever Way” es una de las máximas cumbres de este disco: balada dolorosísima, con una letra maravillosa en la que Blake por fin alcanza una intención vocal realmente cercana a la música soul: poderío y coraje debajo de lo que en apariencia sólo es lamento. Una de las mejores canciones del año.

“Timeless” es todo lo opuesto al track anterior, excepto en calidad: canción poderosa, con una base rítmica completamente melódica y arreglos arriesgados, filosos, que tensan aún más lo que la prodigiosa voz del cantautor construye.

Continuamos la travesía con “f.o.r.e.v.e.r.”, una balada sencilla y minimal, donde los elementos electrónicos y los recursos de estudio desaparecen en aras de que piano y canto nos seduzcan.

Tras el descanso, “Put That Away and Talk to Me” regresa a la línea que permea y define a todo el disco. Un tema delicioso. “I Hope My Life” es una canción casi bailable, una belleza que lo emparenta, por momentos, con el malogrado pero genial Arthur Russell.

“Waves Know Shores” es una canción que justo rememora lo marítimo, tanto en su ejecución como en su arreglo, una preciosidad orquestal. “My Willing Heart” es una sorpresa: la voz de Blake, uno de sus mayores atributos, se distorsiona a tal grado que parece que la canción es cantada por una mujer, gracias a un magnífico uso del pitch, pues al llegar los cuarenta segundos, la canción regresa a su registro original. Otra maravilla.

Otros temas destacados son “I Need A Forest Fire” (que cuenta con la aparición de otro canto prodigioso, el de Bon Iver), “The Colour in Anything”, “Two Men Down” y “Meet You in the Maze”, canción que resulta un broche de oro para esta pequeña obra maestra.

¿Será que los tabloides británicos fueron tan visionarios como para anticipar lo que sería capaz de hacer Blake? Si la respuesta es The Colour in Anything, la prensa inglesa puede anotarse su mayor acierto en décadas: poner todas sus fichas en un hombre que ha sabido reinventar su paleta de colores para traernos una obras maravillosa y deslumbrante.

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Blake no sólo demuestra ser uno de los pocos artistas con un sonido propio, sino que se atreve a saltar al vacío (mucho en lo cual tuvo que ver Rick Rubin, productor de siete temas) para deleitarnos con sus descubrimientos y esa cualidad lo convierte en artista prototípico del siglo XXI.

La música pop es un deporte que juega todo el mundo, pero que comúnmente gana Inglaterra. James Blake es la prueba de ello.